Economía

¿Tú también eres esclavo del consumo y del 'ganar más'?

Les voy a contar algo del fenómeno de unos señores, los decrecientes -décroissants en francés, que están HASTA LA CORONILLA de tanto consumo (y de tanto crédito). Y que cada vez son más. Se autodenominan objetores del crecimiento y cada vez tiene más fuerzas –en términos relativos, muy relativos- en países europeos. Sobre todo en Francia. Están convencidos que  no es sostenible un crecimiento infinito en un planeta finito. También creen que los recursos naturales se agotan y que la crisis que vivimos nos es más que un aperitivo del gran plato envenenado que se servirá en 2050, el “gran hundimiento”, la gran crisis, derivada de la confluencia de la escasez de petróleo, los zarpazos del cambio climático y otros factores. Sostienen los decrecientes que el ser humano llega siglos viviendo fuera del economicismo y la economía –la economía como ciencia data del siglo XVIII- y que en Occidente debemos de dejar de consumir –aunque ello implique más paro y nos obligue a repartir el trabajo- y permitir así que los países en desarrollo sigan gastando para acercarse a nuestros niveles de vida. Su mantra es MÁS NO ES IGUAL A MEJOR. Les doy algunas pinceladas: la mayoría prefiere ganar poco dinero, la mayoría odia las grandes cadenas multinacionales, la mayoría odia el despilfarro energético, la mayoría prefiere vivir en ciudades lentas, desestresadas…

¿Tiene sentido esta corriente? ¿No tiene un tufillo apocalíptico? ¿No peca de poca fe en el progreso tecnológico y en la inteligencia del ser humano? Les recuerdo que Malthus allá por el siglo XVIII decía que en el mundo no había bastantes alimentos para tantas bocas y entonces había 700 millones de personas y hoy hay casi 7.000 millones. Otro interrogante retórico: ¿No surgen siempre los milenaristas en épocas de crisis? Y otro más: ¿Acaso es posible el capitalismo sin el consumo? Y otro más: ¿El decrecimiento no nos devolvería a sociedades primitivas, cerradas, proteccionistas?

Podría extenderme más, pero en la Revista Capital hemos hecho dos extensos reportajes sobre este fenómeno, que ahora empieza a implantarse también en España, donde ya hay varias ciudades lentas, que prefieren vivir con el sosiego del caracol. Voy a hacer una cosa, les pego el principio del reportaje y si les gusta, ya saben que el resto está en al versión escrita de la Revista Captital. Ahí va.

 

Victor Cheynet, director del periódico francés El Decrecimiento, está convencido de que hay que buscar una nueva vida fuera de la “locura” del consumo por el consumo y del ganar más por el ganar más. Y predica no con uno sino con muchos ejemplos. Va a la redacción en bicicleta, no tiene móvil ni coche, se ha autoimpuesto como sueldo el salario mínimo interprofesional, y no tiene televisión, ni falta que le hace. “En los últimos días he tenido que recorrer unos 4.000 km en tren por toda Francia para explicar la doctrina del decrecimiento. Así que me he visto obligado a hacer noche en los hoteles y he podido ver esos programas, esa publicidad, en la televisión. ¡Qué mundo éste! Pero si el hombre no es sólo un ser económico”, dice con un poso de amargura en su redacción de Lyon, un habitáculo no mucho más grande que el comedor de una casa, rudimentario pero mágico, en el que justo el día de la entrevista se ha averiado la calefacción y hace un frío polar (aunque él asegura, con ademán serio, que este contratiempo nada tiene que ver con su obsesión con el ahorro energético).

Cheynet, que abandonó el mundo de la publicidad porque le producía cierta “esquizofrenia”, es hoy uno de los evangelistas de un movimiento, la décroissance, que postula un cambio de vida radical hacia un vivir más lento y feliz, y que cada día tiene más adeptos dentro y fuera de Francia. Su voz suena alto y no es extraño: su rotativo, con una tirada mensual de 40.000 ejemplares, es un estupendo altavoz y, además, está instalado en Lyon, la capital mundial de los decroissants (decrecientes si hacemos una traducción lo más purista). “Nuestro pecado capital es la desmesura. No conseguimos escapar a las leyes físicas del crecimiento, crecer y crecer”, sentencia.

