Opinion

¡Fuera gitanos! Y negros, ancianos, deficientes…

La expulsión manu militari de Francia de algunas familias de raza gitana y nacionalidad rumana y, sobre todo, la polémica que la medida suscitó en el seno de la Unión Europea evidencian hasta qué punto  Europa ha perdido sus raíces morales y, con ellas, su propia identidad. Terrible frase del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy: “si a la comisaria Redding no le gusta la expulsión de rumanos de Francia, que los admita en Luxemburgo”.
En el siglo XXI, cuando las diferentes partes del mundo están buscando su respectivo rol en el nuevo escenario global,  Europa, mal que bien, representaba un papel de refugio para el hombre, pues había alcanzado un alto nivel de vida, sin la agresividad capitalista de Estados Unidos, ni la explotación stajanovista del trabajador, característica de las economías emergentes.

Después del holocausto y de la persecución/expulsión de judíos en la Unión Soviética, era legítimo descontar que Europa ya estaba vacunada contra la vejación de las personas: al fin y al cabo si la Comisión Europea aprobó, tiempo atrás, un reglamento para que el transporte de cerdos se realizara en condiciones que no hicieran sufrir a los animales destinados al matadero, era igualmente legítimo pensar que, dada la superioridad del hombre sobre el cerdo, aquel sería mejor tratado que este y no se le obligaría a regresar a un territorio en el que no encontraría medio de vida.
Habrá que preguntarse qué es el hombre para los políticos europeos –digo políticos, porque la medida de Nicolás Sarkozy ha sido apoyada por algún otro dirigente europeo, como el presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero–: ¿un votante?, ¿un consumidor?, ¿un factor más en la cadena de producción? Algo de eso debe haber, puesto que como los gitanos rumanos no reunían ninguna de estas condiciones, han podido ser desalojados de Francia. Cabe concluir que, efectivamente, para ser más o menos respetado en Europa debe reunir por los menos un par de estas condiciones. Llevada a sus últimas consecuencias, esa política de no prestar ninguna consideración humana al inmigrante en paro y con dificultades de integración, conducirá lógica e inexorablemente a la eutanasia de aquellos jubilados que presenten patologías de tratamiento muy caro, o de liquidación de quienes no mantengan un buen ritmo de producción… Y de que el método mejor para erradicar la pobreza sería eliminar a los pobres.
Las grandes cuestiones político-económicas y sociales que tiene ante sí el Viejo Continente, como el fenómeno de la inmigración en tiempos de crisis, como el de la sostenibilidad de los sistemas sanitarios y de pensiones, o como el de la preservación del planeta y sus recursos naturales, no pueden ser abordados seriamente con una perspectiva tecnocrática, que no atienda a más razones que las económicas o las político-electorales.
“Si los principios éticos –dijo el Papa Benedicto XVI el pasado 17 de septiembre en su discurso ante el Parlamento británico—que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social,  entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío de la democracia”.

La historia de Europa está marcada por atroces guerras internas y el imperialismo explotador externo, pero nunca dejó de existir una corriente de pensamiento personalista, de origen griego y promoción cristiana, que alcanzó algunos hitos que hoy no se pueden relegar: la Corona española reconoció que los indios americanos eran tan personas como los conquistadores españoles y el Parlamento británico prohibió el tráfico de esclavos.
Siglos después, Europa corre el peligro de considerar que los gitanos rumanos no son humanos –de hecho, en Francia se les ha negado el reconocimiento de cualquier derecho humano– y pueden, por tanto, ser trasladados de una parte a otra sin más consideración de la que se presta a los animales.Si esta corriente acaba imponiendo su falta de consideración a la persona humana, Europa desaparecerá del escenario global, para convertirse en un apéndice de cualquiera de las potencias económicas y militares emergentes, que hace ya algunos años pusieron la razón económica sobre cualquier consideración de los derechos de la persona humana.