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Kenneth Rogoff: “Si España quiebra, podría caer hasta Francia”

Cuando cumplió 13 años, al hoy afamado economista Kenneth Rogoff le regalaron un tablero de ajedrez, con sus correspondientes 16 piezas blancas y sus 16 piezas negras. Y su vida cambió. Empezó a manosear las figuras, a moverlas, y a los meses descubrió que era un prodigio. A los 14 ya era “maestro” en Estados Unidos –aunque  se cuidaba mucho de no mostrar su talento en el colegio por miedo a que sus compañeros le atizasen– y a los 16 –en contra de la voluntad de sus padres–  dejó el instituto y se instaló solo en  Sarajevo  para competir en los grandes torneos. Con los premios que ganaba y  las exhibiciones que hacía de su maestría  –a veces compitiendo contra decenas de contrincantes simultáneamente, incluso con los ojos vendados– vivió como un marqués durante varios años recorriendo países, en particular España. “Hasta casi los 40 años no conseguí ganar como economista lo que lograba haciendo jaques mates”, dice Rogoff, que hoy tiene 57 años. Entre las anécdotas de la vibrante juventud de este neoyorquino sobresalen dos: que el mítico, y algo loco, genio Bobby Fisher quedó maravillado con unas sus partidas, que glosó en un artículo, y el haber disputado la partida más larga de la historia –véase el Libro de los Guiness–. A finales de los 70, tras haber conseguido su ansiado título vitalicio de gran maestro internacional, metió el juego de ajedrez en un cajón y decidió no volver a jugar nunca más  para así entregarse en cuerpo y alma a su otra pasión: la economía. “Tuve que dejarlo del todo y decidir no volver a jugar, ni siquiera partidas de placer”.

En economía no existe el título de gran maestro internacional, pero bien le podrían otorgar este laurel. Rogoff es hoy una de las voces más respetadas, codeándose con Paul Krugman o Joseph Stiglitz. Ha sido economista jefe del FMI y es hoy profesor en la Universidad de Harvard. Su nuevo libro –Esta vez es diferente, firmado junto a Carmen Reinhart–  se ha convertido en un best-seller. Y eso que el hilo conductor es el análisis, nada fácil, de los últimos 800 años de crisis financieras.
Ahora ya no necesita matar al rey para ganarse la vida, pues con sus libros y conferencias le sobra. La última la dio en la Fundación Rafael del Pino, donde no cabía –y no es exageración– ni un alfiler.

–¿Qué ha aprendido del ajedrez que haya aplicado a la economía?
–He aprendido mucho de este juego. El ajedrez te enseña a permanecer tranquilo cuando cometes errores, porque incluso los mejores ordenadores yerran. Y los humanos comentemos muchas equivocaciones. Uno típico es hacer un mal movimiento después de detectar que has hecho un mal movimiento. Pero para ser competitivo y seguir luchando te tienes que quitar de la cabeza que has metido la pata. En el campo de la economía se tiende a pensar que está lleno de gente simpática, pero la realidad es que son personas rudas que a veces intentan hacer pedazos tu trabajo de dos años mientras lo estás presentando ante el público. Y esto me ha ocurrido en el FMI , donde ha habido muchas situaciones estresantes [se refiere, entre otras cosas, a las críticas al papel de la institución y las políticas de austeridad que imponía a los países en apuros], en las que hay que permanecer en calma. También te enseña a pensar cómo piensan las otras personas: hay que preguntarse por qué mi rival hace lo que hace. Igualmente, en gran parte de mi trabajo he utilizado la teoría de los juegos, que es extremadamente matemática y a mucha gente le resulta un hueso duro de roer. Yo lo aprendí de forma muy natural, en parte por las enseñanzas del ajedrez para resolver problemas.

–¿Y qué tal mueven las fichas en el tablero de la crisis los políticos?
–Podría habría sido peor [risas]. En general, durante esta crisis las cosas se han hecho mucho mejor que durante la Gran Depresión. Creo que se ha aprendido. El reconocimiento de que podríamos enfrentarnos a una segunda Gran Depresión ha ayudado a que las políticas sean mejores. Por supuesto, no estoy de acuerdo con todo lo que se ha hecho. Los políticos han sido demasiado cautos en algunas fases, particularmente con las garantías bancarias y con los rescates bancarios. Y demasiado generosos, demasiado agresivos, con el dinero de los contribuyentes, empezando por Irlanda.

Rogoff, un hombre alto, delgado, con unas gafas de fina montura, no tiene demasiada buena opinión de las corrientes de pensamiento dominantes en su profesión. Y no le importa decirlo alto y claro. “Los especialistas en macroeconomía fueron demasiado confiados, existía esa creencia religiosa en los mercados financieros como si fuesen casi perfectos, se creía que habíamos encontrado formas de aplanar los ciclos económicos. Y eso nos llevó a modelo equivocados que ahora han sido barrido por la crisis financiera”. Otra cosa que ha barrido, dice, es la dialéctica entre liberales –menos intervención estatal en la economía– y keynesianos –más protagonismo de lo público–, aunque no lo parezca a tenor de las portadas de los periódicos y el juego de los políticos. “Creo que el gran movimiento sísmico en el campo de la macroeconomía es que hay una convergencia hacia un mayor análisis de los datos. La profesión piensa que si quieres demostrar que eres un genio tienes que hacer algún tipo de modelo matemático propio de la física y que recabar datos no exige mucho talento. Ambos grupos han acabado por aceptar que necesitamos un modelo simple”.  Rogoff no sólo piensa que la guerra entre liberales y keynesianos es “cosa del pasado”  sino que afirma que Keynes nunca ha tenido razón. Ni vivo ni muerto. “Muchos dicen que esta crisis demuestra que Keynes acertó. No lo veo. Llevamos cincuenta años estudiando sus ideas y no tenemos apenas evidencia empírica de que sus teorías sobre política fiscal fueran ciertas “.
Cambiamos de tercio, y pasamos de la economía teórica a la práctica. España es un país que el profesor de Harvard conoce bien y cuya geografía a recorrido con el tablero de ajedrez a cuestas. Pero apenas sabe encadenar algunas palabras en español, una prueba de que hasta los prodigios se topan con barreras que les cuesta franquear.  “No soy muy bueno en idiomas, y eso que he intentado aprender el español”, dice. Lo que desde luego se le da mejor es diagnosticar y  pronosticar la salud de las economías estatales.

