Tecnología

Adictos al ‘smartphone’

Revisar el e-mail o los mensajes de WhatsApp, ver al instante las noticias, los resultados de tu equipo o qué hacen tus contactos en las redes sociales, jugar, escuchar música, hacer fotos, capturar vídeos, consultar el tiempo, leer, confirmar una información aparecida en una conversación, buscar empresas o referencias de un restaurante… Los smartphones se están convirtiendo en una prolongación de nosotros mismos. Como un brazo más, que utilizamos de forma tan intensa que para muchos sería imposible vivir sin él.

La smartphonemanía es una tendencia imparable. En la actualidad hay 6.200 millones de móviles en el mundo, la quinta parte de los cuales tiene conexión de banda ancha (smartphones, portátiles, tablets…). En 2017 serán muchos más: 9.000 millones, 5.000 con conexión de banda ancha, según Ericsson. Los 700 millones de smartphones se multiplicarán por cuatro.

España es uno de los países donde más fuerte está pegando esta moda. Más del 40% de los españoles tiene un teléfono inteligente. Esta cifra nos sitúa en el segundo puesto del ránking global, según Google.

Pero la fiebre es global. Basta con ver el número de mensajes WhatsApp que se intercambian. En un día se pueden enviar nada menos que un billón de mensajes de este tipo. Si trasladamos la cifra a otras medidas, quizá aún se entienda mejor: 41,6 millones de mensajes en una hora, casi 695.000 en un minuto, más de 11.500 en un segundo…

La mensajería nos mantiene en vilo, pero no es el único factor sorpresa que reclama nuestra atención. Las pantallas de los teléfonos son cada vez más grandes y tienen cada vez más vida, como lo demuestran los nuevos Windows Phone. Sus iconos van actualizando los contenidos que nos interesan: el último e-mail que se ha recibido, la bandeja de entrada de Facebook, acceso directo a fotos, vídeos… “Las tareas de uso frecuente se hacen en muchos menos pasos”, explica Marco Paolella, Product Manager de Windows Phone en España. Más inmediatez y rapidez, para mitigar la impaciencia que nos atenaza cada vez que queremos llegar a un sitio con este tipo de dispositivos. “Queremos atraer al perfil de gente activa”, reconoce Paolella.

Con los nuevos Windows Phone, muy ligados a los smartphones Lumia de Nokia, los profesionales pueden crear, ver y modificar documentos de Word y Excel y ver y modificar documentos de PowerPoint. No hace falta pisar la oficina. “En la familia Lumia, la integración es total y no hay coste extra de licencias. El smartphone se vuelve una herramienta muy poderosa para aumentar la productividad para profesionales, pymes y autónomos”, admite Thierry Amarger, director general de Nokia Iberia. Un buen argumento para que el profesional no se separe de su teléfono.

Pero no todo es trabajo. El ocio es también un poderoso banderín de enganche al smartphone. Xbox Live es una gigantesca plataforma online compuesta por 40 millones de jugadores en todo el mundo. Se puede acceder a ella desde el móvil “La experiencia en la consola de casa es más completa e inmersiva. El smartphone es más propio para trayectos más cortos, en autobús o en metro”, explica Isabel Herrero, Product Manager de Consola de Xbox 360. La gracia está en que cada jugador de Xbox Live tiene un ránking y su puntuación subirá si juega más. “Cuando entras en tu perfil, ves quién está en línea, a qué han jugado y puedes disponerte a mejorar tus logros. Está en juego tu reputación”, señala Eric Díez, del equipo de Xbox Live. Y con eso no se juega.

Está claro: sea por ocio o por trabajo, todos nos vemos seducidos por el smartphone. Su utilidad no tiene límites. Los teléfonos con Windows Phone pueden también transformarse en un mando a distancia con la aplicación Compañero Xbox, y moverse con él por la plataforma de Xbox y comprar películas, música o contenidos deportivos para verlos en el salón de casa. Además, la aplicación Xbox 360 Smart Glass permite disfrutar en el dispositivo móvil de contenidos complementarios a los de la consola.

Eso sería en el hogar. Pero el teléfono, sea del sistema operativo que sea, también se está convirtiendo en una herramienta muy útil para salir de casa o de la oficina a un restaurante, a visitar un museo o a comprar en una tienda. Una de las aplicaciones que ayuda a cumplir estos propósitos es Qype. Con ella pueden consultarse los perfiles de 860.000 lugares –restauración, hoteles, ocio, dentistas y abogados– de once países. En los perfiles puede verse información oficial y opiniones de usuarios, que valoran estos lugares poniéndoles de una a cinco estrellas. “Los negocios que lo hacen bien se ven recompensados y, los que no, penalizados”, señala Carolina Cobos, directora de esta firma en España. Los usuarios pueden obtener cupones de descuento, si el lugar los ofrece, y canjearlos mostrándolos en la pantalla de su smartphone. “También es posible hacer check in –dar a conocer dónde están por GPS–, si quieren mostrarse a sus contactos. Pero, a diferencia de Foursquare, es voluntario”, dice Cobos.

