Economía

¿Dos Europas? ¿Pero cuándo hubo una?

No deja de sorprenderme cómo estos días algunos se llevan las manos a la cabeza contra el dúo Merkozy (formado por la canciller alemana, Angela Merkel, siempre primera, por delante, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy) por intentar consagrar la Europa de las dos velocidades. Pero, vamos a ver, ¿cuándo hubo una única Europa más allá de las frases grandilocuentes de dirigentes, cumbres y tratados? Pues nunca. Este sueño europeo ha sido siempre eso, un sueño, aunque algunos ilusos creyesen que el hecho de compartir moneda única lo había convertido en realidad. Pero no. Y la crisis se ha encargado de poner de manifiesto que este bloque de países era todo menos una unidad económica y monetaria estable, como se nos ha vendido desde el principio.

Dicho esto,  creo que ha llegado el momento de reconocer que no es factible intentar homogeneizar  un grupo tan heterogéneo, en el que cada país quiere preservar  sus patas para andar pero no está dispuesto a  (o no puede) coordinarse en el caminar con el resto para evitar así caer todos de bruces. ¿Recuerdan alquel viejo juego de niños en los que uno ataba su pierna a otro e intentaban correr cojuntamente? Pues imaginen que al buen corredor le han atado con el más torpe, con el que ni siquiera puede sostenerse de pie en solitario. ¿Qué puede salir de esa carrera? Pues nada bueno. Y sí, el riesgo de que la carrera sea muy lenta, enormemente lenta; se vea paralizada o, lo peor de todo, unos choquen contra otros y aquello acabe en un berenjenal, que es lo que está ocurriendo desde hace meses en Europa, poniendo en peligro todo el proceso andado estos años.

Así que, aunque se me echen muchos de ustedes encima, yo aplaudo la decisión del dúo Merkozy de proponer un nuevo tratado de Europa, que no tiene que integrar a todos y que, de facto, distinguirá entre los alumnos más aventajados y los más retrasados. Y digo más, si en lugar de un nuevo tratado, que implica un proceso engorroso porque requiere mucho tiempo de elaboración, aprobación y puesta en marcha, se buscase una fórmula más rápida, mejor nos iría a todos. También aplaudo la valentía de Mariano Rajoy para defender a capa y espada que España esté en el primer pelotón. Creo sinceramente que España merece estar ahí, pero no me cabe duda de que lograrlo va a exigir mucho esfuerzo y enormes sacrificios a todos.

Y sí, claro, crear una Europa de dos velocidades –que en la práctica, siempre ha estado ahí–  supondrá que algunos países quedarán fuera de la órbita principal y, de alguna manera, o vuelven a la moneda anterior al euro, o mantienen su euro, pero un euro descafeinado –el suyo–  frente al euro fuerte, integrado por ese núcleo central europeo. Ya sé que decir esto es como nombrar a todos los demonios, porque nadie quiere admitir el riesgo de que el euro, tal y como ahora lo conocemos, pueda estallar por los aires. Nadie lo quiere admitir pero muchos, o mejor dicho, muchas, lo admiten este tabú:  muchas empresas europeas barajan ya la hipótesis de que algunos países abandonen el euro y hacen sus cálculos sobre el riesgo que esto les supondría a sus cuentas.

El diario Financial Times contaba recientemente el caso del touroperador alemán TUI, que ha pedido a los hoteles griegos que firmasen nuevos contratos basándose en la posibilidad de que Grecia salga, o la echen, de la zona euro y el dracma vuelva a circular por sus comercios. A esto añadía el caso del banco japonés Nomura, que ha publicado un estudio para sus clientes titulado: Riesgos ante la ruptura de la moneda en la zona euro: Aspectos legales, estudio en el que abogados expertos en mercados financieros examinaban cómo un colapso afectaría a la deuda en euros emitida bajo una normativa legal nacional distinta. Y a esto añado un ejemplo de Europa del Este que me comentó hace unos días un experto abogado: para curarse en salud, en Polonia hace tiempo que los contratos en euros no definen a éste como la moneda única europea, sino como “la moneda que rija en la República Federal Alemana”. Fíjense que, con ese pequeño cambio, ya se han curado en salud ante un posible estallido del euro tal y como hoy lo conocemos.

Pero, a diferencia de lo que abogaba en un explosivo artículo de hace unos meses el economista y profesor Allan Meltzer (de la Carnegie Mellon University, en Pittsburgh, Pensilvania), yo no creo que, como él argumenta –con bastante mala leche, a mi juicio–, haya que “Dejar el Euro para los PIGS” o Leave the Euro to the PIGS” (recuérde que el acrónimo PIGS, que significa “cerdos” en inglés, es utilizado para designar a los países digamos más torpes, Portugal, Italia, Grecia y España). Yo más bien creo que el euro será la moneda fuerte, la del núcleo duro,  y los que queden rezagados tendrán que buscarse la vida con monedas devaluadas –quizá haciendo convivir al euro con su vieja moneda– que les permitán recuperar por esa vía toda la competitividad perdida.

Es una opción dolorosa y traumática, pero quizá no tanto como la alternativa de mantenerse a toda costa en un área monetaria que va a exijir mucho más rigor y disciplina a todos sus miembros y que,  a los menos disciplinados, les va a exigir muchos años de sacrificios para conseguir ganar competitividad devaluando, no la moneda, sino los precios y los salarios. Y Grecia, con todo lo que le ha caído y le va a caer encima, es el mejor ejemplo.