–¿España, que fue el primer país del mundo en quebrar en la época de Felipe II y que lo ha hecho más de una decena de veces en su historia, va camino de una nueva suspensión de pagos?
–Creo que hay una alta probabilidad de que España necesite ayuda de Europa. Y será así porque en algún momento Grecia, Irlanda y, probablemente, Portugal tendrán que reestructurar su deuda. Y cuando esto ocurra los mercados se volverán locos y España necesitará algún tipo de auxilio. De hecho, si no existiese Europa, ya lo estaría pasando mal. Pero me resulta inimaginable que Europa deje que España quiebre sin prestarle ayuda. Si suspende pagos, la cosa no acabará aquí. Se extenderá por Bélgica, Italia… incluso Francia. La deuda española ya está en un nivel difícil de manejar pero si se añade otro 30% ya no será gobernable de ninguna de la formas. Europa tienen que marcar una línea roja en el caso de España.
–¿Cómo ve la economía española?
–Sin duda, el gran reto para España es cómo crecer. Con un 20% de paro, hará falta suerte para que el PIB avance algo este año. Un crecimiento del 3% o del 4%, necesario para reducir el desempleo, es poco probable en el medio plazo. Y está claro que España necesita una profunda reforma estructural de su economía.
–¿El Gobierno de Zapatero no ha hecho lo suficiente?
–El Gobierno no se ha movido con rapidez pero está haciendo cosas. Iremos viendo con el tiempo su impacto  y cómo se aplica en la práctica pero realmente  se necesitan medidas de calado. Particularmente, el mercado laboral. España, sin embargo, es un país con numerosas fortalezas y no se puede comparar con otros países. Tiene multinacionales que son excelentes, tiene regiones como Cataluña que, aislada, sería uno de los países más ricos del mundo… Pero, desde luego, sin crecimiento todos los planes de reestructuración de la deuda no serán sostenibles.
–¿Tendremos una década perdida?
–Un estancamiento de cinco años es un escenario bastante realista.

Para elaborar su enciclopédica obra –Esta vez es diferente. Ocho siglos de locura financiera, un libro que todavía no está traducido al español, “lo cual es increíble dado que está en casi todas las lenguas, hasta las menos habladas”– Rogoff  ha buceado durante años por los sótanos de bibliotecas raras y vetustas, ha rebuscado viejos periódicos –hasta monacales-, y ha tenido que mendigar datos a los bancos centrales, que no los dan con facilidad. Al final, tras haber escrutado casi mil crisis económicas y financieras, ha confeccionado uno de los mayores cuadros estadísticos de la historia.

–¿Ha estado mirando los últimos 800 años de historia económica, qué ve cuando cuando se asoma al futuro?
–Está claro que el mundo está evolucionando a una gran velocidad, cultural, económicamente…El impacto de la emergencia de Asia es simplemente extraordinario y va mucho más allá de la economía. África es otro ejemplo. China está empezando a jugar un gran rol en África, y ambas culturas son muy diferentes en sus valores. ¿Qué pasará en África? Ésta es una de las grandes preguntas, incluido el futuro del norte de África. Vivimos en un mundo de cambios. La previsión con más posibilidades de acertar es que Asia y los mercados emergentes sigan creciendo más rápido que las economías desarrolladas, y que mucha gente siga saliendo de la pobreza.
–¿Algún desafío a corto plazo?
–El gran reto para el mundo en los próximos años es la desigualdad. Ha sido un gran problema antes de la crisis financiera y, ahora que estamos saliendo de ella, es un problema de proporciones mayores. Los ricos vuelven a estar mejor mientras que los pobres tienen que hacer frente a más paro, a precios más altos de los alimentos… El norte de África es un buen ejemplo.  Habrá grandes movimientos migratorios en el mundo, problemas internos en EEUU, en China… y seguro que también en España. La desigualdad es una de esas cosas que están latentes y calladas y un día estallan. En EEUU es posible que acabemos teniendo un presidente muy populista en 2012 ó 2016. Y sobre Alemania se suele comentar lo bien que va la economía, pero lo cierto es que la clase trabajadora está muy enfadada.

Rogoff podría hablar horas y horas de economía –es probable que EEUU lo pase mal con su deuda, las empresas cada vez necesitan menos trabajadores…– pero el  ajedrez ejerce sobre él un poder  casi sobrenatural, magnético. Cuando acabamos la entrevista,  justo después de que haya degustado unos cookies, le ofrecemos que sujete dos piezas, un rey blanco y una reina negra, para hacerle unas fotos. Y de repente, alguna reacciona química o psicológica se opera en su cerebro. Mira las piezas con fascinación y, como si fuese aquel niño prodigio al que le acaban de regalar un tablero de ajedrez, le dice al periodista: “Lo ves, ni un día dejo  de pensar en ello”.