Economía

¿Energía nuclear? Ni hablar en 50 años

Aunque no se lo crean, hace poco más de un año, la energía nuclear era considerada la panacea de los países industrializados y de los mercados emergentes. Políticos, tanto de izquierdas como de derechas, sindicalistas y hasta algún ecologista afirmaban que el átomo era la piedra angular para cumplir Kioto, para frenar la elevada dependencia energética de algunos países y para hacer frente al desbocado precio del petróleo. En definitiva, la energía nuclear era una fuente de generación sólida, eficiente y barata. Una verdadera bendición capaz de salvar al planeta del cambio climático.

Pues bien. Tras la catástrofe del 11 de marzo de 2011 en Japón, todos esos defensores de las centrales nucleares han desaparecido de la faz de la tierra. Aquel nefasto día, el terremoto generó un devastador tsunami que destrozó la central nuclear de Fukushima, liberando altas dosis de radiactividad. Más de un año después, 100.000 personas de las localidades cercanas a la central todavía no han podido regresar a sus hogares. Y al menos 30.000, no lo harán jamás. Todo ha cambiado en un país que en 2010 tenía 54 reactores nucleares en funcionamiento, con un capacidad conjunta de 47,5 gigavatios, que generaban el 30% de la electricidad del país. De todos ellos, en la actualidad solo funcionan dos. ¿El resto? Dañados por el tsunami, o en revisión para mejorar la seguridad de los mismos.

La catástrofe japonesa ha recordado al mundo que la historia del poder nuclear es también la historia de sus accidentes. En 1979, La central de Three Mile Island en Pensilvania liberó una pequeña cantidad de radiactividad por un problema con una válvula defectuosa. En 1986, un error humano convirtió a la central ucraniana de Chernóbil en un surtidor de radiactividad, que provocó miles de muertes. Ambos desastres tuvieron consecuencias y originaron una lluvia de críticas a los defensores del átomo. Pero nada parecido a lo ocurrido tras el tsunami de Japón. “Hay un antes y un después de Fukushima. Sus efectos han sido más grandes que en los anteriores accidentes. La diferencia ha sido que tanto el accidente de Pensilvania como el de Chernóbil se originaron por errores humanos. En cambio, lo de Japón ha puesto sobre la mesa la vulnerabilidad de estas instalaciones frente a los desastres de este tipo”, asegura Jordi Dolader presidente de la consultora AF Mercados Energy Markets.

La evidencia de que por muy bien que se construya nunca podremos estar del todo seguros con una central nuclear ha originado que se haya pasado del renacimiento del átomo al ostracismo, y al auge de las energías renovables, que en 2011 superaron por primera en capacidad instalada a las plantas atómicas. El tsunami también ha originado que parte de las partidas reservadas para construir nuevas centrales se hayan reservado a mejorar la seguridad de las plantas ya existentes. Un buen ejemplo de esta preocupación por la seguridad es Francia, donde la Agencia de Seguridad Nuclear ha declarado que las centrales galas necesitan “decenas de miles de millones de euros para mejorar su seguridad”. Otro ejemplo de esta obsesión por la seguridad lo tenemos en la central japonesa de Hamaoka, donde el Gobierno nipón ha mandado levantar un muro de 18 metros de alto, y 1,6 kilómetros de diámetro para prevenir otro posible tsunami. ¿Coste del proyecto? 884 millones de euros.

 

Se abre el debate. A pesar de las evidencias que hablan de un parón atómico, todavía hay muchos que creen que la energía nuclear sigue siendo una opción válida. “La descarbonización de la energía ha provocado que se siga pensando en la energía nuclear. De hecho, existe un estudio de la Comisión Europea, que indica que si se quiere un mundo libre de emisiones para 2050 habría que construir más de 100 nuevos reactores nucleares”, asegura María Teresa Domínguez, presidenta del Foro Nuclear. “Lo que ha generado Fukushima es un debate. Ni antes había un renacimiento absoluto ni ahora se piensa en el cierre total. Lo que hay es un debate basado en la información y eso es bueno. Además no se ha parado de construir. Tras 30 años, Estados Unidos va a construir una nueva central. Y en la Unión Europea y en países emergentes, como China, se siguen construyendo plantas nucleares”, corrobora Luis Yagüe, presidente de la Asociación Jóvenes Nucleares.

