Empresas

Félix Grande: “Sin las palabras sería un sonámbulo”

Más de 15.000 libros jalonan las estanterías de su casa. Anaqueles llenos de colores desgastados que conviven en armonía con cuadros y fotos en blanco y negro y color. Allí, este emeritense de nacimiento (1937), manchego de sentimiento (vivió su infancia y juventud en Tomelloso), y madrileño de sus calles (vive muy cerca de Cuatro Caminos) se dedica al bello oficio de escribir. Y lo hace con un pitillo siempre a su lado. “No puedo redactar cuatro o cinco horas diarias sin dejar de fumar. O dejo de escribir, o cambio de cardiólogo”, bromea. Galardonado con multitud de premios, entre ellos el Nacional de Literatura o el Nacional de las Letras, su polifacética producción (prosa, ensayo…) ha estado huérfana de la poesía durante 40 años. Un yo poético que ha retornado. “La técnica la he tenido siempre, pero ese estado de gracia de escribir poesía ha estado mucho tiempo dormido”, confiesa. Y con un tono confesional, y una expresión profunda y desnuda, nos explica el porqué.

–Cuatro décadas sin tocar las cuerdas de la poesía, salvo contadas notas, son muchos años. ¿Por qué han vuelto las palabras a su obra poética?

–Por dos causas. Una de ellas la desconozco, porque vienen cuando ellas quieren. Otra, fue hace dos años. Mi mujer [la poetisa Francisca Aguirre] estaba tosiendo en su cuarto. Yo sabía que eso iba a convertirse en neumonía, porque había sido muy fumadora y tenía los bronquios y los pulmones muy desollados. Y escribí un poema. Seguramente fue por el miedo. Pero lo que definitivamente abrió el grifo fue mi viaje a Auschwitz. Y no fue el miedo lo que me llevó a escribir un largo poema, sino el terror. Fue llegar allí y empecé a sentir una extrañeza infinita, estupor, sobre todo delante de una vitrina enorme de 15 metros de largo donde había 1.950 kilos de mata de pelo de mujer. Y me pregunté que de qué color era ese pelo. Se supone que allí había pelo de color rubio, moreno, castaño, blanco… Y miré, pero no veía el color. Ahora, retrospectivamente, me doy cuenta de que esa mezcla de color no había existido nunca. Por eso ni una sola de mis neuronas lo reconocía.

–¿Y qué experimentó su ser para destapar de nuevo el frasco de las esencias poéticas?

–Desasosiego. Como no podía ver con los ojos ese color, puse las manos en el cristal, como si pudiera ver con los dedos, como si me hubiera vuelto un primate. Y sentí algo que era una mezcla de terror, de odio, de necesidad de venganza, de esa extrañeza de los existencialistas, de incomprensión, de desconsuelo. Y ganas de escribir. Primero salió un poema de 600 versos, y luego otro de 1.200.

–Lo que está claro es que esa visita le hizo meditar. Y la meditación es clave para el trabajo del poeta. En una sociedad como la actual de prisas, de estrés, ¿es más difícil encontrar esa meditación?

–No lo creo. Las causas por las que la gente empieza a buscar el socorro y el consuelo del lenguaje, o de la música, puede que se modifiquen con el estado de cosas de una sociedad. Pero yo creo que son patrimonio de la conciencia. No es casual que la edad en la que todos empezamos a escribir, o sentimos la necesidad de encontrar un lenguaje con el que expresarnos o explicarnos un poco a nosotros mismos, sea la adolescencia. Se trata de una etapa de angustia en la que definitivamente hemos salido de la infancia y ya sabemos que somos mortales. Por eso, que los adolescentes tengan que enfrentarse con su sino, con su destino, con su fatalidad, por decirlo de una manera flamenca, no creo que disminuya porque estemos viviendo en una sociedad de prisas o de egoísmo.

–Pero, con tanto sms, con palabras que pierden sus letras, ¿no está perdiendo el lenguaje su magia?

–No necesariamente. Es iluso pensar que todos los jóvenes tienen el deber de leer libros. No se por qué esa obstinación. Hay mucha gente que necesita relacionarse aunque sea con palabras escritas con una ortografía distinta, al mismo tiempo que sigue habiendo gente que lee libros. Ahora el nivel medio de calidad de la poesía joven es más alto que antes. Porque hoy la gente lee más. Y en sus citas y en su estilo se ve que han leído a poetas alemanes, ingleses, franceses, que han ampliado el mundo emocional y estético. De hecho, en la época del franquismo, parecía que todo estaba armado para que nadie pudiera dar un paso fuera de la censura. Pero la capacidad de sufrir, la capacidad de angustia, eso no nos lo quitaba nadie. Con eso no podían. Es decir, no hay tiranía que pueda con la libertad de estar angustiado.

(Para ampliar información, ya está en su quiosco el número de agosto de la revista Capital)