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Las empresas más antiguas del mundo. De la leyenda al mito

Cuenta la leyenda que en el año 718 el Dios del monte Hakusan en Japón, visitó a un sacerdote budista y le dio a conocer la ubicación de unas aguas termales de cualidades milagrosas. Entonces, el sacerdote ordenó a su discípulo, el hijo de un leñador llamado Garyo Saskiri, construir y administrar una especie de balneario en ese lugar. La cultura japonesa es rica en historias de este tipo, pero lo más increíble es que el mito siga vivo1.300 años más tarde.

Señoras y señores, bienvenidos a Houshi Onsen, la empresa más antigua del mundo. A pesar de su sobrehumana longevidad, la compañía sigue estando en manos de los descendientes de aquel hijo de leñador. En concreto, de la generación 46. “Los negocios familiares no sobreviven mucho tiempo si se imponen los intereses humanos. Nosotros mantenemos el negocio gracias a un poder mucho mayor”, asegura Zengoro Hoshi, presidente de la empresa, cuyas misteriosas palabras nos retrotraen al comienzo de la leyenda del Dios del monte Hakusan. De vuelta a territorios más mundanos, la razón fundamental por la que sobrevive este hotel es por la calidad de sus aguas termales, que provocan que miles de clientes acudan en masa a reponerse de los rigores del trabajo en las ciudades.

El país del sol naciente, donde la familia y la tradiciones son ley, es también el origen de otra de las 25 empresas más antiguas del mundo, la confitería Toroya.  Fundada antes de 1600 en la ciudad de Kyoto, cuenta ahora con más de 70 tiendas y una facturación anual de 150 millones de euros. “La clave para sobrevivir ha sido el respeto a la cultura y la tradición a la hora de elaborar el dulce, que en Japón es algo más que comida”, explica Yukio Ichikawa portavoz de la pastelería.

El Mediterráneo: paraíso familiar
Regresando de Japón, las empresas familiares más antiguas del mundo tienen su origen en países latinos como Italia y Francia, seguidos a gran distancia por Alemania, Inglaterra y Holanda. Este predominio de los países del Mediterráneo frente a los anglosajones se explica por el arraigo que tiene el concepto de familia en el mundo latino. Tanto es así que mientras que en los territorios anglosajones, la separación de bienes es algo normal, en el sur de Europa no es tan habitual. “Además existe otra ventaja, que es el tamaño del territorio. Salvo casos como Wal-Mart, triunfar con una empresa familiar en Estados Unidos es más complicado que hacerlo en países más pequeños, como los de Europa”, añade Josep Tàpies, del IESE.

Grazia Deruta, compañía italiana con más de 500 años.

Y entre los territorios del Viejo Continente, el premio se lo lleva el país en el que existe mayor apego a la institución de la familia: Italia, que tiene situadas a ocho empresas entre las 25 más antiguas del mundo.
Uno de los mejores ejemplos que ilustran la tradición transalpina es  la bodega florentina Antinori, fundada en 1385. Su presidente, el Marqués Piero Antinori, explicó a Capital la fórmula mágica antienvejecimiento. “En el ADN de la familia tiene que haber ciertos valores destilados, que son la pasión, la persistencia, la paciencia y el producto. También se debe tener amor a la tierra, algo que es inherente a una bodega”. A pesar de estos principios, la empresa pasó por problemas en los 80, obligando a los propietarios a vender el 49% de las acciones a una cervecera británica. El remedio fue peor que la enfermedad y la familia recompró la participación en los 90. “Las cosas no funcionaban, ya que es difícil dirigir los detalles cuando una empresa se hace demasiado grande”, sentencia Antinori.

Otra bodega italiana que presume, y con razón, de historia y tradición es Barone Ricasoli. Fundada en la Toscana en 1141, la actual generación (la 32) recuperó hace poco más de diez años el control de la empresa, apostando por una etapa de renovación y de investigación. “Queremos producir vinos con una personalidad fuerte, pero apropiados para todos los paladares. Además, deben adaptarse a  bolsillos que no pueden permitirse adquirir alguno de los grandes vinos, que son los que sí que tenemos”, explica Carmen Uriarte del departamento de márketing de la firma transalpina.

Barone Ricasoli, una bodega con más de 850 años.