Así es. El desastre de Fukushima no ha impedido que en el mundo sigan existiendo 435 reactores nucleares, ni que se estén construyendo en estos momentos más de 60. Pero lo que sí ha ocurrido es que ha frenado los planes atómicos de muchos países. Un ejemplo es China. Si en 2008 el Gobierno chino pensaba levantar 30 reactores nucleares, el tsunami ha paralizado los proyectos cuya construcción todavía no había comenzado. Este cambio se traduce en rebajar a la mitad los 80 gigavatios atómicos que China quería construir antes de Fukushima, con lo que la generación nuclear solo supondría el 5% del total (en la actualidad es el 2%). Por si esto no fuera ya un frenazo a las aspiraciones nucleares, China pretende contrarrestar la reducción con 200 gigavatios eólicos y 100 gigavatios hidráulicos. La vecina India también ha rebajada sus ínfulas atómicas, pasando de necesitar 10 reactores a solo seis y Taiwán ha dicho adiós para siempre al átomo.

Pero si en los territorios emergentes existen ejemplos del frenazo nuclear en algunos países de Europa, sencillamente se ha clavado la tapa del ataúd atómico. Un buen ejemplo es Alemania. Antes de Fukushima, Angela Merkel aseguró que se alargaría la vida de las centrales hasta 2030, sin asegurar que luego no se llevarían a cabo más construcciones. Tras el tsunami, el Gobierno alemán desenchufará sus nueve reactores en menos de 10 años y potenciará las renovables que pasarán de ser el 17% del mix energético al 35%. En Bélgica, se ha mantenido una ley para desenchufar las centrales atómicas en 2015. En Italia se votó en referéndum que el país estaba en contra de la energía nuclear, y en Suiza el gobierno anunció que no reemplazaría por otras nuevas las cinco plantas que ahora están en marcha. ¿Más ejemplos? En Bulgaria se están replanteando la construcción de una nueva central nuclear y en un país tan nuclear como Francia (58 reactores), se oyen voces desde el Partido Socialista, que claman por cerrar las 25 unidades más antiguas.

Otro problema que no ayuda a mejorar la imagen del átomo es la problemática construcción de la central finlandesa Olkiluoto 3, la más moderna del mundo. Según el contrato firmado por los constructores, Areva y Siemens, la central de 1.600 megavatios tenía que estar ya terminada a un precio fijado de 3.000 millones de euros. Pero diversos errores de cálculo han duplicado el presupuesto y ahora se habla de que en 2015 puede que esté finalizada.

 

Pactos de Estado. Las grandes inversiones y los enormes plazos que se barajan a la hora de construir una central juegan en contra de la energía nuclear. Y más en tiempos de crisis. Además, no conviene olvidar que los políticos tienen una visión que no va más allá de los cuatro años, hasta las siguientes elecciones, con lo que es poco probable que aprueben nueva infraestructura, que nunca inaugurarán. Por tanto, la energía nuclear solo es posible en países sin democracia o muy liberales, como Reino Unido, y en los que tengan un pacto de estado en materia energética, que origine políticas a largo plazo. “Otro factor es que tengan una potente industria nuclear detrás que permita exportar tecnología atómica. Ese es el caso de Francia, Estados Unidos o Corea. En cambio, Alemania nunca ha sido nadie en ese campo. Eso quizá también explica su renuncia nuclear”, añade Dolader.

A pesar del irrefutable parón nuclear existen voces que abogan por su abandono total frente a las renovables. “Un sistema energético moderno no se puede hacer sin renovables. Pero si se puede consignar el carbón y la energía nuclear al pasado”, asegura Frauke Thies, director de política energética de Greenpeace. “Si realmente queremos luchar contra el cambio climático, las medidas deben encaminarse hacia la producción renovable y limpia. Por tanto, el aumento nuclear indica una dirección errónea”, añade Raquel García de WWF.

El tiempo dirá qué camino seguirán finalmente las políticas energéticas de los países. Aunque tampoco conviene olvidar que, a pesar de Fukushima, la energía atómica sigue teniendo sus innegables ventajas. “La energía nuclear te libera de dependencias energéticas, ya que los costes del combustible solo suponen el 5% del total y lo hay en muchos países. En cambio, en el gas es más de la mitad y solo se encuentra en lugares conflictivos. Además son mucho más eficientes que las renovables que solo funcionan cuando hay viento y sol”, añade Yagüe. ¿Conclusión? “El mundo ha dejado de ser nuclear. Pero eso no quiere decir que se apaguen las que ya están en funcionamiento. Éstas seguirán en marcha, lo que pasa es no se harán nuevas a menos que el petróleo suba a más de 200 dólares”, concluye Dolader.