Economía

Ciudades inteligentes: un planeta de urbanitas

En la magistral película muda Metrópolis, su director, el alemán  Fritz Lang, se imaginaba un mundo en el siglo XXI con rascacielos de siluetas similares a las Manhattan en la que la gente era tremendamente infeliz. La humanidad estaba aprisionada entre frías y gigantescas paredes de hormigón, con la libertad y la creatividad anuladas. El entorno de la ciudad-Estado de 2026 era asfixiante, sombrío y explotador: el pueblo llano vivía en el subsuelo, donde trabajaba a destajo y de donde no podía salir bajo ningún concepto, mientras los empresarios –y los pensadores– paseaban prepotentes y alegres por la superficie. Si Lang pudiese levantar la cabeza hoy, seguro que reconocería su equívoco. Y no solo porque lo urbano no es ese infierno de desdichados que imaginaba –más bien lo contrario, muchos informes concluyen que los países con altos índices de urbanización tienden a ser más felices– sino también porque las aglomeraciones urbanas son el principal  polo de dinamismo económico y social, y el principal laboratorio de creatividad y descentralización de la humanidad. El siglo XXI será, sin sombra de duda, el siglo de las ciudades.

En lo que sí acertó Lang  en su visión de 1927es en que la especie humana estaba destinada a ser cada vez más urbana. Más y más edificios rodeados por calles pavimentadas. De hecho, si echamos la mirada atrás veremos que la humanidad siempre ha vivido entre árboles, animales y campos, y que la urbanización, al menos la acelerada, es un fenómeno muy recientemente. Allá por el año 1500 apenas había diez aglomeraciones con más de 100.000 habitantes. Y hubo que esperar algunos siglos más, hasta 1900, para contar con un par de centenares de  ciudades de igual tamaño. Por esas fechas, sólo un 14% de la población era urbanita. Hoy lo es más de la mitad –unos 3.500 millones–. Y, según las previsiones de la ONU, en 2050 lo será el 75% . ¡Unos 6.000 millones en apartamentos, subiendo y bajando ascensores!

Pese a que el planeta es abundante en espacio y todos los habitantes cabríamos cómodamente, cada uno con su vivienda unifamiliar, en un territorio algo más extenso que el de  Francia, no dejamos de aglomerarnos. Sobre todo en los países en vías de desarrollo, como India y China. Unos 350 millones de chinos –algo más que toda la población de EEUU– harán las maletas rumbo a las metrópolis en poco más de diez años, según la consultora McKinsey.  Así que si en 1975 no había más que tres megaciudades –más de 10 millones de habitantes–, de las cuales una sola se alzaba en los países pobres, prepárense para convivir con un paisaje urbanístico radicalmente distinto: tendremos unas 27 megaciudades, de las que 21 no estarán en Occidente.

Las ciudades son un imán. Cada semana cerca de un millón de personas del medio rural  se adentran en el asfalto de las capitales, como Sao Paulo, Bombay, El Cairo o Nueva York, movidas por el sueño de un puesto de trabajo, o de una mejor remuneración, o de una mejor educación o sanidad que les permita sacar adelante a su familia. No cabe duda: el trecho más corto entre la miseria y la prosperidad son las ciudades.

Si la economía mundial tuviese una única turbina de crecimiento ésta serían las ciudades. No es broma. El 50% del PIB mundial lo generan 600 urbes. Por eso, las ciudades compiten entre sí para atraer talento, inversiones e ideas, y a veces se tiene la sensación de que el terreno de juego de la economía ha pasado de las naciones a las cities. Y si tuviese una única turbina de creatividad e innovación, también serían las urbes. Como recuerda Edward Glaeser, profesor de Harvard y autor del libro El triunfo de las ciudades, las ciudades “han sido motores de innovación desde los tiempos en que Platón y Sócrates discutían en los mercados atenienses. En las calles de Florencia surgió el Renacimiento y en las de Birmingham la Revolución Industrial. La gran prosperidad del Londres contemporáneo, de Bangalore y de Tokio se  debe a su capacidad de generar nuevas ideas”.

