Economía

¿Y si en lugar de abaratar el despido pensamos más en cómo reciclar parados?

Ahora que en España andamos a las puertas de una huelga general –la primera del Gobierno de Rajoy– por una reforma laboral que ha caído como un jarro de agua fría sobre gran parte de la ciudadanía sería bueno pensar no sólo en cómo frenar la sangría del paro [ya vamos por los 5,3 millones de desempleados] sino en qué hacer con tanto desempleado en la calle. Gente con más o menos formación, que de todo hay, a los que se les cierran la puertas del mercado laboral un día sí y otro también.

Vale que la opción de irse a Laponia que dijo José Luis Feito, de CEOE –me pregunto si él estaría dispuesto a hacerlo, aunque tengo mis serias dudas– es un tanto hiperbólica. Que el objetivo es animar a nuestros jóvenes en paro a coger el petate y buscarse las habichuelas allende nuestras fronteras. Pero, ¿qué pasa con los que no pueden o no quieren salir?  Con una economía en estado de shock como la nuestra –incluso en recesión–, las perspectivas de empleo son casi nulas. Pero no hace falta abrir mucho los ojos para ver que las Oficinas de Empleo solo sirven para pagar las prestaciones del paro y poco más. Ya que apenas sí ayudan –ojo al verbo– a lo verdaderamente importante, que es regresar al mercado laboral: ¡solo tramitan el 3% de las ofertas de empleo que reciben! Incluso en los tiempos de bonanza, España tenía en torno a dos millones de desempleados fijos –descuenten a prejubilados, estudiantes y defraudadores– y el sistema público de empleo estaba igual de anquilosado, sin capacidad de palpar las necesidades de las empresas y sin los instrumentos para reciclar convenientemente a los desempleados. Vamos, que nuestro problema no es de hoy, sino de ayer, y que si no hacemos nada, también lo será de mañana.

Y he aquí la palabra mágica: reciclaje. Que no es otra cosa que formar. Y no se trata ahora de caer en la demagogia de convertir al obrero de la construcción en un ingeniero de caminos de la noche a la mañana, con dos cursillos de por medio. Pero de ahí a que nuestras políticas activas de empleo se hayan demostrado inexistentes hay un mundo. Es más, hace un año que se aprobó una reforma con idea de mejorarlas y aquí no ha pasado ¡nada!

Dado que nos gusta hablar de una reforma laboral a la alemana o de un fondo de empleo a la austríaca, imitemos también otras maneras de hacer. Que bien nos iría a todos si en lugar de pensar en abaratar el despido hiciéramos algo por mejorar la empleabilidad del parado y del trabajador, esto último también muy importante aunque aquí pase desapercibido. En otros lares lo tienen claro desde hace tiempo. Ahí está el ejemplo, cercano y lejano a la vez, de Dinamarca, el país de la flexiseguridad por su facilidad para despedir y contratar, su sistema social generoso y sus eficientes políticas activas tanto para formar a los trabajadores como para asistir a los parados. Dedican recursos y personal, incluso en plena tormenta económica. El presupuesto estatal para empleo creció el pasado año en torno al 15%. Es cierto que allí todo está sujeto a revisión. De hecho se han hecho varias reformas y siempre hay propuestas sobre la mesa –la última estudiará dar un papel más activo a los Fondos Aseguradores de Empleo en las políticas activas–. Pero también lo es que el nivel de consenso entre partidos y sindicatos es inimaginable por estas latitudes.

Algunos podrán decir que comparar España con Dinamarca es un ejercicio que requiere muchos matices. Y es verdad. Ellos son la novena economía más competitivas del mundo –nosotros, la número 42, según el World Economic Forum–; su nivel de paro es el 6,2% –el nuestro, del 22,8%–; y su renta y Estado del Bienestar están a años luz –su salario medio es de 51.200 euros, el nuestro de 26.300 y aunque  pagan más impuestos, reciben más y mejores servicios–. Ellos también sufren el problema del déficit público –un 4% del PIB al cierre de 2011 frente a nuestro 8%–, pero los daneses no han dudado en aprobar un paquete de estímulo para reactivar la economía. En eso también somos diferentes.

Desde luego, nada es idílico. Allí también cueces habas como se suele decir –han acortado el tiempo de cobro de la prestación de cuatro a dos años, se ha endurecido el acceso a la jubilación anticipada y también ha habido protestas en las calles–. Pero la mentalidad, la clase empresarial y el diálogo social tienen otro nivel. Es como jugar en ligas diferentes. En Capital nos hemos ido hasta Copenhague para verlo en directo y poder contarles a ustedes cómo  se recicla con éxito a un parado. ¡Tomen nota!