Economía

No matéis al mensajero, aunque se equivoque

El 24 de enero de 2008 todo Barcelona y todo Madrid se reunieron para asistir a la inauguración de la nueva sede social de Gas Natural en Barcelona; presiden SS.MM. los Reyes. Edificio espectacular de Enric Miralles que desde su construcción forma parte identitaria del skyline barcelonés.
Durante la copita que se tomó la peña al terminar el acto, Don Juan Carlos, simpático de nacimiento y de profesión, hablaba un poco con todos. Unas veces el corrillo se formaba en torno suyo y otras era él quien dejaba un grupo para unirse a otro. Salvadas las distancias y dado que ningún corrillo se formaba en torno a mí, me dediqué a hacer lo mismo que el Rey. ¡Qué tiempo tan feliz!
A pesar de vivir en vísperas electorales, muchas conversaciones se dedicaban a criticar la injusta dureza con que los medios económicos anglosajones juzgaban a la economía española, a la que auguraban un oscuro porvenir a cuenta de la burbuja inmobiliaria. Corrían los buenos viejos tiempos, cuando había dinero para todo y las compañías nacionales se lanzaban a comprar otras empresas por medio mundo. Casi todos coincidían en apuntar a la envidia como explicación de los negros pronósticos periodísticos y nadie les daba la menor credibilidad. El Rey terció alguna vez, comentando que habría que ir a Londres para explicar a los editores de los diarios la verdadera situación económica nacional.
Recuerdo aquel agradabilísimo evento no por masoquismo, sino porque ahora, cuando no sabemos el tiempo que durará esta coyuntura tan dura e incierta, se levantan más sonoras que en enero de 2008, las voces que critican a la criticona prensa anglosajona, empeñada en contar a España entre el pelotón de los torpes europeos. ¡Ya está bien! –dicen– España no es ni Grecia, ni Irlanda, ni Portugal, ni Italia… España superará sus dificultades sin recurrir a la UE ni al FMI.

Criticar al crítico. Dios les oiga, pero criticar al crítico no suele ser la mejor receta para convertir en bueno un drama mediocre, como tampoco matar al mensajero consigue mejorar el mensaje. Es verdad que los medios anglosajones no siempre aciertan, y no menos cierto resulta que los medios –anglosajones y de cualquier cultura– siempre buscan la parte más oscura de la realidad. Pero eso no es novedad: desde que se inventó la prensa se debe descontar la afición de los periodistas por el morbo. Y, a más a más, hay que aceptar la vieja sentencia que asegura que “si los mercados dicen que tienes un problema, tienes un problema, al margen de cómo estén tus cuentas”.
Pero olvidemos las sempiternas exageraciones y los puntuales errores de análisis de la prensa foránea y pongámonos la gorra de un esforzado redactor de Financial Times, The Wall Street Journal o The Economist al que su periódico le manda a España para publicar algún reportaje sobre su situación económica. Aterriza en Barajas después de repasar durante el vuelo los últimos forecasts del FMI, OCDE y UE: tendríamos que ser muy tontos para no concluir que éste es un país con serios problemas económicos: economía estancada, nivel de paro récord en la OCDE, con una productividad por los suelos como revela el persistente déficit exterior… Y con una deuda público/privada que casi triplica al PIB.
Un par de días más tarde, después de hablar con nuestro corresponsal y con dos o tres economistas locales, a los datos macroeconómicos añadimos unos toques de color captados sobre el terreno: al Gobierno ya se le ha pasado el fervorín reformista de la primavera y cada vez retrasa un poco más la reforma del sistema de pensiones, abre la mano en el recorte de la construcción de infraestructuras, y observa impasible cómo las cajas de ahorro y los bancos captan depósitos al cinco por ciento para financiar créditos e hipotecas que sólo les rinden el tres o cuatro… En mayo aceptó cumplir las instrucciones de Obama y Merkel, pero en otoño ha decidido no seguir enfrentándose más con el electorado.

La primera página de the New York Times. Ante ese escenario cualquier periodista bien nacido, sin importar el lugar de nacimiento y del desempeño de su profesión, concluye que España se aproxima a las situaciones peores. ¿Mala leche? No hace falta para enviar una historias como la que vi en la primera página de The New York Times del 28 de octubre: “En España a uno le quitan la casa, pero debe seguir pagando la hipoteca”; bajo ese título y una foto a tres columnas, informaba del huerto financiero en el que nos encontramos, porque con nuestro regulación hipotecaria, el agujero de un impagado en el balance del banco se convierte en piedras y a la nómina del consumidor le deja sin capacidad de consumo ni de ahorro.
Quizás en lugar de criticar a la prensa extranjera deberíamos hacer de una buena vez lo que el Gobierno se comprometió a hacer… En cuanto vieran movimiento, los periodistas, que se mueren por dar noticias, lanzarían a los cuatro vientos el mensaje de que, esta vez sí, España se aleja de los países mediterráneos gracias a unas reformas que, desafortunadamente, al día de la fecha siguen en la cazuela.