Economía

¡Vámonos al pueblo!

¿Qué atractivo puede tener para un joven matrimonio con dos niños un pequeño pueblo perdido en la provincia de Soria como Valdenebro? Situado al pie de una peña y rodeado de tierras de secano, en él apenas viven 120 habitantes, no hay colegio para los niños y solo hay un bar. Pero Valdenebro les ofreció algo que no tiene precio: una oportunidad para volver a empezar. Dos años en el paro fueron el empujón necesario para que Mónica Sánchez y su marido hicieran las maletas dispuestos a buscarse las habichuelas. “Estábamos mentalizados en cambiar de vida. En Barcelona intentamos montar un negocio, pero fue imposible, el alquiler de un local era un dineral y no recibimos ninguna ayuda. Aquí, lo hemos podido hacer. Además, el pueblo nos gustó por lo niños, es muy acogedor”, relata esta mujer. El matrimonio se instaló en su nuevo hogar en marzo de 2011 y este año abrió su negocio, una pescadería en el Burgo de Osma, una localidad vecina algo más grande y a la que también van los niños a estudiar. En Barcelona dejaron su casa hipotecada que ahora tienen alquilada, un dinero que da para cubrir el pago con el banco y el nuevo alquiler en Valdenebro: 220 euros al mes por una casa de dos plantas con patio. Podría decirse que el cambio ha sido ¡redondo!

La dureza de la crisis ha convertido en espacios hostiles a muchas ciudades y, gracias a ello, los pueblos viven una segunda oportunidad, tras el abandono masivo que sufrieron en los años cincuenta y sesenta. La gente ya no huye de estas localidades, algunos retornan a sus orígenes, otros lo hacen solo el fin de semana e, incluso, hay neorrurales, como Mónica, que los eligen para cambiar de vida. “Un cambio significativo es que el mundo rural ha dejado de perder población para ganarla. Vuelve a haber niños”, señala Benjamín García Sanz, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense. Las más de 60.000 entidades singulares que hay en España, léase pueblo, parroquia o anejo –municipios con menos de 10.000 habitantes–, acogen a cerca de diez millones de habitantes. “En los pueblos, la vida y la vivienda son más baratas y la crisis hace que la gente opte por quedarse a vivir en ellos, aunque trabaje fuera. Las nuevas tecnologías van a marcar el futuro de estas localidades y les abren nuevas oportunidades”, añade este sociólogo, autor del informe Ruralidad emergente, posibilidades y retos.

Ser de pueblo ya no tiene el estigma negativo de antaño. Y aunque los neorrurales no constituyen un movimiento masivo, organizaciones como Abraza la Tierra sí han detectado un fenómeno en auge: el pueblo como refugio. “El número de llamadas que recibimos de gente buscando una oportunidad porque ya no tienen empleo en la ciudad crece de manera abrumadora. Nos llegan situaciones dramáticas”, constata Eva González, coordinadora de esta asociación que agrupa a 18 grupos de acción local contra la despoblación en tierras de Aragón, Castilla y León, Madrid y Cantabria. A la inversa, también ha habido pueblos que han hecho del trabajo un reclamo para atraer nuevos moradores. En Castelnou, (Teruel), hay un antes y un después desde que en 2011 se instaló en el municipio la empresa Modul System, dedicada a la construcción de casas prefabricadas.

Pero, ¡ojo!, el proceso no suele ser tan sencillo. Y no hay que dejarse llevar por idealismos infundados, porque la vida en un pueblo no es fácil. Pasar del bullicio y los atractivos de ocio y servicios que ofrece una ciudad a un entorno reducido, e incluso, solitario, ha derrumbado la moral de más de uno y las oportunidades laborales no abundan por estos lares. “Aquí también se pagan facturas, por eso hay que venir con un proyecto laboral”, añade González. No en vano, Abraza la Tierra nació con una vocación emprendedora –no ofrece una bolsa de empleo–, y, con esta misión, canaliza los fondos europeos Leader para el desarrollo rural.

