Economía

El partido es el problema

Cuentan de un brillante exministro que al intentar ponerse a trabajar desde la oposición para desalojar a Zapatero del poder tuvo un duro choque con la realidad. En la sede de su partido encontró que tenía que luchar contra la mediocridad, contra alguna envidia, más de una zancadilla y gente cuya principal aspiración era lograr ese mismo objetivo para salir con Rajoy en la foto. Su conclusión fue evidente: “El problema es el partido”. Y se fue. Hoy es un gran empresario. La pregunta resulta evidente: ¿De verdad nos merecemos estos políticos?

“Fallan más los partidos que los políticos. La gran mayoría de los políticos son personas altruistas y generosas, pero muchos de ellos no generan ningún titular”, explica Rosa Díez, diputada de UPyD.

El sistema de partidos políticos que hay en España se parece cada vez más a lo que los catedráticos y politólogos Richard Katz y Peter Mair llaman partidos cártel. Un sistema cerrado, con jugosas subvenciones públicas, un puesto de trabajo estable… Con estos partidos, la política se convierte en una profesión que no atiende a su fin. Ganar las elecciones pierde importancia en favor de la propia carrera profesional. Se practica el corporativismo, se ponen barreras a los nuevos partidos, los programas electorales se asemejan… El resultado es que los ciudadanos cada vez tienen más difícil usar las elecciones para premiar o castigar. Las consecuencias, sin duda, son nefastas: “Treinta años después del inicio de la democracia, crece el número de personas de diferentes sectores profesionales e ideológicos que considera excesivo el papel preponderante y cuasi excluyente que los partidos juegan en España”, afirma Lourdes López Nieto, profesora titular de Ciencia Política de la UNED. Hay críticas de dentro y fuera de la política. “Hay una partitocracia excesiva. Los partidos tienen demasiado poder. Y no hay democracia interna, debate interno”, dice Jaime Mayor Oreja, eurodiputado y ex ministro del Interior. Con más de treinta años de carrera política a sus espaldas, es, sin duda, una opinión autorizada.

Partidos y subvenciones. Según López Nieto, España reúne varias características propias de los partidos cártel. Uno: siempre mandan los mismos. Los  dos partidos nacionales (PP y PSOE) y las dos grandes formaciones nacionalistas (CIU y PNV) son un club exclusivo que suele ocupar los parlamentos y gobiernos de los tres ámbitos territoriales. Dos: los partidos políticos españoles viven de las subvenciones públicas, que crecen sin parar desde 1979. Y tres: la posibilidad de presión de cualquier sector social o grupo de interés es muy difícil, salvo la de las entidades bancarias a las que adeudan los partidos políticos.

La política se ha convertido en una profesión en la que se puede hacer carrera con garantías: hay muchos puestos para repartir. Siempre que uno consiga entrar en el cártel, claro. Los puestos de elección en el sistema político español son unos 1.500 parlamentarios (europeos, nacionales y autonómicos) y unos 65.000 concejales. A estos habría que sumar los ministros y consejeros (unos 300). “Se trata de muchos puestos de trabajo habida cuenta de que se han celebrado ocho o nueve elecciones para cada institución”, dice López Nieto. El reacomodo de políticos en otros partidos cuando éstos han perdido peso, o han desaparecido, son, en su opinión, otra prueba de que existen incentivos para aferrarse a la política como forma de vida.

Lo cierto es que el crecimiento de los empleados públicos está siendo espectacular. En los últimos treinta años, los funcionarios autonómicos han pasado de 40.000 en 1982 a nada menos que1.640.000, y los funcionarios locales, que no llegaban a 200.000 en 1982 han aumentado en 500.000. Jonathan Hopkin, profesor de la London School of Economics especializado en política, recuerda que entre 1982 y 1994 se crearon medio millón de nuevos empleos públicos. Las nacientes administraciones autonómicas crearon 200.000 nuevos puestos de 1982 a 1988.

