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Vida y miserias de un hospital

No hay asunto que queme más a Daniel Bernabéu que la proliferación de hospitales acaecida en Madrid en los últimos años. “Entiendo que los habitantes de Coslada, Parla o Valdemoro estén contentos, pero todo eso tiene un coste. Aunque, desde luego, no hay mayor incongruencia que tener dos macrohospitales juntos, como son el nuestro y el Ramón y Cajal –ambos en la zona norte–”, explica este radiólogo, que lleva dieciocho años trabajando en el Hospital de La Paz, uno de los más grandes de la capital.

Mientras paseamos por su lugar de trabajo, comprobamos algunas consecuencias del creciente caos de los hospitales. La planta de radiología, su planta, parece la acera del metro. Hace unos años hicieron una reforma, y una zona que debería ser solo para médicos y pacientes, se ha convertido en zona de paso. Cerca de este lugar se realizan ecografías, pero los médicos no tienen la suerte de poder efectuarlas en silencio: en el techo no tienen ventanas, así que les toca aguantar el ruido.

Este médico, representante en su centro hospitalario de la la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), tampoco entiende  cómo se vende en la prensa que tenemos muy buena tecnología, cuando en su hospital hace un año que esperan un escáner nuevo y hay otro que se estropea con frecuencia. O se subleva cuando la amplia promoción de esa tecnología se traduce en que todos los pacientes quieren usarla, algo que no es posible. “Hay que preguntarse qué queremos y qué ofrecemos. Si ofrecemos todo, eso es un dinero”, dice.

Bienvenidos al maravilloso mundo de los hospitales, el corazón de la sanidad española. En la mayoría de las provincias (Soria, Ávila, Salamanca…), el hospital es la primera empresa en términos de facturación y empleo. Al menos en cuarenta provincias. La sanidad pública ocupa a nada menos que 400.000 personas. Y atiende a muchísima gente. Por poner un ejemplo, durante 2006, último año en el que se computaron los datos, en La Paz se realizaron más de 1,2 millones de consultas externas.

La pregunta es si este maravilloso sistema de salud, en el que se atiende a todo el mundo sea la hora que sea y venga de donde venga, podrá mantenerse como está. “El Sistema Nacional de Salud está en quiebra. Si sus cifras se llevaran a la empresa privada, no cabe duda de que los ERES y demás medidas de recorte habrían empezado hace mucho tiempo. Por eso hay que aplicar medidas: si no, no salvaremos lo que queremos salvar”, afirma César Pascual, gerente del Hospital Marqués de Valdecilla.

Ya no se pagan las bajas.

El personal es el principal capítulo de gasto de un hospital, y en él están los principales problemas. El absentismo, sin duda, es uno de los grandes inconvenientes en la sanidad pública española, sobre todo en las categorías menos cualificadas. Contamos con entre un 10% y un 25% de quemados, un hecho que ha llevado a las comunidades de Madrid y País Vasco a dejar de abonar el 100% de la baja. Los tres o cuatro primeros días le pagarán el 50%. Luego, hasta el decimoquinto día, el 40%. Hay muchos trabajadores sanitarios en tratamientos antidepresivos o de ansiedad. Es algo que pasa menos en la privada: “En Hospitales de Madrid tenemos un 4% de absentismo”, afirma Juan Abarca, director general de este grupo.

Un ejemplo de que la situación es complicada lo encontramos hablando con Marina Sepúlveda, una enfermera también veterana en el Hospital de La Paz. “Las bajas no se suplen hasta los veintiún días, y esos huecos hay que cubrirlos. Aquí el ratio ideal de un paciente por enfermera no se cumple. No es que vayamos al 100%: vamos al 125%”, lamenta.

Marina entró a trabajar en La Paz en 1983. Tras pasar por diferentes plantas –pediatría, traumatología…–, se instaló en cuidados intensivos. Ahí lleva dieciocho años. “Éste es un trabajo muy específico. No puede hacerlo cualquiera y no puedes faltar. Yo libro un fin de semana al mes”, dice.