CANTERA DE EMPRENDEDORES. En la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente vieron que la combinación de degradación económica y social que vive gran parte del territorio rural y la resaca de retorno procedente de algunas urbes era un caldo de cultivo inmejorable para lanzar, en 2009, RuN@Emprende. “Empezamos trabajando en ocho provincias del país detectando oportunidades de emprendimiento, diseñando un itinerario formativo para formar asesores en el territorio y creamos una herramienta 2.0 de recursos locales para facilitar la puesta en marcha de actividades económicas. Todo con un enfoque basado en la sostenibilidad económica y ambiental”, explica Gonzalo González, coordinador de la iniciativa Emprender para Conservar. Y los resultados son prometedores: más de 150 potenciales emprendedores formados. Profesiones liberales, como arquitectos y traductores, que gracias a la tecnología trabajan alejados de la gran urbe y emprendedores que montan empresas de servicios turísticos, pequeñas agroindustrias y servicios de atención a mayores son algunos ejemplos hechos realidad.

Y para quien consigue dar el salto, la experiencia es inmejorable. “Hemos crecido como personas y nos han cambiado las prioridades”, reflexiona Mónica Sánchez. Antes, en Barcelona la ahogada situación económica nos les dejaba ni salir a cenar fuera. Ahora, cuando quieren hacer algo distinto, se cogen las bicis y se pierden por el monte. El efecto ha sido tan positivo, que sus cuñados también se han instalado con sus hijos en el mismo pueblo. Hoy, Valdenebro vive una segunda juventud.

He aquí algunas historias  emprendedoras que, seguro, no le dejarán indiferente. ¡Que las disfruten!

“Necesito más Internet que una buena carretera”
Patricia Zotes, fundadora de La Nevera Grafica

En Mata de Hoz, una pequeña aldea de Cantabria, hay 24 habitantes censados, aunque en realidad viven algunos menos. Cinco familias y poco más. Ni si quiera hay un único núcleo sino que esta localidad la forman dos barrios separados. No hay bar, ni tienda y hasta allí solo se acerca el furgón de reparto del pan. No hay niños aunque la población tampoco es excesivamente mayor y todos son ganaderos en activo. De eso, de las vacas, vive todo el pueblo. A este peculiar entorno recaló, hace ahora cinco años, Patricia Zotes, una diseñadora gráfica en busca de “un espacio más humano y cómodo. Lo necesitaba y llegó el momento en que pude hacerlo”. Esta joven de 37 años, que hasta entonces había vivido en Santander, Oviedo y Bilbao, siempre había mantenido contacto con la vida rural a través de sus abuelos. Echando la vista atrás reconoce que la soledad no ha sido ningún problema, “era algo que venía buscando, y llevaba tiempo preparándome mentalmente para este viaje”, confiesa. Después de hacer un paréntesis en su vida laboral para ejercer de Mani Manitas y arreglar su nueva casa, Zotes retomó su  profesión como diseñadora gráfica con su proyecto La nevera gráfica. “Aquí hay menos cultura del diseño gráfico, pero cuando la conocen, siempre hay un hueco”, explica. Ahora tiene algo más de diez clientes, entre pequeñas industrias, pymes y autónomos de las localidades del entorno –Reinosa está a unos 15 kilómetros y Aguilar del Campoo, a unos 20–. “El mayor problema es lograr una conexión con Internet. Yo lo necesito más que una buena carretera. La que hay está subvencionada y no es suficiente. Esto es un handicap para el desarrollo de las zonas rurales en general y para profesiones como la mía en particular. Pero esto no les interesa a las autoridades públicas”, se lamenta. Sin embargo, el ánimo de esta mujer no decae fácilmente.  Como tampoco le frenó el hecho de que su familia le tachara de “loca” cuando les dijo que lo dejaba todo para venirse aquí. En medio de la naturaleza, su gran afición, junto a su pareja, su perro y su pequeño huerto, Zotes se confiesa “sin intenciones de regresar a la ciudad”.

