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María Garaña: “Busco gente que haya tenido fracasos”

Después de varios años dirigiendo las operaciones de Microsoft en el Cono Sur latinoamericano, María Garaña pidió ir a un mercado más estable, con menos sobresaltos. “¿Qué tal España?”, le preguntaron. Y aceptó. Aquello ocurrió en julio de 2008, y, probablemente, Garaña no sabía la que se le venía encima: la crisis, con su cara más fea del último medio siglo… Pero, incluso así, a ella no le parece que esto fuera lo peor. Microsoft se enfrentaba, y se enfrenta, al desafío de unos tiempos que no siempre ha sabido interpretar. Y, además, tiene que lidiar con una filial acostumbrada a vivir épocas de vacas gordas.

Para esta directiva madrileña de 42 años, adaptarse a la nueva era tecnológica es un desafío de película. Y como a ella le encanta el cine, ya ha puesto a trabajar todo su bagaje intelectual para conseguir enderezar un guión que se estaba volviendo en su contra: licenciada en Empresariales y Derecho, cuenta además con una diplomatura en Comercio por la Universidad de Berkeley y un MBA por Harvard. Además de en Microsoft, ha trabajado en el Grupo Televisión Azteca en México, Merrill Lynch Internacional en Londres, Andersen Consulting en Madrid y Estambul, Citibank en Madrid…

 

–¿Fue duro el aterrizaje en Microsoft Ibérica?

–Cuando vine, llegaba de una situación económica complicada. Para mí no era algo raro. Pero aquí hacía tiempo que no ocurría. La empresa no había sido gestionada en medio de una crisis, ni los equipos ni la relación con los clientes. Por ahí ha venido nuestro principal cambio, al que además hay que sumar el del modelo de negocio.

–¿Qué cosas han cambiado?

–Cada vez hago menos tareas que no tienen un impacto directo en los resultados. También participo en menos encuentros, cenas, convenciones, asociaciones… Todo eso lo hemos reducido por diez. Y cada vez contrato menos por conocimientos específicos y más por lo que yo llamo vista lateral: capacidad de adaptación, cintura en los negocios. En los comités de dirección he visto que muchas de las habilidades que impiden que en ésta o en otras empresas la gente siga creciendo tienen más que ver con esto [la vista lateral] que con ser un buen director de márketing, que sabe mucho de márketing, o un buen director de finanzas. ¿Por qué? Porque este mundo tiene cada vez más que ver con el equipo, y con la función dentro del equipo, y con la capacidad de responder y adaptarte rápido, que con las habilidades técnicas. Esto lo hablamos mucho con universidades y empresas de reclutamiento a la hora de redefinir los perfiles que queremos. Quiero gente que haya tenido fracasos, que haya estado fuera de España, que tenga recursos y que la motivación le venga desde dentro. Que tenga capacidad de esfuerzo y que sienta la empresa como suya.

–¿Que haya tenido fracasos y se los cuente…?

–Claro. Hace un tiempo tuve que contratar a un director de ventas. En la entrevista daba vueltas acerca de por qué había pasado de dirigir una gran multinacional a una empresa pequeña. Hasta que le dije que hablara con claridad, que ya había recibido cien currículos como el suyo y que su historia era lo que más iba a interesarme. Me contó que le habían despedido, que a los cinco meses no encontraba trabajo, necesitaba el salario, le ofrecieron este proyecto y ya está. Lo contraté. Ves que la gente no está acostumbrada a hablar del fracaso. Quiero gente que se haya estrellado antes. Me asegura que la vida le ha curtido, que tiene recursos y centro de control interno.

Cuando los contrata, Garaña asegura que no engaña a sus empleados. En su empresa hay que trabajar muchísimo. Ahora, el doble para conseguir lo mismo. Pero piensa que dan muchas cosas a cambio. “Somos una de las mejores empresas del país en gestión de recursos humanos”, asegura. Esa afirmación se concreta, por ejemplo, en que no va a pedir a nadie que esté trabajando hasta las tantas de la noche o tener reuniones después de determinadas horas. A principios de año se fijan los objetivos de cada empleado y cada uno trabaja desde donde quiere. Puede ir al médico por la mañana, hacer deporte… Su empresa practica la conciliación de un modo muy diferente al de una multinacional en la que trabajó hace unos años. Allí los empleados salían de trabajar a las ocho de la tarde, medio escondidos, y solían encontrarse a un jefe en el ascensor que siempre les gastaba la misma broma: Hoy, ¿qué? ¿Media jornada?

 

–Y usted, ¿por qué trabaja?

–Para mí, lo que hago no es un trabajo: es una forma de vida. Lo importante es irte tranquilo a la cama por la noche: lograr una consistencia entre lo que dices, lo que piensas y lo que haces. Hay gente que te dice que divide como una muralla su vida profesional y su vida personal. Yo no divido nada.

–¿Cómo se compatibiliza ese ritmo con la familia?

–Soy una privilegiada. Tomo decisiones prácticas. Cuando volví a España, Pozuelo no era mi zona: Pozuelo, lo lejos que queda, pensaba. Pero vivo a un minuto de mi oficina; mi hijo va a la escuela a dos minutos de mi oficina; para mi profesión, viajo bastante poco; hago deporte, que para mí es muy importante [corre maratones]; estudio francés, que para mí es muy importante; voy al cine, tengo dos hijos. Tengo capacidad de hacer varias cosas a la vez. Y ayuda. Y una familia estupenda. Hoy por hoy, no hay nada que me indique que mi familia se resiente. Es el fruto del esfuerzo, de la consistencia y, por qué no decirlo, de la suerte.

