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¿Cuándo enviaste por última vez una carta?

Les invito a hacer un rápido y sencillo ejercicio de memoria. ¿Desde cuándo no envían una postal a un amigo? Otro más: ¿Recuerdan la última vez que se encontraron en el buzón de casa cartas con un remitente que no fuese el banco o la compañía eléctrica? Probablemente hace semanas, si no meses, y en ciertos casos habrá pasado más de una primavera. Pero no se preocupen ni enciendan las alarmas. Ni sus conocidos se han olvidado de usted ni sus relaciones sociales se han quedado reducidas a la mínima expresión. En la era de las redes sociales, en la que aprovechamos los minutos de espera en la parada de autobús para mandar e-mails con la blackberry, cada vez son menos las personas que hacen el titánico esfuerzo de coger papel y bolígrafo, sentarse a escribir una misiva, ir al estanco a comprar un sello y luego buscar una oficina de correos en la que depositarla. Ya no se cartean ni los adolescentes enamorados, que prefieren la instantaneidad e interactividad de los sms. Por ahora, los únicos que se siguen acordando de nuestro código postal y nos llenan semanalmente nuestro buzón son las entidades financieras, las compañías de teléfonos, alguna que otra administración pública o el supermercado del barrio con sus ofertas del mes. Y no por mucho tiempo, según auguran los expertos.

El auge de las comunicaciones electrónicas puede acabar invalidando la base del negocio de empresas centenarias como la española Correos, la alemana Deutsche Post, la francesa La Poste, la británica Royal Mail o la estadounidense US Postal, por citar algunos ejemplos. Nacieron para gestionar el envío y reparto masivo de correspondencia y hoy ven cómo la tarta de la que disfrutan se va haciendo más pequeña. “Sólo en España, el tráfico postal ha caído un 20% en los últimos tres años”, se lamenta el presidente de Correos, Alberto Lafuente. Un problema que este veterano ejecutivo comparte con sus homólogos occidentales. El número de cartas que Royal Mail reparte a diario en el Reino Unido se ha reducido en 16 millones en sólo cinco años –hasta los 68 millones–, retrocediendo a niveles de principios de la década de los 90. Lejos de moderarse, estas caídas se acrecentarán en toda Europa y Estados Unidos. Según un estudio de la consultora Boston Consulting Group, ambos mercados menguarán una media anual de entre el 3% y 5% en esta década. O lo que es lo mismo, en 2020 esta industria, en la que trabajan más de cinco millones de personas y mueve más de 290.000 millones de euros, puede quedar reducida a la mitad.

Futuro incierto. El horizonte aparece lleno de nubarrones para unas compañías, en su mayoría públicas, que también se enfrentan al impacto de la crisis económica y al duro proceso de liberalización, que en el Viejo Continente concluyó el pasado 1 de enero. Los grupos privados podrán ofrecer ofrecers servicios postales, incluido el envío de giros y cartas interurbanas e internacionales de hasta 50 gramos, un negocio que sólo en el caso de España genera la mitad de los ingresos de Correos (988 millones de euros). Todos estos factores se traducen en una caída de ventas y beneficios de los que no sale airoso ningún grupo.  El beneficio operativo de Deutsche Post se ha reducido a la mitad desde 2005, cuando superó los 2.200 millones, y en sus planes de negocio reconoce que se conforma con mantenerlo en torno a los mil millones durante la próxima década. Por su parte, Correos, que antes de la crisis ganaba 240 millones, cerró 2010 en tablas y prevé números rojos de 80 millones para 2011, mientras que Royal Mail arrojó en el último semestre pérdidas cercanas a los 200 millones. Una minucia, sin embargo, si se comparan con unos números rojos de 230.000 millones de dólares (165.000 millones de euros) que prevé acumular el gigante US Postal hasta 2020. ¡Tanto como el PIB de Finlandia o Portugal!

¿Es el final de la historia centenaria de los grandes firmas de correos? ¿Vamos hacia un mundo sin envíos postales igual que antaño desapareció el barco de vapor o la máquina de escribir? “Las cartas físicas no van a desaparecer, si bien  necesitamos reorientarnos para mantener nuestro éxito pasado”, afirma contundente el consejero delegado de Deutsche Post DHL, Frank Appel. De la misma opinión es el presidente de la International Post Corporation, Herbert-Michael Zapf, que sostiene que hay que huir del tremendismo: “La industria postal ha existido durante cientos de años y se ha enfrentado a muchas tormentas en este tiempo. Han crecido los viajes internacionales, llegó el teléfono… y pese a todo tipo de previsiones apocalípticas, los operadores postales siguen en pie. Tienen a sus espaldas el bagaje de haber sabido adaptar su oferta de servicios a las demandas cambiantes de los clientes. Y los planes estratégicos que están poniendo en marcha evidencian una vez más que saben prepararse para los cambios”.

Reinventarse o morir. Conscientes del tsunami que se avecina, y aprovechando que el colapso no va a ser inmediato –en el mundo todavía se envían a diario 1.200 millones de cartas–, grupos como US Postal, La Poste, Royal Mail, DP, TNT o la propia Correos se han embarcado en ambiciosos programas de modernización que combinan severos ajustes de costes y estructuras con la entrada en otro tipo de negocios con un futuro más esperanzador.  El socio de Accenture, Pedro Blanco, lo tiene claro: “La diversificación es una de las palancas críticas si quieren tener éxito. Ya es uno de los factores que diferencian a las empresas postales con un comportamiento positivo de las que no”.

