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El apetito insaciable de la alemana BASF

A primera vista, Ludwigshafen responde fielmente a la idea estereotipada que un turista tiene de las localidades del interior de Alemania, con sus calles estrechas por las que todavía circula un antiguo tranvía, con numerosas y extensas zonas verdes e hileras de casitas de dos pisos con sus pintorescas contraventanas de madera y tejados puntiagudos. Pero esta imagen se desvanece tan pronto el visitante levanta la mirada y observa al fondo un sinfín de chimeneas humeantes, presididas por un rascacielos de hormigón con el logo de Basf. De inmediato, entiende por qué se conoce a esta pequeña urbe, situada a las orillas del Rin y a menos de una hora de Francfort, como la “capital de la química”. Por si no fuera suficiente, las señales de las calles, los carteles de los bloques de oficina, el nombre de algunos hoteles de lujo y hasta las banderas que presiden el antiguo casino de estilo decimonónico recuerdan permanentemente que la vida de la localidad gira en torno a la mayor firma química del mundo. No en vano, más de 36.000 personas, la cuarta parte de la población de la localidad, trabajan a diario en el complejo químico, sede central de la multinacional.

La instalación es en sí misma una ciudad, con una extensión de diez kilómetros cuadrados, equivalente a 1.400 campos de fútbol como el Santiago Bernabéu o diez veces el madrileño Parque del Retiro. Cuenta con cinco líneas de autobuses, tres centrales eléctricas propias y hasta servicios de lavandería o peluquería. En su interior, que alberga 160 fábricas y más de 200 edificios de oficina, la actividad es frenética y el flujo de camiones –más de 2.000 al día– trenes y barcos no cesa día y noche. “No damos abasto para poder satisfacer la fuerte demanda que tienen nuestros productos a nivel mundial”, confiesa el responsable de la planta y director general de producción del grupo, Bernhard Nick. Aquí se producen más de 8.000 productos, desde plásticos a ácidos, pasando por enzimas o fertilizantes, que luego se exportan a 80 países.

Como el resto de la plantilla, este doctor en Química vive ajeno a la crisis y a las amenazas de despidos que sobrevuelan a muchas industrias del Viejo Continente. Aquí, la evolución de la prima de riesgo o los recortes presupuestarios no forman parte de las tertulias del café. “Hay trabajo de sobra y la plantilla no deja de aumentar”, reconoce Manuel González, un ingeniero español que lleva el último lustro trabajando en la sede de firma de Renania. “Vivimos la etapa más dulce desde que se fundó la empresa en 1865”, añade Bernhard Nick. Los números así lo constatan. Sólo en 2011, Basf ganó 6.188 millones, un tercio más, y elevó un 15% sus ventas (73.500 millones), superando las expectativas de los analistas que preveían una contracción de su negocio como consecuencia de la ralentización mundial. Incluso en mercados con riesgo de fuga tóxica, como España, ha incrementado su negocio a un ritmo de dos dígitos. Los resultados de 2011 son la guinda a una década en la que Basf ha crecido más que ninguna otra empresa química, doblando su tamaño y triplicando el beneficio bruto de explotación, que ha alcanzado los 12.000 millones. Con estas cifras supera ya a multinacionales de la talla de Repsol, Procter & Gamble, Vodafone, Apple o Google.

El arte de la integración
Parte de este sorprendente avance se debe a factores coyunturales como el incremento en el precio de sus principales productos y la fuerte demanda de los mismos en los países emergentes y en campos como la fabricación de automóviles. Pero, como defiende Julián Coca, gestor de Inversis Banco, “el extraordinario rendimiento de Basf es más mérito de la estrategia de la propia compañía que de los vientos favorables que soplan en el sector”. Bajo su punto de vista, “en los últimos años ha sabido diversificar su negocio, ha expandido su presencia geográfica y ha reestructurado sus actividades para reducir costes y ser más eficiente y flexible en la producción”.

