Economía

Un planeta al borde del bono basura

Una consecuencia positiva de la crisis, si es que hay alguna, es que ha elevado el nivel general de cultura económica de casi todos los países, incluida España. Hace unos años, decirle a alguien que que tal o cual emisión de bonos tenía un calificación AAA o que tal o cual Estado tenía el rating de CC+ era una vía segura para que nuestro interlocutor compusiese una cara de extraña sorpresa, como si hubiese visto un marciano cruzando el paso de cebra o tuviese que descifrar un jeroglífico egipcio. Hoy la cosa ha cambiado. No es raro encontrarse con un taxista que sabe que estas iniciales equivalen a la nota media de nuestra solvencia. Si somos o no de fiar a la hora de pagar nuestras deudas. Si estamos cerca o lejos del precipicio de la quiebra.
De hecho, los ciudadanos de a pie no solo entienden esta jerga sino que perciben que nuestra calificación es cada vez peor. Tal vez no sepan que Moody’s ha puesto a España a la altura de Namibia, Azerbayán o Barbados (tampoco lo sabía este periodista antes de elaborar la información). Pero sí saben que en 2009 lucíamos orgullosos un sobresaliente cum laude que nos convertía en un país pagador, de los de fiar cien por cien, y que nos colocaba en el Olimpo de las economías más sólidas. De momento, lucimos un BBB+ (la nomenclatura cambia entre las  tres grandes agencias de rating, Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch, que casi siempre se mueven en la misma dirección y que controlan el 90% del mercado), pero hay temor a que podamos deslizarnos por el tobogán hacia el nivel de bono basura –junk bonus–, que es donde están Grecia (CC) y otros Estados apestados por el desgobierno de sus finanzas.
La escala de notas para interpretar el mapa del tiempo financiero va desde la AAA –muy soleado, sin nubarrón amenazante en el horizonte– hasta la C –que es como un día de feroz tormenta con truenos y relámpagos–, así que el cielo de las finanzas mundiales tiende a encapotarse. Desde que estalló la crisis financiera de 2008, a los países, a las empresas y a las ciudades, asfixiados por una montaña de deuda que no todos pueden digerir, les han ido rebajando la nota. Una A menos, una B menos… “En 2011, los bonos en el grado de inversión [los que son considerados de calidad] los rebajamos en el 23,6% de los casos, mientras que solo lo subimos en el 9,7% de los casos”, dice John Chambers, analista de Standard & Poor’s. Pero aunque todos bajemos peldaños en la escalera que lleva al bono basura, todavía estamos lejos de tocar fondo. “No creo que el mundo se esté moviendo hacia el bono basura. El rating medio no ha bajado mucho”, dice tranquilizadora Monica Klingberg Insoll, directora de Credit Market Research de Fitch.
Desde luego, una primera ojeada puede despistar y hacer ver las cosas mejor de lo que están. En 2008 había 16 países con la codiciada triple A, hoy sigue habiendo una quincena, según Fitch. Alemania, Suiza, Canadá, Australia, Holanda… son algunos de los agraciados con este sello de calidad, que muestran unas pautas de comportamiento bastante estables en el tiempo.
Pero lo cierto es que una de las grandes diferencias es que antes este grupo tenía unas perspectivas positivas, es decir, lo normal es que su futuro fuese seguir estando en lo más alto del podio. Ahora muchos están bajo la espada de Damocles, les pueden quitar uno de los galones. Alguna de las tres agencias le ha quitado la matrícula de honor a Estados Unidos y a Francia, dejándola en un sobresaliente AA. Reino Unido sigue bajo amenaza, aunque resiste pese a los elevados niveles de endeudamiento.
Desde luego, los países que más han sufrido son los de la eurozona. El caso de España, Portugal, Grecia, Irlanda o Italia es claro. Los niveles de deuda son tan alarmantes, la economía está tan estancanda, el paro tan desbocado y las corrientes de fondo son tan preocupantes –envejecimiento relativo de la población, bomba de relojería de las pensiones…– que los inversores no se fían. Y eso que, como señalan en Standard & Poor’s, la experiencia demuestra que aquellas economías con el sello A no han quebrado en los últimos 15 años en ninguno de los casos y solo el 1,3% de los Estados considerados BBB –el último estadio antes de que las cosas empiecen a ponerse feas– han suspendido pagos en los 3 años siguientes a alcanzar este estatus. Es decir, que hay nubarrones por delante, pero nada parecido a las rebajas generalizadas e intensas de los años de la Depresión y posterior conflagración mundial. “Con la aproximación de la Segunda Guerra Mundial, los ratings de las economías europeas cayeron muy rápidamente. En 1939, todas las calificaciones de la zona estaban en el grado especulativo (con una alta probabilidad de impago), salvo Reino Unido, que lucía una AA”, dice Chambers. Por aquel entonces solo tenían alguna A, Argentina, Canadá, Finlandia, Australia y Reino Unido.
Para Insoll, si el mundo no se está deslizando hacia el bono basura es porque otras regiones del mundo en vías de desarrollo sirven de contrapeso. “Lo que se ha producido más bien es una bajada de las calificaciones en Europa que se han visto compensadas por la mayor credibilidad de las economías emergentes”, dice. Efectivamente, solo hay que echarle un vistazo a los países emergentes para ver que las A, solas o acompañadas, abundan: China (A+), Hong Kong (AA+), Corea del Sur (A+), Singapur (AAA), Taiwán (A+), Abhu Dhabi (AA), Kuwait (AA), Arabia Saudí (AA-), Chile (A+)…