 

Morir de éxito

Pero las ciudades, paradójicamente, corren el riesgo de morir de éxito: son un olla a presión que puede reventar con efectos calamitosos. ¿Cómo asegurar que las carreteras no se atascan durante horas y horas por el exceso de coches? ¿Cómo asegurar que los servicios sanitarios llegan a todos? ¿Cómo evitar que una ciudad se convierta en la historia de dos ciudades, la de los ricos y la de los pobres? ¿Cómo hacer más con unos presupuestos municipales raquíticos y que encima menguan? ¿Y qué decir de la rampante inseguridad ciudadana? ¿O de ese viejo sistema eléctrico que contamina y se viene abajo en cuanto a media ciudad le da por pulsar el interruptor de la luz? “El proceso de urbanización y el incremento de datos está creando una complejidad de difícil manejo, unos residuos insostenibles, y unos gastos innecesariamente altos. Las infraestructuras envejecen, los presupuestos son cada vez más pequeños…”, dice Gerry Mooney, director general de Smarter Cities de IBM.

Los dolores de cabeza de las ciudades, que consumen el 75% de la energía y generan el 80% de las emisiones de CO2, se dan tanto en las economías avanzadas como en las rezagadas. “En el mundo en vías de desarrollo, la construcción de infraestructuras es de vital importancia. En la India y África, los retos son sobre todo el agua potable y la depuración de las aguas residuales. En otros países, en los que se ha abordado el problema del agua, la electricidad y el transporte son más importantes. En muchas ciudades latinoamericanas, el crimen es un desafío. En los países desarrollados, el quid de la cuestión es cómo utilizar las infraestructuras, que están en un estado relativamente razonable, de una forma más eficiente”, dice Glaeser. A lo anterior, hay que añadir otro salto cualitativo: estamos transitando de lo grande a lo muy grande. “Estamos pasando de las ciudades pequeñas a las ciudades-región, de varios millones, siete o diez. Este cambio de escala exige dar más importancia al software de la ciudad, al cómo vivimos”, dice Ricardo Frigola, profesor de la IE University.  Están surgiendo nuevas necesidades, nuevas formas de trabajar , sin las ataduras de la oficina clásica, nuevas formas de vivir en el corazón de la ciudad aunque uno viva a una distancia de 30 km o 40 km del centro, nuevas formas de relacionarse… pero a gran escala.

Ante la realidad de que la olla ya no puede con tanta presión, están surgiendo nuevas smart cities o ciudades inteligentes, en las que se busca ganar eficiencia y sostenibilidad sirviéndose de las nuevas tecnologías . Unas, la mayoría, buscan reordenar y modernizar lo ya hecho. Otras, la minoría, se levantan desde la nada. Estas últimas son ciudades que pasan de la mesa del estudio del arquitecto a levantarse pieza por pieza, como el que construye un gran mecano.  Masdar City en los Emiratos Árabes Unidos y Paredes en Portugal son dos botones de muestra.

Las viejas ciudades se empiezan a remozar. Birmingham, por ejemplo, controla a distancia el consumo de luz en las vías públicas en función de la demanda.  Y algunas familias, mediante contadores inteligentes instalados en sus casas, pueden conocer su consumo a través de Internet y así planificar sus estrategias de ahorro. En San Francisco se ha desplegado un sistema de sensores y señales lumínicas en un 25% de sus plazas de aparcamiento, lo que permite al estresado conductor encontrar un sitio disponible a través de cualquier aparato que tenga la funcionalidad de geolocalización, como un móvil o una tableta. Según la consultora ABI Research, hay 102 proyectos en marcha: 38 en Europa, 35 en Norteamérica, 21 en Asia, 6 en África y Oriente Próximo, y 2  en América Latina. Pero los datos son engañosos justamente porque el concepto de smart city es algo vaporoso. Probablemente, hay varios centenares experimentando con ideas smart.