Esto último es fundamental. Una de las claves del éxito de Basf, y de la que más presumen sus directivos, reside en su innovador concepto de verbund o producción integrada, que tiene en el complejo de Ludwigshafen su máximo exponente. Todas las instalaciones, desde las fábricas a la red logística o las fuentes de energía, están conectadas a través de 2.000 kilómetros de tubería y 200 kilómetros de línea férrea. La energía, los residuos y los productos fluyen de una planta a otra para que puedan ser reutilizados, lo que deriva en un aumento de la eficiencia en la gestión de la cadena de valor y en importantes sinergias de costes. Solo en esta planta, el sistema verbund genera unos ahorros anuales de 500 millones de euros. “Nuestra mayor fortaleza es nuestra excelencia operativa y nuestro concepto de verbund juega un papel fundamental para lograrla”, defiende Bernhard Nick.

Cartera diversificada
El responsable de las plantas apunta otro de los  ingredientes del éxito de Basf: “Hemos sabido movernos de la fabricación de commodities, con fuerte competencia en precio por parte de las empresas de países emergentes, a otra centrada en elaborar una amplia cartera productos especializados de alto valor añadido, con márgenes altos y menos vulnerables a los competidores”. Aunque no veamos su logo a nuestro alrededor, sus productos forman parte de nuestra vida cotidiana. Suyo es el Omega 3 de la leche
o la vitamina A del zumo de naranja, la espuma del colchón en el que dormimos, el aislante de las paredes de nuestra casa, el relleno superabsorbente de los pañales o el plástico de muchos juguetes. Su amplia cartera de productos también incluye ingredientes para cosméticos y fármacos, pinturas, aditivos para lubricantes y combustibles, membranas para depurar el agua, fungicidas y abonos para los agricultores, detergentes para lavar la ropa o buena parte de los componentes de coches y productos electrónicos como el Ipad.

Basf, elegida por la revista Fortune como la empresa alemana más admirada en el mundo, ha sabido construir una amplia base de clientes en casi todas las industrias. Un botón de muestra: el 82% de sus ingresos proceden de sectores que nada tienen que ver con la química, como el automóvil, la alimentación o la electrónica de consumo. Y ninguna de sus divisiones genera más del 20% de la facturación de la empresa. “Esta diversificación hace que Basf sea relativamente inmune a los factores que afecten negativamente a una industria concreta”, subraya Datamonitor en un informe reciente.

Negocio sostenible
En los próximos años este portafolio no va a dejar de crecer, centrándose mucho más en el desarrollo de productos químicos para luchar contra el cambio climático. Actualmente, emplea a más de 10.000 personas e invierte 1.700 millones de euros anuales en el desarrollo de productos verdes como nuevos materiales plásticos que permitan fabricar aviones o coches más ligeros, nuevos sistemas que mejoren el aprovechamiento de la energía solar, plásticos biodegradables o baterías para el coche eléctrico.

Viendo el humo que sale de las chimeneas de su fábrica, uno podría pensar que su negocio está amenazado por la creciente presión medioambiental. Pero la realidad es que está cimentando sus planes de crecimiento en la próxima década en el negocio más ecológico. Andreas Kreimeyer, responsable de innovación y miembro del comité de dirección lo tiene claro: “La sostenibilidad se está convirtiendo en uno de los principales motores para el crecimiento y la creación de valor. Los clientes de Basf demandan productos y soluciones de sistemas sostenibles. Y la química juega un papel fundamental en la búsqueda de respuestas a retos globales como la protección del clima, la eficiencia energética, el aumento de la población o la movilidad”

Según Kreimeyer, estos nuevos negocios deberían impulsar el negocio de Basf esta década, en la que espera seguir creciendo a un ritmo anual del 6%, el doble que la economía mundial. En concreto, deberían aportar la cuarta parte del negocio en 2020, año en el que espera alcanzar  unos ingresos de115.000 millones de euros y un beneficio de explotación de 23.000 millones.

Pero si quiere cumplir con sus ambiciosos objetivos, no le bastará solo con lanzar nuevos químicos. También deberá ampliar su presencia geográfica, que sigue muy concentrada en mercados maduros como Europa o Estados Unidos –más del 70% del negocio–. La empresa prevé que los mercados emergentes, en los que invertirá entre 10.000 y 15.000 millones, constituyan el 40% de su negocio en 2020. “Tenemos que crecer más a nivel global, especialmente en mercados emergentes. En China, India o Brasil los ciudadanos compran frigoríficos, microondas, coches, ordenadores y todo tipo de bienes que utilizan componentes químicos”, afirma Bernhard Nick. Los vientos seguirán soplando a favor durante mucho tiempo.