Economía

Separación de poderes, ¡para qué! En las empresas impera el mando en plaza

Una vez, hace ya bastantes años, el secretario del consejo de administración de una gran empresa del Ibex 35 me reconoció off the record que sólo publicarían la remuneración detallada del consejo cuando la ley obligase. Hasta que no ha sido así, las múltiples recomendaciones al respecto han caído, salvo contadas excepciones, en saco roto. Este recuerdo me viene al paso leyendo, con carácter retroactivo, las noticias sobre el nombramiento de un numero dos en Iberdrola. Mucho se había especulado con que Ignacio Sánchez Galán iba a dar su brazo a torcer para nombrar un consejero delegado en la eléctrica y, al final, todo se ha quedado diluido. Como el agua de borrajas, que dicen en mi pueblo. Los fondos presionaban por la separación de poderes y mejorar así la imagen del gobierno corporativo y lo único que han conseguido es un consejero-director general con “poderes solidarios sobre todas las áreas de negocio” –José Luis San Pedro, un histórico de la casa–, mientras que el salmantino conserva intacta su condición de presidente y consejero delegado con “todas las facultades ejecutivas”. No sé ustedes, pero yo no veo en esto un contrapeso a la excesiva concentración de poder que a Galán le gusta ejercer. No es el único. En España, por alguna extraña razón, lo de la separación de poderes en las empresas se cumple de manera laxa. En esto, Spain también is different.

De las 35 empresas que componen el Ibex, otras 14 compañías más –además de Iberdrola– aglutinan en una misma persona todos los poderes ejecutivos: Acciona, Amadeus, ACS, Arcelor, Banco Popular, Ebro Foods, Enagás, FCC, Gamesa, MAPFRE, OHL, REE, Repsol, Sacyr y Técnica Reunidas. En algunos casos, como en Abengoa y Ferrovial, se da un fenómeno curioso: hay un presidente-consejero delegado (Felipe Benjumea y Rafael del Pino, respectivamente) y un consejero delegado. En otros, como en ACS, Florentino Pérez es, a los ojos de la CNMV, un consejero delegado, aunque en la práctica todo el mundo sabe que él lo es todo en la casa –no existe la figura del presidente–. Y en aquéllas en las que, oficialmente, la separación de poderes existe, a nadie se le escapa que hay presidentes muy, muy ejecutivos. ¿O los señores Emilio Botín (Santander), Javier Monzón (Indra) o César Alierta (Telefónica) no lo son? Y si esto pasa en el Ibex, mejor no mirar al resto de cotizadas del parqué.

Es cierto que el Código Unificado de Buenas Prácticas de Gobierno corporativo no se atrevió en su día a mojarse sobre la conveniencia o no de separar ambos cargos, aunque reconocía la necesidad de adoptar medidas de contrapeso que muchas compañías dicen cumplir sobre el papel. Pero ya sea por tradición cultural o por la existencia de accionistas con grandes participaciones de control, este debate ha estado y está siempre caliente. Y si no, que se le pregunten a Repsol. Su presidente, Antonio Brufau, hoy más ocupado con el frente argentino, tenía hasta hace poco que dar explicaciones al respecto. Incluso llegó a decir, en una presentación de resultados allá por febrero de 2010, que “aquí ya existe un consejero delegado, soy yo. Y si no, tengo muchos, cada director general actúa de consejero delegado en su negocio. Tenemos la mejor plantilla, mejor que la del Real Madrid. No me planteo nombrar uno [consejero delegado]”. Lo más curioso de todo es que quienes más esgrimían la bandera del gobierno corporativo para atacar a su presidente no eran, precisamente, dos buenos alumnos en la materia –Sacyr y Pemex deberían examinarse a sí mismos antes de exigir nada a los demás–. Hoy, el fuego argentino y la paz social alcanzada con el otrora beligerante Sacyr han calmado las reivindicaciones… pero ¿hasta cuándo? ¿Qué dirán los fondos de inversión?

Y para sacarnos los colores no hay como ver qué pasa a nuestro alrededor. Cerca de aquí, en Reino Unido, en la encuesta que todos los años hace Grant Thornton a las 350 empresas que componen el FTSE sobre esta materia –grado de cumplimiento del UK Corporate Governance Code–, sólo 11 compañías aglutinaban en una misma persona la figura de chairman (presidente) y CEO el pasado año. ¡Sólo 11 de las 350! La separación de poderes fue implantada en el país vecino en 1992. Y la tendencia, según explica Roger Baker, responsable del Instituto de Consejeros británico, es avanzar hacia una presidencia independiente. Eso es, sin relación laboral previa con la compañía y sin funciones ejecutivas. Un ejemplo de buenas prácticas lo encontramos en Rolls Royce y Marks & Spencers, con nombramientos de presidentes independientes. Tal vez aquí, el modelo que más se asemeja sea el de DIA, donde Ana María Llopis, su presidenta –la cuestión de género da para otro debate: en todo el Ibex sólo hay una mujer en este puesto, ella, y una consejera delegada, en Bankinter–, carece de funciones en el día a día. ¿Por qué tantas resistencias?