Es de suponer que la intensidad y la carga del trabajo hacen mella en su ánimo. También puede ocurrirle a los médicos, que tienen otros motivos añadidos: “Un médico de atención primaria cobra entre 35.000 y 65.000 euros al año, mientras que el delegado del laboratorio farmacéutico que le visita puede tener unos honorarios de entre 75.000 y 120.000 euros al año, más coche, plan de pensiones, y su libertad de gasto. Al médico ni siquiera se le paga la formación, que abona con dinero propio o de las empresas que le invitan. La administración solo paga un pequeño porcentaje”, afirma Joaquín Estévez, presidente de la Sociedad Española de Directivos Sanitarios (Sedisa).

Una guerra.

El personal sanitario tienen sus motivos de queja, pero también dan guerra. “El hospital se ha convertido en algo muy complejo. Aquí nos toca trasladar residuos, organizar trasplantes, limpiar, hacemos docencia… Pero lo más complejo es gestionar las relaciones entre las personas: envidias, celos, gestionar pactos… Hay gestiones de este tipo todos los días”, reconoce César Pascual.

Quizá la presión de ver tantos enfermos tenga que ver con estas tensiones. Gerentes y médicos se quejan de que tenemos la enfermedad de la hospitalitis. Por eso les parece bien la factura informativa. “Es un buen modo de concienciar. La sanidad es gratuita, pero no es gratis. Cuesta mucho dinero”, dice Pascual. Incluso las listas de espera “tienen un efecto disuasorio no exento de injusticia. Los que menos reclaman son los que tardan más en ser atendidos”, admite Bernabéu. Esto no quiere decir que los médicos no llenen su tiempo de consulta con todas las citas que puedan. Pero también hay que tener en cuenta que su trabajo es distinto: “Nuestro trabajo no consiste en generar pacientes. Por ejemplo, hay casos sobre los que tenemos que hablar con otros médicos. Eso exige un tiempo, pero es bueno”, dice Bernabéu. De todos modos, César Pascual apostaría por tener un modo más racional de atender a los enfermos: como ya hay tecnología que permite saber cuándo y cuántos padecerán enfermedades, planificar la atención en función de esa demanda, y no de la que vaya llegando.

Pese a las quejas con las listas de espera, los tratamientos se han acortado a toda velocidad. Antes había que emplear doce días para una operación de cataratas; ahora basta con cinco o seis horas. Antes hacían falta veintiún días para extraer una vesícula biliar; ahora puede ser suficiente con unas horas. La quimioterapia se aplica durante unas horas y el parto se resuelve en dos o tres días.

Hay quien piensa que se cura demasiado rápido: “A veces no sería necesario, por el tipo de tratamiento, la edad y situación laboral de los pacientes: cataratas, problemas traumatológicos… En Inglaterra ya se están dilatando los plazos en la solución de problemas que no son invalidantes totales, sino menoscabadores de la actividad. Tener un hombro o una rodilla mal… Hay que operarlo, pero aquí le damos una respuesta demasiado rápida”, dice Estévez. 

Los recursos del hospital quedan absorbidos por tanta presión, que se está intentando mitigar con alternativas a la hospitalización tradicional: hospitalización a domicilio, cirugía de corta estancia, hospitales de día, en los que el paciente en tratamiento oncológico acude solo las horas que haga falta… Los seguros también intentan que sus pacientes estén el mínimo de días posible en el hospital para minimizar sus costes. “Aunque hay gente que se queja, no veo negativo que se envíe a casa al paciente: tenerlo secuestrado en el hospital es malo para su psique”, dice Estévez.

Menos menús.

Todas estas medidas están teniendo su efecto en el alivio de los hospitales: antes la media de estancia era de más de diez días, y ahora está en alrededor de cinco.

Pero la eficiencia tiene margen para seguir mejorando en beneficio de los médicos, los pacientes y el sistema. “Con la misma jornada laboral, se hacen más cataratas en la sanidad privada que en la pública. La rotación del quirófano es más rápida, y los resultados suelen ser buenos”, dice Estévez. También hay otras medidas de gestión diaria que ayudarían a creer en la viabilidad del sistema sanitario: “Yo no tomo menús de tres primeros y tres segundos ni en mi casa. Un cepillo de dientes no me lo dan ni en un hotel. Operaciones como el cambio de sexo o la fecundación in vitro a señoras de 50 años no son prioritarias”, estima César Pascual.

Los pacientes, sin duda, también podríamos poner nuestro granito de arena siendo más responsables: “Si un paciente no acude a una resonancia sin un motivo justificado y sin avisar, debería pagarla. Hay que concienciar al ciudadano sobre lo limitado de los recursos”, estima Juan Abarca.