¿Qué es una ciudad inteligente? ¿En qué proyectos y en qué ámbitos hay que embarcarse para que se puede ostentar este título de inteligente? Como reconoce Jordi Roca, de Accenture, “no hay una definición. Cada uno dice lo que le interesa y esto es un riesgo”. Para este consultor, más allá de la energía –el concepto parece nacer de la intersección entre la energía y las nuevas tecnologías– una ciudad inteligente es “una propuesta de valor para atraer talento”.   Esta propuesta de valor, que debería ser cabal pero pocas veces lo es, suele abordar la energía, el transporte, la gestión de residuos, el agua, la sanidad, la gobernanza, y la edificación.  De momento, se está poniendo más énfasis en hacer  smart la energía y el transporte público, por su gran impacto. Un ejemplo: algunos cálculos consideran que si el sistema eléctrico estadounidense fuese un 5% más eficiente, se evitaría el vertido a la atmósfera de emisiones contaminantes equivalentes a 53 millones de coches rodando por las carreteras. Otro ejemplo más: “En el tráfico se pierde gran parte de la productividad española”, dice Rosa García, presidenta de Siemens España.

 Pero no vale solo con digitalizar y hacer que todo en una ciudad –desde los móviles hasta la puerta del garaje pasando por la oficina, el coche o el aire acondicionado– estén interconectados.  O que el Internet wifi sea omnipresente. Hay que cambiar los hábitos de los ciudadanos de la polis. “Es necesario educar a los consumidores y cambiar radicalmente las pautas de consumo”, dice Daniel Carreño, presidente de GE en España. Y esta advertencia también vale para los políticos: “La clase política tiene más sensibilidad que hace unos años, pero todavía no tiene la suficiente”, agrega Carreño para quien España, pese a su crisis, no tiene más remedio que transitar por este camino ya. Otro consejo más desde Accenture: siguiendo el modelo de planes urbanísticos, “deberían establecerse planes digitales para ver cómo se insufla inteligencia en las ciudades”, dice Jordi Roca. Menos parches y más planes globales, holísticos. 

¿Cómo construir este sistema smart? ¿Cómo un todo que luego se desgrana o comó unas piezas pequeñas que se ensamblan con el tiempo, creando una estructura superior? Aunque cada experto tiene su opinión, y nadie duda de que todo debe ser compatible entre sí, Carlo Ratti, director del SENSEable City Lab del MIT, está convencido de que la mejor forma es “crear plataformas inteligentes y dejar que los ciudadanos las utilicen, de una forma abierta, de arriba abajo (bottom-up)”. Para éste, una smart city debe ser a la larga un “sistema de control” de los datos que emiten las más variadas fuentes.

 

 

revolución en plena crisis 

Para algunos, las smart cities no son más que un paso más, lógico, en la historia de las ciudades, que es la historia del progreso. Para otros estamos ante algo histórico, un gran salto. “Estamos en una tercera revolución industrial que va a crear una civilización más inteligente, que será más colaborativa y que exigirá otro tipo de mano de obra”, dice el pensador Jeremy Rifkin. Para este académico y asesor de primeros ministros, el fenómeno de las smart cities es imparable. Ni siquiera la actual crisis financiera podrá con él. “Todo ha empezado en los últimos dos años y la crisis no va a hacer más que acelerar el proceso. La segunda gran revolución industrial está colapsando. Hay que poner en marcha esta nueva revolución que generará millones de empleos. No hay un plan B, no hay otra forma de volver a crecer”, dice contundente. Revolución o no, las grandes empresas (también algunos países, como Alemania y Japón, que se han puesto a la cabeza) están convencidos de que la digitalización de las ciudades es una gran y lucrativa oportunidad de negocio. Cisco, HP, IBM, Siemens, GE… afilan sus armas para hacerse con ese pastel inteligente que crece a tasas de dos dígitos y que en 2014 rondará los 57.000 millones de dólares, según la consultora IDC. 

Entretanto, los más pesimistas entre los pesimistas, los que siguen viendo la Metrópolis de Fritz Lang como una antiutopía factible, temen que tanta tecnología, tanto control de la información, lleven a los urbanitas a sufrir los desvelos de Winston Smith, el protagonista de la novela 1984 de George Orwell, que siempre estaba buscando la esquina en las habitaciones para esconderse de la mirada escrutadora del Gran Hermano. Pero éstos son una minoría de pesimistas. Y la historia de las ciudades es la historia del progreso del hombre y un canto al optimismo.