Opinion

El calamar vampiro

La pesadilla de cualquier director de comunicación es ver cómo alguien describe su compañía como “un gigantesco calamar vampiro que envuelve la humanidad y succiona sin piedad donde quiera que encuentre algo de dinero”. Y así es como Goldman Sachs, el otrora banco de inversión más prestigioso de Wall Street, fue definido el pasado año por Matt Taibi en la revista Rolling Stone. Ahora tenemos en las librerías un bestseller chino llamado La conspiración de Goldman Sachs. Su autor, Li Delin, tuvo un gran éxito el año pasado con un libro titulado Eliminando a todos los competidores: Cómo Goldman Sachs derrota al resto del mundo, y ya está metido en un tercer libro. ¿Qué tiene que decir Lucas van Praag, director de comunicación de la empresa, sobre toda esta publicidad negativa? “Los problemas que afrontamos no tienen su raíz en una mala política de comunicación. Son una consecuencia directa de nuestro modelo de negocio”.
Cuando la SEC, la versión norteamericana de la CNMV, te acusa de fraude, entonces es que hay algo muy preocupante sobre tu modelo de negocio. El banco acordó recientemente zanjar la denuncia a cambio del pago de una multa récord de 550 millones de dólares (430 millones de euros). Esto ocurre tras una serie de comparecencias embarazosas ante los legisladores en Washington. Fabrice Tourre, uno de los vicepresidentes de Goldman Sachs, de 31 años, se vio obligado a explicar en su correo electrónico Fabulous Fab que estaba vendiendo bonos estructurados exóticos garantizados por hipotecas subprime que en poco tiempo no valdrían nada. Goldman nunca reveló que John Paulson, gestor de un fondo de alto riesgo que apostaba por que los bonos dejarían de pagarse, había seleccionado personalmente muchas de las hipotecas subprime que crearon el producto. La respuesta de Goldman es que simplemente era un intermediario vendedor,  apostando a la baja por Paulson y al alza por IKB, un gran banco alemán que estaba a punto de perder grandes cantidades de dinero. Incluso Goldman perdió parte de su dinero en el sonado caso de Abacus 2007,  en el que la avaricia llevó a la comercialización de bonos básicamente sin apenas valor pero certificados con la nota AAA, la máxima calificación, por alguna agencia de rating pagada por Goldman que no había ni estudiado el contenido de los paquetes de bonos. Un montón de productos similares convirtieron en ricos a muchos banqueros hasta que el valor de las viviendas en Estados Unidos empezó a caer y aumentó la morosidad de hipotecas de gente que nunca hubiese conseguido pagarlas. Inmediatamente después, Abacus perdió el 99% de su valor, haciendo que Paulson fuese el gestor de hedge funds mejor pagado del mundo. Y, por supuesto, todos conocemos el resto de la historia: Estados Unidos y Europa sufrieron el llamado “riesgo sistémico” con el cuasi colapso del sistema bancario y de la economía mundial en su conjunto. Sólo los mercados emergentes, otrora del alto riesgo, capearon el temporal con las materias primas y las exportaciones baratas.

Goldman Sachs se ha convertido en el símbolo de todo lo que es erróneo en el actual sistema capitalista, en el que traders como Fabulous Fab ganaban dos  millones de euros al año vendiendo paquetes de bonos, tan exóticos como carentes de valor, que habían sido bendecidos con un aura de seguridad por las principales agencias de calificación. Todos los jugadores se enriquecieron hasta que la música paró y de repente no había los suficientes salvavidas en el Titanic de Wall Street. Después del hundimiento, el 23 de septiembre de 2008, Warren Buffett entra en escena con su legendaria apuesta de 5.000 millones de dólares por la supervivencia de Goldman Sachs. ¿Por qué se metió un inversor tan ético en este lío? Primero, porque le pagan el 10% de interés por sus acciones preferentes “a perpetuidad”. Esto supone un rendimiento de unos 500 millones de dólares al año. Y, en segundo lugar, por razones sentimentales. Cuando era un niño en 1940, su padre, Howard, y él se las arreglaron para viajar desde Omaha a Wall Street,  y pasaron 30 minutos hablando con Sidney Weinberg, socio de Goldman Sachs. Weinberg le preguntó al joven Warren qué valores recomendaría y éste fue el momento más trascendental de su vida. Posteriormente, estudiaría en la Columbia Business School y el resto es historia. Casualmente, en 1940 Goldman Sachs todavía estaba intentando limpiar su imagen tras verse envuelto en un caso de fraude piramidal en 1929, al estilo de Madoff. En Wall Street y en Goldman Sachs parece que la historia se repite una y otra vez. Sólo interesa el dinero. Y Lloyd Blankfein, el actual consejero delegado, tiene el valor de decir: “estamos haciendo el trabajo de Dios”.  Decir el trabajo de calamar vampiro sería más apropiado.