Economía

El Gordo ferroviario que nos ha dado Europa tiene trampa

Esta semana, casi todos los periódicos, económicos y generales, llevaban a portada la alegría del ministro de Fomento, José Blanco, y de los presidentes autonómicos de Andalucía, Cataluña, Murcia, Valencia, Castilla-La Mancha o Madrid por la decisión de la UE de financiar la construcción de cinco corredores ferroviarios –principalmente de mercancías- que conectarán España con Portugal y Francia. En cierta medida, recordaba a las portadas del día siguiente al sorteo de Navidad, con los afortunados celebrando con champagne que les había tocado el Gordo. A priori, Blanco, Mas, Fabra, Herrera o Griñán tienen motivos para estar contentos. En un momento en el que no hay dinero para infraestructuras, los bancos no financian macroproyectos y las grúas se oxidan en los parques de maquinaria, la Unión Europea viene y dice que dará 10.000 millones para la construcción de cinco nuevas líneas Es una buena noticia, que podría convertir a España en la puerta de entrada de mercancías hacia Europa, supone un balón de oxigeno al maltrecho sector de la obra civil y servirá para dinamizar el transporte ferroviario de mercancías en España –apenas supone el 4% sobre todos los demás medios, frente al 18%-20% que significa en Europa-.

El único problema es que quizás nuestros políticos se hayan apresurado demasiado a la hora de descorchar las botellas de champagne con este “Plan Marshall” llegado en modernos vagones de alta velocidad. Hay grandes posibilidades de que, como en otras muchas ocasiones y promesas grandilocuentes, todo se quede en una mera foto de la que nadie se acuerde dentro de 10 años. Hay riesgo serio de que estos proyectos e inversiones no lleguen a realizarse si la economía española no vuelve a crecer y la salud financiera de las arcas públicas no mejora. Para empezar, la UE se compromete a pagar unos 10.000 millones para la construcción de las cinco líneas ferroviarias, pero lo que los políticos sólo dicen con la boca pequeña es que esta cifra apenas cubre la quinta parte de lo que costarían todos los proyectos. El resto de la factura -40.000 millones- los tiene que desembolsar el Gobierno. Es como si a cualquiera de nosotros nos viene un promotor hoy y nos dice que nos regala la entrada del piso, pero todavía nos tocaría ir al banco para que nos prestase el 80% restante. Y nos acaban de recortar el sueldo y nos queda por pagar la mitad de las letras del coche. Es bienvenida la generosidad del promotor, pero sin hipoteca del banco e ingresos para pagarla no podremos comprar la casa.

Bruselas ya ha dejado claro que mientras el Gobierno no desembolse ese importe, no va a soltar un euro. Y no parece, pese a sus palabras, que el Ministerio de Fomento esté ahora mismo en condiciones de afrontar tan elevada inversión aunque tenga ocho años por delante para levantar las traviesas y catenarias. 40.000 millones, por ejemplo, equivalen en grandes cifras al ahorro que toda la Administración tiene que realizar el próximo año para reducir el déficit al 4,4%. Ya el año pasado, para cumplir con el plan de austeridad, José Blanco paralizó o retrasó el 20% de las obras en ejecución para ahorrar unos 6.500 millones y este año apenas ha tenido 14.000 millones para invertir en nuevas carreteras, ferrocarriles y aeropuertos. No parece que esta situación vaya a cambiar a corto y medio plazo. Está bien el regalo de Bruselas, pero ¿quién va a pagar el resto de la fiesta? No está claro.