Con tanto puesto para repartir, aparece un problema: el amiguismo. Para Manuel Villoria, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos, en España se da un modelo muy clientelar, que empieza en los propios partidos. “En la Administración Pública se coloca a gente afín. Es algo que está demasiado extendido en la administración local y autonómica. Los partidos políticos deberían replantearse la forma de organizarse. Si, por ejemplo, hubiera sólo una agrupación en un partido en lugar de veinte, sería más difícil que hubiera estructuras clientelares, reinos de taifas”, añade el catedrático.

El amiguismo puede ser un cáncer. Si su competencia está comprobada, evidentemente, no hay ningún problema por colocar amigos en las listas. Pero está claro que, si la designación es a dedo, siempre estarán bajo la lupa. Como ocurre con los asesores. En los periódicos se han vertido ríos de tinta sobre estos cargos de confianza de Zapatero: que si son muchos, que quién les paga… Pero no todo el mundo estima que sean demasiados. Según Manuel Villoria, los ministros pueden tener entre 2 y 4 asesores de libre designación. Es decir: nada. Y en Moncloa, afirma, hay 300 ó 400, muchos de ellos funcionarios de carrera. Según sus datos, en la administración local sí hay descontrol de asesores. “Hay alcaldes que tienen 14 ó 20; presidentes de diputaciones que cuentan con 18 ó 20… Hay que reestructurar el sistema de asesoría del Gobierno. Hacerlo más al estilo de la Casa Blanca o de Lula en Brasil. Tener gabinetes más especializados que  controlen la actuación del Gobierno y se alineen con su estrategia. Para eso, la estrategia ha de estar bien definida. Sin ella, los asesores no funcionan adecuadamente. El problema es que aquí no ha existido esta estrategia. Cada ministro va por su lado”, dice Villoria.

Con esta pesada maquinaria, de nombramientos de concejales, alcaldes, asesores, etc, uno de los problemas que crece es la burocracia. “En los partidos hay mucha. Es necesaria, pero hay un amplio margen de mejora”, señala Elena Pisonero, ex secretaria de Estado en el Gobierno del PP y actualmente socia de KPMG.

El problema de las listas.
Pero si la excesiva burocracia es un inconveniente por los retrasos que  ocasiona, si nos centramos en la política, un elemento desalentador es que las listas sean cerradas y bloqueadas. En opinión de Villoria, habría que ir a sistemas más abiertos: “Las listas cerradas permiten más control a los partidos, pero favorecen la incompetencia y la corrupción”, afirma. Para otros, las listas cerradas y bloqueadas desincentivan al ciudadano. No favorecen la participación. “Habría que cambiar la ley para enganchar con los ciudadanos. Nosotros ya hemos propuesto las listas abiertas. Facilitarían sentir que el voto tiene sentido, que controlas al político que has puesto”, explica Rosa Díez.

Este sistema funciona bien en Estados Unidos, donde cada congresista sabe que más le vale atender bien a quienes le han votado. Su reelección depende de ellos, no de que su presidente le ubique en su equipo. Ese temor a quedarse fuera hace que el político busque resguardar su puesto dentro del partido, no ante los ciudadanos, y entre sus intereses prime, ante todo, cuidar la disciplina de partido. “La estructura de los partidos ahoga las ansias de libertad de los políticos. Tienen estructuras férreas, propias del siglo pasado”, lamenta la portavoz de UPyD.

De todas formas, no todo el mundo es partidario de las listas abiertas. “No siempre son eficaces ni viables para limitar el control de los partidos sobre los representantes”, señala Lourdes López Nieto. Según sus datos, donde están reguladas, sólo las utiliza un tercio de los electores y, en ciertos países, terminan conformando un sistema de compra de voto. Reformar por reformar, no lleva de por sí a ningún sitio. Si no, que se lo digan a los italianos, que han acumulado reforma tras reforma de su sistema electoral sin éxito aparente. Para esta profesora, si lo que se quiere es conocer el quehacer de los parlamentarios para pedirles cuentas, convendría averiguar, entre otros asuntos, por qué podemos saber  a través de la web del Senado qué ha votado cada grupo parlamentario en cada iniciativa, mientras que eso no es posible en la web del Congreso. Sin duda, esta iniciativa nos aportaría más información sobre las personas que nos están representando. Y si lo hacen bien, claro.