Opinion

‘Tea parties’

Ha provocado gran revuelo en el mundo entero el fenómeno de los tea parties; aunque aquí la palabra “revuelo” constituye un eufemismo: pues lo que en realidad ha provocado es animadversión furiosa entre la izquierda y desconfianza temerosa entre la derecha. O, dicho más sintéticamente, temor en unos y otros; y como unos y otros controlan los medios de comunicación, el fenómeno de los tea parties ha sido interpretado por doquier como un renacimiento de la “extrema derecha”, fantasma que de vez en cuando se agita, a modo de títere macabro, para infundir el miedo entre la gente sometida; esto es, entre la gente a la que izquierdas y derechas quieren convertida en masa amorfa proveedora de votos. Tratar de conocer en qué consiste verdaderamente tal movimiento de los tea parties se convierte, pues, en hazaña cuasi sobrehumana; tal es el grado de intoxicación capciosa que inunda las fuentes de información.

Espigando aquí y allá, desbrozando prejuicios y mistificaciones más o menos burdas o sibilinas, descubrimos que el llamado Tea Party es un movimiento ciudadano que surgió casi de forma espontánea como respuesta a las medidas intervencionistas del Gobierno de Barack Obama. Se fue gestando poco a poco, manifestación a manifestación, desde miles de asociaciones locales sin estructura ni líder que apuestan decididamente por una vuelta a los valores defendidos por los padres fundadores de la patria. Los teabaggers (como se conoce a los simpatizantes del Tea Party) se sienten defraudados por un gobierno que ha agrandado la deuda nacional para subsidiar proyectos que no gozan de excesivo apoyo popular; pero también son muy críticos con algunos políticos republicanos, a quienes acusan de haber traicionado los valores tradicionales. Como casi siempre ocurre con los movimientos ciudadanos americanos, la procedencia diversa de sus miembros –reflejo de la sociedad en la que florecen– los asemeja demasiado a una tortilla con ingredientes inconciliables; y, a poco que uno rasca encuentra que, entre quienes los financian o alientan, hay personas de catadura moral cuestionable. Entre sus reivindicaciones hallamos algunas que nos gustan más y otras que nos gustan menos, o que no nos gustan nada. Pero la impresión general que uno se lleva es que el rechazo que han originado no tiene tanto que ver  con la naturaleza de sus reivindicaciones como con el temor de que puedan dar origen a una tercera fuerza que altere el bipartidismo bicentenario de los Estados Unidos; o sea, con el temor de que revienten el establishment.

Y ese mismo temor es lo que se adivina en toda la morralla de invectivas, diatribas y tergiversaciones con que la prensa europea ha intentado demonizar el movimiento. La izquierda teme que entre la derecha surja una corriente que se atreva a cuestionar la hegemonía progresista en cuestiones sociales y morales, porque sabe que, mientras la derecha no presente batalla en el ámbito de los paradigmas culturales, su victoria a medio y largo plazo –más allá de crisis económicas o desbarajustes administrativos, que pueden conceder al adversario victorias puntuales, pero inconsistentes– está asegurada; pues la experiencia demuestra que a la gente, cuando le das a elegir entre una versión genuina y otra sucedánea, suele quedarse con la primera. Y la derecha, resignada a actuar como versión sucedánea (esto es, tibia y acobardada) de la izquierda en cuestiones sociales y morales, tiembla ante la emergencia de un movimiento de estas características, que podría suscitar una renovada ilusión entre una proporción nada exigua de sus votantes; esos mismos votantes que ahora le prestan su apoyo por aburrimiento o resignación, sin pizca alguna de entusiasmo. Derecha e izquierda, en fin, quieren seguir manejando el cotarro, con la gente convertida en mera comparsa de proveedores de votos. Y por eso se revuelven con furia espumeante o tembloroso horror ante cualquier amago de movimiento social surgido desde abajo; por eso se quitan la máscara de enemigos irreconciliables y se ponen de acuerdo para sofocarlo e impedir su éxito.