A pesar de los ejemplos vistos hasta ahora, los mitos italianos no son sólo bodegas. En el listado elaborado por la publicación especializada Family Business se encuentran también un fabricante de campanas (Pontificia Fondería Marinelli, fundada en 1000); un artesano del vidrio (Barovier & Toso, que data de 1295); una joyería (Torrini Firenze, de 1369); un fabricante de porcelanas (Deruta, de1500), y hasta la empresa que fabrica las armas favoritas de James Bond (Pietro Beretta, 1526). Para todas ellas, las razones de su eterna juventud se reducen a una: el respeto a la tradición. Daniela Sarraco de Barovier & Toso asegura que “la clave es que el trabajo del vidrio no se ha visto afectado por las innovaciones tecnológicas, y todo se hace igual que en los años del Renacimiento”. Idéntica argumentación presenta Ubaldo Grazia, patrón de Deruta: “seguimos trabajando de la misma forma y las piezas son hechas a mano”, explica el directivo.  Por último, el presidente de la joyería Torrini, Fabrizio Torrini tampoco encuentra nada mejor que la tradición. “Ahora hay muchos rivales que apuestan por un márketing agresivo y una distribución espectacular, pero carecen de la base técnica que tenemos nosotros”.

La tradición y la leyenda acompaña también al devenir de la papelera francesa Richard de Bas. Fundada en 1326, este molino ha cambiado de familia propietaria, pero sigue siendo el único testigo que queda de la enorme industria papelera de la zona de Auvergne (en el centro de Francia). “La ciudad de Ambert llegó a tener 150 molinos en los que se hacía papel. Ahora sólo quedamos nosotros, que seguimos respetando la tradición y fabricando papel para libros de arte y tiradas prestigiosas”, asegura Patrice Péraudeau, actual responsable de Richard de Bas.
Por lo visto hasta ahora, resulta evidente que el respeto a las viejas costumbres es el arma que tienen estas empresas para salir victoriosas ante los problemas generados por las guerras, las revoluciones y las hoy tan temidas crisis económicas.

Berenberg Bank. El banco más antiguo del mundo se fundó en el siglo XVI.

Y si hablamos de crisis, los protagonistas de la actual, bancos y constructoras, también están presentes en este listado de empresas míticas. El Berenberg Bank es un banco alemán del tipo de la Banca March española, pero con diferencias. “La clave es que nosotros tratamos a nuestros clientes a largo plazo. No somos una mera entidad que vende productos”, explica Karsten Wehmeier, director de márketing del banco. Por otro lado, el ladrillo también está representado por la británica Richard Durtnell & Sons, que llevan desde antes de 1600 levantando edificios como la estación londinense de Abbey Road, la Royal School of Music, o buena parte de Museo Británico. A pesar de que estas compañías parecen haber descubierto el gen de la eterna juventud, el gran reto de la empresa familiar sigue siendo el relevo generacional. Y es que no se trata sólo de un cambio de presidente sino de un giro total en la cultura de la propia empresa. “Las familias, como cualquier colectivo, aprenden con el tiempo”, añade Juan Corona, director académico del Instituto de Empresa Familiar.

De la dictadura a la aristocracia
El relevo más complicado para una empresa de estas características es el de pasar de la primera a la segunda generación. En los comienzos, el fundador acapara todo el poder, incluyendo la gestión de la totalidad de los departamentos. Se convierte en un monarca o dictador por el que pasa cualquier decisión. “Pasar de ese modelo a la aristocracia de una segunda generación supone un cambio brutal. Ése es el motivo por el que sólo un 30% de las empresas sobreviven a la segunda generación”, añade Corona.

El cambio posterior, que lleva de segunda a tercera generación no suele ser tan complicado. Normalmente se trata de un relevo entre hermanos, que cuentan con la ventaja de tener la misma educación. Pero la cosa se va complicando con el paso de los años. El segundo momento crítico en la historia de una empresa familiar es la cuarta generación. A estas alturas, las capas altas de la gestión de la compañía están formadas por una pléyade de hermanos, primos, parientes, lo que convierte en inviable su continuidad.

¿Soluciones? En estos casos, sólo existen tres caminos a seguir. El primero de ellos es el de conseguir que la empresa crezca a la misma velocidad que la familia, lo que no es una tarea sencilla. “Obliga a fuertes inversiones y altos endeudamientos, algo que las familiares detestan”, asegura Alberto Gimeno del Esade. De no lograr el ansiado crecimiento, la tarta se hará demasiado pequeña, y obligará a la empresa a buscar alianzas con otros socios estratégicos, ajenos a la familia. Ejemplos: Cortefiel, Chupa Chups, etc.