Zeerca es otra aplicación útil en este terreno. Ofrece promociones en cuatro categorías: restaurantes, bares, moda y cuidado personal. Cuatro o cinco opciones por área, en un radio máximo de unos 700 metros, que son ocho minutos andando. Una distancia más propia del smartphone que del PC. “Tratamos de resolver necesidades diarias de las personas. Si vas a comer, buscas un sitio cercano. No tienes tiempo, y tampoco se trata de que el descuento pierda su efecto con el coste de un taxi”, explica Belarmino García, fundador y presidente de la compañía. Ahí va a estar cada vez más la clave de las aplicaciones: se buscará más tener pocas y útiles para nuestro día a día que llenar el teléfono con muchas que no utilizamos.

Mostrar el descuento en el móvil es una buena opción, pero, ¿por qué no pagar directamente con él? “La tarjeta de crédito es lo único que queda en el bolsillo. Será lo siguiente en integrarse en el teléfono. Ya no está la cámara de fotos, la consola de mano ni el MP3”, afirma Miguel Ángel Victoria, gerente de Innovación de Orange.

Incluir el chip de la tarjeta de crédito en la tarjeta del teléfono es viable, según este experto, y hacerlo no implica sustituir a los bancos. Entre otras cosas, porque no se van a dejar sustituir. Así que el móvil reemplazará también a la cartera física, una opinión que comparte David del Val, director de Desarrollo de Nuevos Productos y Servicios de Telefónica I+D. Y no solo eso: “Será el punto de enlace con los sensores personales”, afirma del Val. El control de las biomedidas de deportistas –el pulso, por ejemplo–, que hoy se transmite por bluetooth y se almacena en la nube para controlar su historial, se irá traspasando a otros colectivos, como ancianos o enfermos crónicos. Más poder para el smartphone, al que aún quedarán terrenos por conquistar: “Las conversaciones de voz son el único contenido por digitalizar. Las fotos, el vídeo o la música se pueden buscar, catalogar y monetizar. Pero la voz desaparece en el aire”, dice del Val.

Las funciones que nos permite hacer el teléfono se multiplican, y eso inevitablemente agota la batería. “Es la patata caliente que nos falta por desarrollar, la mayor demanda de los usuarios”, afirma Jaime Sanz, de Intel. Esta empresa, tradicionalmente ligada al mundo de los PC, ha lanzado recientemente potentes smartphones en China, India, Francia e Inglaterra. Quiere sacar partido de los móviles y, si consigue desarrollar su especialidad, las baterías, los teléfonos permitirán cada vez consumir más contenidos, absorber más nuestro tiempo.

Efectos secundarios
¿Es esto positivo? María Antolín, psicóloga clínica, especialista del centro Enclave, estima que el smartphone “es una herramienta tremendamente positiva en el campo laboral y socializador, y no tan positiva en otros aspectos, por ejemplo los juegos individuales”.

Los teléfonos inteligentes facilitan el trabajo, pero también pueden afectar a la atención a otras tareas si no se usan con cabeza. “He dado cursos en los que compruebas que los asistentes están manejando el smartphone. De repente te hacen una pregunta sobre algo tratado hace diez minutos. Recientemente también vi cómo, en una cena de catorce personas, ocho estaban atentas a su teléfono, no al resto de comensales. Un grado de atención así aún sería más preocupante al volante”, señala José Antonio Molina, psicólogo clínico de Psicohealth, un método novedoso, intensivo e individualizado de adicciones. ¿Quién no ha presenciado alguna vez una de estas acciones?

Molina ve el smartphone como un avance que facilita nuestra vida. Estar conectado, hacer fotos, vídeos… Multitud de utilidades. Pero… “su uso excesivo puede llevar a ciertas personas a tener dependencia, a generar una adicción. Aun así, el porcentaje de gente que consulta es mínimo. Es difícil que alguien reconozca una adicción”, dice Molina.

Como es obvio, el smartphone en sí no tiene la culpa de nada. “No causa patologías. Sí puede desencadenarlas en determinados tipos de personas”, afirma María Antolín.

Entre los grupos de riesgo están las personas que tienden a la ansiedad, a la fobia social y a los trastornos de comunicación. En Enclave, donde trabaja María Antolín, han tenido ejemplos positivos y negativos. Desde niños que aislan a otros contando intimidades en las redes sociales a otros que se abren precisamente gracias esta tecnología. “Tratamos a un chico hiperactivo expulsado de su colegio que solo podía tener amigos gracias a las redes sociales. El smartphone también es un facilitador social”, señala Ana Guerra, psicóloga social también en Enclave.

Por eso, como con todo, nunca hay que generalizar. Aplicándolo a los padres, igualmente válido es que eviten a sus hijos el smartphone, como podrían hacer con la televisión, como que lo permitan. “Si todo el entorno de tu hija se comunica por WhatsApp, no puedes quitárselo. Se queda fuera”, dice María Antolín. Precisamente esta psicóloga ve perfecto que cuatro chicas estén sentadas en un mismo banco y se comuniquen por WhatsApp. “Antes no existía esa forma. Es otro modo de comunicarse”, dice. Por muy raro que nos parezca, los tiempos cambian. Y ya saben, mientras no se traduzca en algo objetivamente negativo, ¿por qué no adaptarse?