Estilo de vida

No sólo los ricos tienen su propio avión

“En una hora estamos allí”, comenta Miquel Ricard a su mujer que, junto a varios amigos, le esperan en el aeródromo de Igualada en Sabadell (Barcelona). Hoy es un día especial para este aparejador barcelonés. Se ha desplazado a Zaragoza, junto a su inseparable amigo Miquel Ricard,  para recoger su nuevo avión, un ultraligero de la firma italiana Tecnam que nada tiene que envidiar a las avionetas de muchos aeropuertos de Aena. Se muestran nerviosos y entusiasmados a la vez, como un niño a la espera de los regalos de los Reyes Magos. Y eso que es el cuarto avión que estos dos amigos se compran juntos desde que hace dos décadas se enganchasen a la aviación. Desde entonces,  vuelan “siempre que las condiciones meteorológicas se lo permiten”. Como si de dos moteros se tratase, un domingo se van a desayunar a Zaragoza para comer después en Teruel; y otro cruzan los Pirineos para sobrevolar la campiña francesa o cogen la tienda de campaña y se quedan a dormir en algún cortijo andaluz. “Algún día nos hemos despertado pronto, hemos volado hasta Valladolid y para el almuerzo estábamos de vuelta en casa”, comenta Albert Navarro. Pero a estos dos aventureros, que desde la infancia tuvieron el deseo de volar, lo que realmente les gusta es coger la maleta y dar la vuelta a la Península Ibérica durante varias semanas de verano. Han completado once veces este recorrido. Durante las últimas vacaciones estivales estuvieron en León, los Picos de Europa, sobrevolaron Finisterre, Extremadura, el Algarve portugués, Andalucía, Valencia… Para este año el objetivo es surcar los cielos italianos. “Tienes gran libertad de movimientos”, defiende Navarro. Y es que a diferencia de avionetas más grandes, como la mítica Cesna, o los jet privados, este tipo de aeronaves que vuelan por debajo de los 300 metros de altura y apenas necesitan 100 metros para despegar, no están sujetas a la burocracia administrativa. Tampoco necesitan plan de vuelo ni pagan tasas de navegación. El único requisito es avisar por la radio al aeródromo de destino de que quieres aterrizar y no sobrevolar poblaciones o zonas militares. ¿Y son seguros? “Los aviones no se caen, los tiran”, afirma Ricard, refiriéndose a que en un 95% de los siniestros el problema es un error humano. “Un día por mi culpa el avión se quedó sin gasolina  en pleno vuelo. Planee sin motor hasta que aterricé en la huerta de un payés”, comenta Navarro.

Al alcance de todos los bolsillos. El de Navarro y Ricard no es un caso aislado. En España hay más de 10.000 personas con licencia de vuelo. Y buena parte del medio centenar de escuelas aéreas que hay en España tienen colgado el cartel de completo en sus aulas. “El pasado año tuvimos más de 160 alumnos y algunos ejercicios hay lista de espera. La afición es creciente”, reconoce Ignacio Elduayen, gerente de la escuela de vuelo de Casarrubios al sur de Madrid. Frente a lo que la gente piensa, para pilotar este tipo de aeronaves, no hace falta ser un superdotado físico como los pilotos de cazabombarderos –sólo se requiere pasar un sencillo reconocimiento médico de clase 2– ni temer una cuenta corriente repleta de ceros. Según Elduayen, “en tres meses y por poco más de  2.000 euros se puede obtener la licencia”. Por sus aulas han pasado personajes VIP como Mario Conde, pero también personas de todas las clases sociales cuya aspiración era ponerse la gorra de comandante: policías, economistas, médicos, abogados, funcionarios, el dueño de una gasolinera…
Pese a la creencia generalizada, no es una afición elitista. No hay que ser El Pocero, Luis Portillo o Emilio Botín para poder presumir de avión propio y dar una vuelta a los amigos. “No es cosa de ricos ni muchísimo menos. Alquilar un ultraligero de tercera generación puede costar entre 90 y 120 euros la hora con todo incluido (seguro, combustible, aceite)”, sostiene Álvaro Lapetra, gerente de Dedalus Aircraft. Y si prefiere comprar, sepa que por 15.000 euros –lo que vale un Seat León o un Renault Megane– puede adquirir un ultraligero de gama media. Los más caros,  capaces de volar a más de 210 kilómetros y con autonomía suficiente para cruzar la Península desde Pontevedra a Almería, apenas superan los 80.000 euros, menos que muchos todoterrenos de gama alta tan de moda en las autovías españolas.
El resto de la factura incluye el alquiler del hangar –oscila entre 120 y 180 euros al mes– y el seguro a todo riesgo de la aeronave –2.000 euros en el caso de los aviones de gama alta–. Añada también unos 500 euros anuales para revisiones y 120 euros que tendrá que desembolsar cada dos años por renovar la licencia y someterse al reconocimiento médico… Y a la hora de despegar, olvídese de pagar tasas de navegación a Aena o por aterrizar en un aeródromo. Sólo en algunos complejos, los menos, le cobrarán entre tres y cinco euros cuando tome tierra.  Respecto a la factura del combustible, tampoco será un quebradero de cabeza. Consumen entre 10 y 15 litros de gasolina sin plomo por cada hora de vuelo, como un coche de gran cilindrada. Se puede viajar de Madrid a Alicante por unos 30  euros. El coste es relativamente reducido si se compara con otras alternativas de ocio como la caza o la náutica, cuyo coste anual de explotación y mantenimiento supera el 10% del precio del barco. A diferencia de la náutica, del placer de pasear a 300 metros de altura se puede disfrutar todo el año.

Propiedad compartida. “Es un mundo todavía desconocido. A la gente les sorprende cuando les digo lo que me cuesta realmente tener un avión. No es un sueño inalcanzable”, explica Manolo Torrecillas, que trabaja como aparejador en un pequeño pueblo al sur de la provincia de Sevilla. Lleva volando desde que hace dos décadas se compró su primer avión –ya va por el cuarto– junto a otros 17 amigos del pueblo. La copropiedad es bastante común en este mundo y no suele haber conflictos. “Es muy frecuente que varios amigos pongan 5.000 o10.000 euros cada uno para la compra del avión, constituyan un aeroclub y compartan los costes de mantenimiento. Cuando te cansas o quieres comprarte tu propia aeronave vendes tu participación casi por el mismo precio”, explica Torrecillas. Los ultraligeros apenas pierden el 20% de su valor con el paso de los años y tienen una vida útil muy superior a la de otros vehículos. El motor se cambia cada 2.000 horas de vuelo, lo que equivale a veinte años volando dos horas a la semana. “Nunca lo agotas.  Estos aviones son eternos”,  afirma Albert Navarro. Como eternas son sus ganas de seguir volando.