–¿Se ve trabajando de nuevo en el extranjero?

–Siempre me van a atraer mucho nuevos retos y nuevos proyectos. Si están en España, perfecto; y si están fuera, también. Tengo la suerte de tener movilidad geográfica. La vida corporativa sigue interesándome y presentándome retos. Mientras siga así, siga aprendiendo y contribuyendo, ¿por qué no? Tampoco está reñido con que me guste mucho estar aquí y con que en España haya mucho por hacer.

 

A Garaña le gustan los desafíos. Siempre ha tenido mucho afán de superación, aprendizaje y progreso. “Vas subiendo peldaños y el paso natural, en algún momento, es dirigir la compañía”, afirma. Al mismo tiempo, reconoce que esta mentalidad tiene servidumbres. Le invitan mucho a foros de mujeres y ahí tiene sentimientos encontrados, porque mucho de lo que hace tiene que ver con su modo de ver la vida, no con trabajar en Microsoft o en otro sitio. “Aquí a lo mejor hay gente a la que no le interesa un puesto como el mío por lo que conlleva. En un momento determinado tuve que irme catorce años de mi país. Luego he recogido los frutos”.

 

–¿Cuáles son sus referentes?

–No tengo grandes referentes. Estoy volviendo cada vez más a lo básico. No leo libros de management: me fío mucho de mi intuición. De hecho, cuando no la he seguido a la hora de contratar gente, me he equivocado. Observo mucho y me adapto. He ido tomando cosas de gente. Me gusta mucho el mundo de la comunicación. Me fijo en qué políticos me gustan cómo comunican. He invertido mucho en el mundo de contar la historia. El mundo de la comunicación y las habilidades de expresión, que hace mucha falta en España. Cuando fui a estudiar a EEUU, llegaba con un expediente académico perfecto, pero no había hablado en público en mi vida. Vengo de una familia de cinco hermanos. En mi sistema educativo no se favorecía el ser ente individual hasta que se llega a la universidad, y ahí, cuidado con preguntar mucho, porque ya está el pesado de turno…

–¿Cómo se traduce en su trabajo esa afición a la comunicación?

–Uno de los motivos por los que la tecnología no ha avanzado más en el país es porque se ha basado en conversaciones endogámicas: de gente de tecnología a gente de tecnología. Nuestro foco ahora es llegar a audiencias no técnicas. Por eso tratamos de contar la historia: no hablar de los productos, sino de lo que se hace con ellos.

–Volviendo a los referentes, ¿admira a alguien?

–Admiro tanto a Amancio Ortega como a empresas que se sientan con nosotros, cogen la maleta y se van a exportar. El otro día estuvimos con una empresa navarra que hace trazabilidad para cadenas de congelados. Estaba aquí la hija del fundador. Facturan 400 millones. Y como aquí las cosas están difíciles, han cogido la maleta, literalmente, y se han ido a vender a Latinoamérica. Admiro a emprendedores con los que trabajamos. La gente a la que admiro es cada vez más la de mi día a día. Admiro mucho a la gente que vive del mundo de la cultura: pintores, escritores… Me gusta muchísimo el cine. Me encantaría que esa industria fuera mejor.

–¿Trabajaría en el cine?

–Me encantaría hacer producción. Me gusta mucho el cine como industria. Está muy relacionado con la comunicación y con contar historias. Igual algún día estoy en una productora… Me gusta mucho el cine, pero también las finanzas: de hecho, soy economista y abogado. Más que especialista, soy generalista especializada en finanzas, comunicación y gestión de personas. Son las tres cosas que ha de tener una persona en mi puesto.

 

Así es María Garaña, una ejecutiva que es consciente de que las cosas no siempre salen como uno quiere. En esos momentos es cuando, piensa ella, surge el líder: “Cuando las cosas son fáciles, es muy fácil hablar de liderazgo”, dice. Por eso, en esta España en crisis, necesitamos líderes con visión. Mirando al sombrío panorama del desempleo, Garaña no duda en afirmar que, “ahora, toda persona que en España tiene salud y un trabajo no tiene nada de qué quejarse”. Pero ella reconoce que los españoles nos lamentamos demasiado: “Nos quejamos muchísimo. Ya nos quejábamos cuando las cosas iban bien, imagínate ahora”, dice. Frente a ello, esta directiva de obvias dotes de liderazgo, piensa que tenemos que ser más prácticos. Menos retórica y más acción. “Estoy harta de escuchar competitividad, productividad…Todos estamos de acuerdo en eso desde hace tres años, pero podemos empezar a hablar de temas menos grandilocuentes y más de acciones específicas que se están tomando, para que todo el mundo pueda saber cómo se están solucionando las cosas”, dice. No suena mal. Quizá así podamos en unos años tener una situación como la de los alemanes, al borde del pleno empleo. Lo que hicieron ellos fue quejarse menos y trabajar más. Una receta en sintonía con lo que dice Garaña. Ojalá que lo hagamos y así salgamos del pozo. Eso sí que sería digno de una buena película.