¿Pero qué es un objetor del crecimiento, como ellos mismos se denominan? ¿Quiénes son ésos que aseguran que más no es igual a mejor o que a veces menos es más? No hay mejor definición que un testimonio real, así que escuchemos a Angéline Delbos, una mujer francesa de mediana edad, que ha renunciado a su vida profesional –era profesora de educación especial– para tomar las riendas de su destino y disfrutar de su hijo de 14 años y de su pareja. “Un día nos dijimos, vamos a vivir con un salario, el de mi pareja, pero vamos a vivir bien. Vamos a prescindir de todos los gastos estúpidos, ”, rememora Delbos. Ahora, sólo llena el depósito del coche una vez al mes. Ni una más. La profesora, que sigue viviendo en el centro de Lyon a su pesar, siente que ha recuperado el poder sobre lo que comen –ir al mercado a hacer la compra, cocinar…–, invierte más tiempo en las relaciones humanas –familia, amigos…–, y evita a toda costa el endeudamiento excesivo.  “Apenas tenemos créditos y no nos pasamos todo el día de tiendas”. De ese modo, dice, duermen mejor.

Los objetores del crecimiento, tan distintos entre sí como los  colores –Cheynet dice “cada cual vive la filosofía como quiere y como puede”–,  siguen prácticas muy variadas, algunas de las cuales pueden parecer extrañas o incluso siniestras al común de los mortales: algunos abandonan el hervidero de las grandes ciudades para instalarse en el sosiego del campo o de las pequeñas ciudades; otros renuncian a un mayor sueldo o incluso al salario de uno de los cónyuges a cambio de una mayor libertad en la distribución de su tiempo. No falta quien  rechaza viajar en avión para no contaminar, o que repudia los aparatos de consumo electrónico, consume  exclusivamente productos agrícolas locales y no pisa, ni loco, un hipermercado…  Algunos incluso optan por educar a sus hijos desde casa para que, dicen, su educación no sea tan competitiva.

simplicidad voluntaria

El deseo de vivir de forma radicalmente distinto, sin el estrés que supuestamente genera un consumo excesivo e hipnotizador, con unos patrones más respetuosos con el medio ambiente, existe desde hace décadas, sobre todo en la mente de muchos ecologistas radicales. Pero lo novedoso del fenómeno es la alineación en torno al concepto del decrecimiento y el hecho de que estos feligreses ya no son vistos como una mera manada de hippies desnortados. Sin ir más lejos, los decrecientes franceses son de los más diversos pelajes políticos –de izquierdas, principalmente, pero también republicanos… hasta algunos de extrema derecha–  y hay capas sociales en Francia que simpatizan algo con la idea de austeridad. Una reciente encuesta de Ifop Sud-Ouest revela que el 27% de los franceses estaría dispuesto a echarle el freno al bólido del consumo.

Pero esta visión no es puramente francesa. En los países anglosajones, sobre todo en Estados Unidos y Canadá,  ciertas minorías han abrazado la “simplicidad voluntaria”, una opción individual de vivir de forma más frugal. Se trata de prácticas aisladas que no buscan transformar o influir en el sistema capitalista, a diferencia de lo que ocurre en otros países europeos, como Alemania o Italia, donde el movimiento sí tiene un trasfondo político.

En España el fenómeno es muy marginal, pero está cobrando fuerza. “Aquí el decrecimiento es claramente ascendente. Cuando se habla del tema, los salones están repletos. La crisis hace que determinadas teorías susciten un gran interés”, dice Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política y el  mejor conocedor del decrecimento en nuestro país. Cuenta con más tradición en Cataluña, aunque se perciben brotes en…