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Ideas y personas para vencer a la crisis

Mucho me temo que todo lo que se consiguió estos años atrás en las empresas, en el sentido de una gestión más inteligente, efectiva y humana –¿cómo no?– de los recursos humanos se está yendo al traste con la crisis. Muchos directivos están tan presionados por salvar  las cuentas de resultados –en el mejor de los casos–, que tienden a olvidar lo más importante, las personas. Y los empleados, con la motivación por los suelos, tienen tanto miedo a perder su puesto de trabajo que, donde antes se aportaban ideas o se planteaban quejas, ahora se guardan en el cajón, no vaya a ser que alguien se moleste y uno acabe con el finiquito en la mano.

Ésta es la dura realidad en muchas empresas, precisamente ahora, cuando se necesita más que nunca que la imaginación y la frescura fluyan por todas las arterias de la compañía para seguir latiendo, para sentirse y permanecer viva. Como suele decir un amigo, al que admiro,  “podemos ser pequeños, pero tenemos mejores ideas y esto se gana con las ideas”.  No puedo estar más de acuerdo con él. Y para que fluyan las ideas, es importante cerrar las compuertas al miedo, aglutinar en lugar de encapsular. ¿Cómo se logra eso? Muchos consultores les darían mil y una recetas. Yo creo que basta con tres palabras: honestidad, comunicación y motivación. Por ese orden.  En realidad, una cosa va llevando a la otra.

Arranquemos con la honestidad, para mí el pilar clave sobre el que se debe construir todo. Si uno actúa con honestidad, no sólo reconocerá que la situación es crítica, sino que actuará con integridad y responsabilidad hacia las personas que tiene a su alrededor y a su cargo. Y esa misma honestidad le llevará a comunicar la situación tal cual es, gris o negra,   y mantendrá un hilo informativo constante en aras de una transparencia tranquilizadora. Contar lo que pasa es importante, pero más importante todavía es trazar el camino por el que uno considera que debe seguir para llegar al final del túnel.  Es como cuando estamos muy enfermos, esperamos que el médico nos diga la verdad –que en el fondo, ya intuimos– y rápidamente nos explique qué podemos hacer para mejorarnos, o salvarnos, si la cosa es muy grave. Ahí es donde entramos de lleno en el campo de la motivación. Si el directivo ve el futuro, es más fácil sentirlo, tocarlo y arrastrar con la mente a los demás para que lleguen a verlo y, juntos, intentar edificarlo. Vamos, que hay que ponerle visión y pasión. O corazón, si les gusta más esa palabra.

Dicho así, parece muy fácil. Pero no lo es. La honestidad va con uno mismo, pero a la comunicación y a la motivación hay que dedicarles tiempo y trabajo. Y ahora, todos tenemos menos tiempo y más trabajo. Yo misma, que creo firmemente en esa fórmula, a veces la descuido. Les confieso que hace unos días, una persona del equipo se lamentaba –con razón– de que ahora cuento menos  sobre lo que hacemos o hacia dónde vamos. Me hizo pensar. Y mucho. Y al final me sinceré conmigo misma y llegué a la conclusión de que, sí, yo también caigo a veces presa de ese denso manto de pesimismo que encapota España. Y cuando me siento así, descuido la comunicación porque prefiero que no intuyan en mi cara ese desánimo. Así que ahora, desde aquella reprimenda, intento sacudirme bien todas las noches el pesimismo que se me haya podido ir pegando al cuerpo durante el día. Hombre, ya sé que no es lo mismo que viajar al extranjero –preferentemente a Asia– una o dos veces al mes como recomiendan algunas grandes empresas a sus directivos para contagiarse del entusiasmo que emanan otras regiones en el mundo. Pero la verdad es que si uno se desintoxica todas las noches y evita lugares muy contaminados, es posible evitar algunas recaídas.