La segunda de las posibles vías a adoptar es la que en el mundillo económico se conoce como la poda del árbol. Consiste en que una rama de la familia se haga con las acciones de todos los primos y parientes presentes en el accionariado. Ése es el caso de la quinta empresa más longeva de España: los laboratorios Uriach. “Mi padre pertenecía a la cuarta generación pero yo soy de la primera, ya que nos hicimos con los títulos del resto de la familia”, explica Joaquín Uriach, secretario general de la familiar catalana.

El último de los caminos que se abre ante el laberinto que supone la cuarta generación es el que siguieron las dos empresas más longevas de España: Codorníu y Osborne. Consiste en tener unas políticas de gobierno familiar excelentes, limitando el acceso de la familia al órgano directivo de la empresa. En el caso de los reyes del cava, que cuentan con 476 accionistas, los estatutos limitan el acceso a la gestión de la empresa a sólo cuatro miembros. Las reglas del juego en la bodega gaditana de Osborne son todavía más restrictivas. En este caso sólo se permite participar en la empresa a dos miembros de la familia propietaria. Esta solución aleja los intereses personales de la compañía, pero también tiene sus contrapartidas. Al estar tan desconectados de las decisiones de la firma, muchos de los accionistas pierden el interés en la empresa, lo que puede llevar a una venta masiva de títulos. Para evitarlo, la empresa tiene que dedicar enormes esfuerzos para mantener elevado el orgullo de pertenencia, especialmente para aquellos accionistas, que tienen unos porcentajes meramente testimoniales. “Se deben tener buenas políticas de comunicación al accionista. Si no, habrá poco que hacer”, asegura Corona.

Richard de Bas, último representante de la industria papelera francesa.

Resulta evidente que las empresas familiares que huyen del parqué se han visto obligadas a elegir uno de estos tres caminos para poder seguir en activo. Pero estas dificultades no son inherentes a ellas. Las cotizadas que cuentan con una presencia mayoritaria de la familia en el accionariado (Ferrovial, FCC, etc.), también padecen idénticas vicisitudes. Tampoco hay diferencias importantes entre las firmas familiares españolas y las extranjeras. Todas sufren del mismo mal, y muchas salen adelante. “Lo que las salva es el orgullo de pertenecer a la familia”, explica Tàpies.
Otro de los rasgos que llama la atención en este listado de firmas legendarias es que una tercera parte de ellas son bodegas. ¿Motivo? “La mejor herramienta para sobrevivir es la propia tierra y tu apego a ella”, explica Nicole Fonjallaz, presidente de la bodega suiza de idéntico nombre, con cerca de 500 años de historia.

Sea como fuere, está claro que estamos ante una forma de hacer negocios que choca con esta extraña época que nos ha tocado vivir en la que las empresas nacen y mueren cotidianamente debido a vaivenes bursátiles, OPAs y deslocalizaciones. Por tanto, sorprende que empresas tan apegadas a la tradición como las aquí comentadas sobrevivan a los cambios. “Siempre hay que adaptarse. Nosotros empezamos fabricando baldosas y ladrillos. Pero desde hace 150 años giramos hacia la cerámica y el adorno ornamental, sin perder de vista nunca el proceso artesanal”, asegura Willemijin Tichelaar, propietario de la holandesa Royal Tichelaar.

A pesar de los esfuerzos por cambiar, la locura económica del siglo XXI no respeta a nadie, ni siquiera a la empresa que estaba considerada hasta hace tres años como la más antigua del mundo: la constructora japonesa de templos budistas Kongo Gumi. Fundada en el año 578, la clave de su longevidad era la capacidad de la familia para ceder el sillón presidencial al hijo mejor preparado y no al primogénito, algo muy común en la cultura nipona. Pero ni toda su experiencia pudo evitar que el negocio se resintiera tras la secularización de la sociedad japonesa. Como consecuencia del cambio, la demanda de templos budistas se hundió y Kongo Gumi buscó la salida en la diversificación. Así, en la década de los 80, y en plena burbuja inmobiliaria, invirtió en el negocio de bienes raíces (acumular propiedades). Pero en los 90 la burbuja explotó y la empresa acumuló una deuda de 343 millones de dólares, que la llevó finalmente a la quiebra en 2006.

Ojalá que el ejemplo de Kongo Gumi no se repita y el mundo siga respetando a estas empresas que hace mucho que dejaron de ser mitos, para convertirse en leyendas. Más nos vale. El 70% del PIB y del empleo mundial dependen de ellas.