Economía

La dictadura de la triple A

¿Sabe quién son Mark E. Almeida, Douglas Peterson y Stephen Joynt? Es casi seguro que no. Sus nombres son desconocidos para el ciudadano de a pie y es muy probable que muchos empresarios y financieros tampoco sepan qué responder. Pero sus negociados llevan tiempo trayéndonos de cabeza al conjunto de los mortales. ¿Siguen sin caer? Hablamos de los primeros espadas, los máximos responsables, de Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch, respectivamente.  Seguro que estos nombres sí le son mucho más familiares, ¿verdad?

Las tres agencias de calificación de riesgos se han convertido en la pesadilla de los gobernantes de medio mundo. Barack Obama, Nicolas Sarkozy, Mariano Rajoy, Mario Monti… Todos ellos, y algunos más, han visto cómo la solvencia de sus países bajaba uno o más escalones en la calificación. Solo a España, S&P le ha rebajado su nota cuatro veces en los últimos tres años [ahora en nivel A].

Estas firmas, que controlan cual oligopolio el negocio de la evaluación crediticia, han conseguido convertir en cotidiano lo que solo es un indicador financiero de inversores… y especuladores. Términos como rating, triple A y bono basura se cuelan día sí y día también en los medios de comunicación. Casi nadie entiende cómo funciona este negociado, quién lo hace y cómo se evalúa, pero todos hemos acabado por comprender que una rebaja de la calificación es siempre una mala noticia. ¿Por qué? Porque siempre viene seguida de otras malas noticias que llevan las palabras “recortes” y “ajustes”. Que bajan la nota de nuestra deuda soberana, pues habrá que ajustar más los planes de austeridad para que el mercado se los crea. Que la vuelven a bajar, pues otra vuelta de tuerca a las reformas estructurales.

AAA: El fin de algunas ilusiones europeas. Blog en Le Monde del pasado 14 de enero.

Las críticas a su gestión –no supieron anticipar la crisis de las subprime como tampoco las vieron venir con la quiebra de Enron o de Lehman Brothers–, las sospechosas relaciones de interés o el oscurantismo que las rodea puede que las haya demonizado ante la opinión pública. Pero poco más. Los intentos políticos por ponerles coto no están dando muchos frutos. Tal sigue siendo su poder, que algunos las han rebautizado como el pulgar de Dios: hacia arriba nos perdona la vida, hacia abajo nos lleva a los infiernos. Es la dictadura de la triple A. Y si no, miren el revuelo que se acaba de producir en Francia.

La conmoción en el país vecino ha sido de tal calibre que el filósofo francés Bernard-Henri Lévy habla de “la manía de la calificación” como fenómenos sociológico. Una obsesión evaluadora que conlleva, dice, “a la infantilización de las mentes”. Él y otro colega, el psicoanalista Jacques-Alain Millar, decidieron hace unos años emprender una guerra contra esta patología. Cabe entonces preguntarse si como sociedad hemos claudicado. Si no hay marcha atrás. Para ver el grado de psicosis colectiva, no está de más leer el artículo Los pueriles creyentes de la triple A. Y entonces tal vez se pregunte por qué estamos perdiendo la cabeza.