Lo mismo que le ocurre a los Estados, le sucede también a las empresas. ¿Cuántas compañías hay con triple A? La respuesta es casi ninguna. En Estados Unidos solo ostentan esta calificación ExxonMobile, Microsoft, Johnson & Johnson y Automatic Data Processing. En 2000 era unas 15, y en los años 80, unas 60 (entre ellas mitos como General Motors, Ford, Coca-Cola, IBM, Merck…). En Europa no queda ninguna, o prácticamente ninguna. Y en el resto del mundo tampoco. Las que exhiben esta calificación son más bien compañías sin ánimo de lucro (como UK Wellcome Trust) o agencias estatales como la holandesa Bank Nederlandse Gemeenteen. Un estudio de Citi del año pasado demostró que el universo de inversiones de alta calidad se ha reducido cerca del 70% en los últimos años. Pero aquí, las razones son algo distintas. No todo es la famosa crisis, que todo lo arrastra, como un torrente.
Por supuesto que la crisis financiera ha golpeado con fuerza a todo tipo de entidades, empezando por los bancos. Cuando se degradan los bonos de un Estado, acto seguido suelen degradarse los de sus empresas, sus ciudades, sus entidades políticas regionales… Sin embargo, la menor nota también responde a una estrategia corporativa, derivada de la actual era de la globalización y la competitividad. “En las últimas décadas, las compañías no están aspirando a tener la triple A. En el actual sistema financiero, los accionistas prefieren endeudarse y conseguir dividendos. El punto de equilibrio óptimo entre la valoración del crédito y la satisfacción de los accionistas (mediante el pago de dividendos, el crecimiento a través de adquisiciones y otros gastos) se encontraría entre el nivel A y el BBB para muchas de las grandes multinacionales”, dice Insoll. Además, muchos gestores consideran que liberarse del corsé de la triple A –que exige estrictos criterios de saneamiento económico y financiero– es fundamental para emprender aventuras empresariales, como adquirir nuevas compañías o fusionarse. Por eso se dice que la nueva triple A puede ser la AA o la A y que el sobreprecio por lucir un sobresaliente no es tan dañino. El tipo de interés adicional es mínimo. Por ejemplo, el coste de financiación medio por un emisor AAA ronda el 2,2%, mientras que la doble A paga un 2,7%.
Entonces, ¿realmente es importante lo que digan las agencias? ¿son de fiar sus diagnósticos? Los críticos, que son legión, argumentan que ya han metido la pata en numerosas ocasiones (antes de la crisis le dieron las mejores notas a empresas como Lehman Brothers o AIG). Y que ahora, visto el varapalo recibido, les ha dado por curarse en salud y ponerse siempre en el peor de los escenarios. ¡Cualquiera saca hoy un sobresaliente cum laude! “El problema de la deuda ya estaba antes de 2008. Muchas empresas eran gigantes con pies de barro. Las agencias reaccionaron con tardanza e igual hubo demasiado upgrading [subidas] antes. No sirvieron de alerta temprana. Fueron demasiado procíclicas”, dice Santiago Carbó, catedrático de Economía de la Universidad de Granada. No es el único que piensa así. “Han entrado en una espiral de hacerse más duros con las calificaciones. Y no sabemos si son más duros porque las cosas están mal o porque les ha dado por ser más duros”, dice Jordi Fabregat, profesor de Esade. La acusación, lógico, no es percibida como justa entre las agencias, curiosamente dominadas en algunos casos por grupos editoriales y que para algunos se limitan a hacer opiniones periodísticas sin fundamento. “No comparto la afirmación de que exageremos las notas ahora o que éstas sean procíclicas. Tenemos unas metodologías claras y transparentes. Y debemos hacer las cosas bien para ser creíbles”, dice Insoll.
Ciertamente, casi todo el mundo dice que si no existieran habría que invertarlas. “Son indispensables. Necesitamos que alguien nos diga la probabilidad de quiebra de una determinada emisión. La gente no tiene recursos suficientes para analizar emisión a emisión”, dice Fabregat.