El uso adecuado de la tecnología (PET, TAC, etc.) es, sin duda, otra de las grandes asignaturas pendientes: “No puede ser que solo pueda usarse de lunes a viernes de 8 a 3, que un aparato que ha costado cinco millones, esté diecisiete horas sin funcionar. Eso es deficitario”, señala César Pascual.

Sacar partido a la tecnología es clave, más aún cuando no se sabe hasta cuándo la tendremos, y qué aparatos podremos tener en el futuro. Los retrasos en los pagos por parte de las consejerías de las comunidades autónomas han generado una situación dramática en las empresas que crean esta tecnología. “Es difícil convencerles para que sigan aquí”, admite Margarita Alfonsel, secretaria general de la Federación Española de empresas de tecnología sanitaria (Fenin). País Vasco y Navarra cumplen –pagan a menos de 90 días–, pero hay otras comunidades que están pagando a 300 días. Andalucía, Valencia, Cantabria o Baleares están pagando a más de 700 días. ¿Hay alguien que aguante esa situación? 

Lo peor es que esta mala gestión tiene consecuencias sobre la salud. “Hay tratamientos disponibles en la UE que no lo están en España. Por ejemplo, la cirugía robótica está mucho más implantada en EEUU y la UE que en España. Y la robótica tiene muchas ventajas: fiabilidad, precisión, técnicas mínimamente invasivas, menos estancia en el hospital, una reincorporación más rápida al trabajo…”, indica Alfonsel.

Una pena, pero al menos, si no se compra, será un gasto que dejará de tener el hospital. El que no parará es el de los medicamentos. Los medicamentos a la carta, los que tienen un componente de investigación importante, que son muy específicos, para terapias génicas, por ejemplo, y que se aplican a enfermedades raras, cánceres, malformaciones congénitas, fibromialgias, etc., son los más caros. “Son muchos miles de euros en tratamiento por persona. Los medicamentos relacionados con la oncología o los antiretrovirales son muy caros”, indica Estévez. Por eso, este médico y ex gerente de hospitales no vería mal que los pacientes participaran costeando los medicamentos más habituales: los que tienen que ver con los resfriados, los dolores de cabeza, musculares, gripes… (omeprazoles, ibuprofenos…). “Se ahorraría mucho, y ya se hace en Suecia y otros países europeos”, dice.

Pagar por las medicinas.

Algo habrá que hacer, porque, desde luego, no parece que esta partida vaya a bajar. Menos aún con el crecimiento del número de los enfermos crónicos y el envejecimiento de la población. “El aumento de la población, los inmigrantes, nuevas patologías y los ancianos podría llevar a pensar en el impulso de la atención primaria y los crónicos, pero los hospitales están apostando más por la alta tecnología. El robot, el navegador, el cáncer… Y eso que tenemos un 15% de diabéticos, sin contar el porcentaje que hay sin detectar. Y las tiras de control reactivo para el control de la diabetes han dejado de ser financiadas en algunas comunidades autónomas. Te pueden poner la gran válvula cardiaca o atender el gran cáncer, pero tenemos peor tratado al diabético o al hipertenso”, lamenta Estévez.

En el plano de los medicamentos, quizá una de las medidas podría ser cambiar la legislación por la que se rigen los hospitales. “Se puede dar la paradoja de que una clínica pequeña, que compra a quien quiere, adquiere los productos a un precio más barato que un gran hospital que compra en gran cantidad. Hay que sacar un concurso, unos plazos, no se puede negociar…”, dice Joaquín Estévez.

No parece muy lógico en estos tiempos de crisis. Tampoco, como lamentaba Daniel Bernabéu, que haya demasiados hospitales. Entre otras cosas, porque no arregla nada. “En medicina hay una regla que nunca falla: si aquí hay un hospital y se pone otro al lado, de repente hay una demanda que los satura. Hay un ansia de acudir que nunca se colma”, afirma Estévez. Y el problema es que luego hay que cerrar centros, como ha pasado en Cataluña. “Son recortes puros y duros. Estoy seguro que va a pasar en otros sitios”, cree Estévez. La clave es que esos recortes no nos lleven a lo que ocurre en Estados Unidos, donde quien quiere salud tiene que pagársela. Eso nadie lo quiere.