Hay que borrar de la mente el concepto decimonónico de unas empresas dedicadas sólo a repartir cartas y enviar telegramas. Van a ser mucho más y, de hecho, ya se dedican a otras muchas actividades:  concesión de hipotecas, depósitos o tarjetas de crédito; envío de remesas; abono de recibos o impuestos; venta de material de oficina; reprografía; digitalización y gestión documental; venta de lotería o snacks; contratación de todo tipo de seguros; reserva de billetes de tren o avión; alquiler de salas de reuniones; locutorio… En Francia, La Poste se encarga, incluso, de buscarle jardinero que cuide de sus plantas, un profesional que limpie los sofás del salón o un profesor particular de matemáticas para su hijo. Y en las oficinas de Royal Mail, los británicos tramitan el pasaporte, renuevan el carnet de conducir o la licencia de caza. “Ofertamos más de 170 productos diferentes, tenemos  contratadas cerca de 700.000 polizas de coches y hogar, emitimos un millón de seguros de viajes al año y somos el mayor proveedor de divisas del Reino Unido, con el 25% del mercado”, presumen desde Royal Mail. En Italia, el grupo Poste Italiane también saca pecho cuando habla de su operador móvil virtual, que con una facturación de 700 millones se ha convertido en uno de los mayores del país transalpino.

Como se puede comprobar, el abanico de productos ofertados en las oficinas postales no tiene límites, aunque hay tres campos que sobresalen en negrita en los planes estratégicos de las compañías postales: el envío de forma segura de comunicaciones electrónicas que ahora se remiten físicamente, desde cartas ordinarias a burofax o notificaciones administrativas; el negocio del marketing directo y el correo híbrido, abarcando todo el proceso desde el diseño de la publicidad hasta su impresión, ensobrado  y reparto; y el envío de paquetería. Este último, es uno de los negocios más pujantes y en los que empresas como Correos tienen depositadas sus esperanzas de futuro, sobre todo, en lo que se refiere a entregas vinculadas al comercio electrónico, un segmento en franca expansión. Ahora, el e-commerce representa el 5% de todas las ventas de bienes en el mundo de la distribución, pero los expertos prevén que en menos de cinco años se vendan online uno de cada tres libros, discos, ordenadores, pantalones… “La paquetería va a crecer mucho, sobre todo, con la incorporación de las empresas de moda al comercio electrónico. Ahora tenemos el 7,5% del mercado –de unos 4.000 millones de euros–. No parece descabellado aspirar a incrementar esta cuota en un punto porcentual cada año”, sostiene Alberto Lafuente, que como mínimo, prevé duplicar la facturación de Correos en este campo hasta los 600 millones.

Para robarle parte del pastel a compañías sólidas como Seur, MRW o Nacex, Alberto Lafuente quiere explotar la imagen de confianza, seguridad y cercanía que genera la marca Correos y, sobre todo, una de las redes de oficinas más capilares del país, con más de 9.800 puntos de atención al público y 2.250 oficinas multiservicio.  “Los compradores de bienes online valoran enormemente poder recoger y devolver la mercancía de forma sencilla y cerca de su casa, no en un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Hoy tenemos una gran ventaja”, defiende el presidente de Correos.

Buzones en las iglesias. Sin embargo, no todos los expertos se muestran tan optimistas respecto a los resultados y el protagonismo que los grupos postales dan a estos planes de diversificación. “No pueden pretender salir del agujero sólo entrando en otros negocios. Hay áreas potenciales para crecer, pero no es fácil ganar mucha cuota. Ya hay competidores muy fuertes en esas actividades y, especialmente, por cuestiones culturales. No es tan sencillo convertir a un cartero en un vendedor de seguros de la noche a la mañana”, explica el socio de BCG, Carlos Costa. Bajo su punto de vista, hay que ir más allá y emprender una profunda reestructuración de las compañías, con medidas que vayan desde una fuerte subida de precios –muchos de los servicios están subvencionados– a una racionalización de la red de oficinas. Ante la caída de los envíos, el futuro de muchas sucursales postales, especialmente en zonas rurales, pasa por el cierre, por ser franquiciadas o por aliarse con bancos, corredurías de seguros, ayuntamientos o hasta parroquias, para que sirvan de puntos de entrega o recogida de las cartas o paquetes. “Este tipo de medidas es inevitable dentro de la reducción de costes estructurales de las compañías”, defienden desde US Postal. La firma estadounidense también aboga por reducir la velocidad de los envíos o la frecuencia de reparto de seis a cinco días a la semana. “¿Realmente se necesita que el 90% de las cartas lleguen al día siguiente a su destinatario? Obviamente los niveles de servicio que se ofrece sobrepasan las necesidades de los clientes”, se cuestiona Carlos Costa, que calcula que con este tipo de iniciativas se podrían reducir los costes operativos entre un 20% y un 30%.

En Singapur, Australia o Bélgica ya han eliminado el reparto  de los sábados. Deutsche Post y US Postal han intentado lo propio, iniciativas que se han encontrado  con el rechazo frontal de sus respectivos parlamentos.  Y es que la fuerte regulación existente es uno de los principales corsés de la industria en su proceso de reestructuración. “Parte de nuestras pérdidas son fruto de un modelo de negocio inflexible por culpa de las leyes que regulan el negocio. Reclamamos una mayor flexibilidad  y un sistema regulatorio justo que empuje nuestras inversiones hacia la modernización”, se queja amargamente la consejera delegada de Royal Mail, Moya Green. Lamentos que por ahora caen en saco roto. Mientras los cambios llegan y usted lee este artículo, hay alguna carta que ya no irá al buzón, agravando la crisis del sector.