“Hacer un queso es un proceso muy creativo”
Joaquín Manchado, fotógrafo de cine y dueño de la quesería Moncedillo

Para Joaquín Manchado (en la foto de portada de este post) y su mujer, Esther García, el cine es su vida. Una profesión a la que llevan entregados casi dos décadas, él como director de fotografía freelance y ella como directora de producción con Pedro Almodóvar. Pero hace años que una idea les rondaba, persistente, en la cabeza. “Esta profesión ofrece muchos tiempos muertos y siempre hemos tenido en mente buscar un proyecto en el pueblo del que pudiéramos vivir”, confiesa Manchado. El destino lo tenían muy claro: Cedillo de la Torre, una pequeña localidad de tierras de Riaza, al nordeste de Segovia, del que ella es oriunda y él, un hijo adoptivo. “Llevo 25 años viniendo a este pueblo que ya siento como mío”, dice entre risas. Aquí tienen su casa, en la que se refugian siempre que dejan Madrid y siempre que el cine les da una tregua. Pero vivir en un pueblo es difícil, y esta pareja tanteó varios proyectos hasta encontrar lo que hoy es su otra gran ilusión: la quesería Moncedillo. Ubicada en una localidad vecina, Campo de San Pedro, relanzar este proyecto fue el detonante de una aventura empresarial y emocional, que arrancó hace un año y medio y que ha aflorado su espíritu emprendedor, “porque esto se consigue trabajando duro y siendo muy tenaces”, asegura. La materia prima, la leche de oveja 85% churra, se la proporcionan los primos de su mujer, que tienen una ganadería. El resto, lo han tenido que aprender, trabajando con un maestro quesero, haciendo cursos, leyendo mucho…..  “Cada día descubres algo. En el fondo, hay una creatividad similar a la del cine, porque las posibilidades y los matices al hacer un queso son infinitos”, asegura entusiasmado. ¿La mayores trabas? Sin duda, pelear con el papeleo burocrático. “Todo está hiperregulado y cuesta lo mismo seas grande o pequeño”, se lamenta Manchado. Moncedillo produce dos tipos de quesos –de pasta blanda y prensada, ambos cien por cien naturales–, yogures y cuajadas por encargo.  Todo hecho de manera artesanal. “La leche se recoge el día que se produce,  cada día se revisa la humedad y la temperatura, la corteza se cepilla a mano… Nos interesa hacer algo exquisito, con mimo”, explica este emprendedor. De momento solo producen cinco días a la semana –el objetivo es hacerlo todos– y la quesería aún no es un proyecto rentable, pero ideas no les faltan: trabajan en un queso con cuajo vegetal –de la flor del cardo– y acaban de participar en una cata en Suiza para darlos a conocer. “Somos atrevidos, pero sin perder la cabeza. Estamos empezando y nos queda toda una vida por delante. Poder decir esto a los 52 años es muy excitante”, reconoce.

“Aquí tengo el apoyo de las raíces”
Evelyn Celma, fundadora de Matarrania

Los productos Matarrania, una firma de cosmética cien por cien natural, no se pueden entender sin conocer el territorio en el que se asienta la compañía y a su fundadora. La firma se inspira en el Matarraña, una comarca de Teruel, conocida como la Toscana española. Y Evelyn Celma es el alma de un proyecto empresarial que ha sabido reinventar las riquezas de la zona, el aceite de oliva, las plantas silvestres y la tradición popular. “Hago una relectura de los uso tradicionales. Si el aceite de hipérico se usaba par las quemaduras, será bueno para el culito de un bebé”, explica. La suya es la historia de una neorrural que encontró su lugar en el mundo y, de paso, descubrió su vocación emprendedora. Licenciada en Ciencias Ambientales, trabajó tres años de consultora ambiental en su ciudad natal, Barcelona. Pero fue al independizarse cuando comenzó un ciclo vital que terminó por llevarla a Peñarroya de Tastavins. Entre medias, una estancia de cuatro años en Gerona, ciudad en la que no acabó de integrarse pero en la que despertó su interés por las plantas medicinales. “Incluso inicié un proyecto empresarial relacionado con su cultivo, pero fue inviable”, rememora. Fue este desarraigo lo que le empujó, en 2004, a trasladarse a este pueblo turolense del que sus abuelos eran oriundos.  “Aquí tengo el apoyo de las raíces y eso es esencial para el arraigo”, confiesa. Y fue el nacimiento de su primer hijo, en 2007, lo que le animó a montar su propia empresa. “Durante los tres primeros años estuve madurando el proyecto de cómo revalorizar los recursos del entorno. Mientras, trabajé de guía turística y de administrativa en un hotel con encanto. Pero con la maternidad pensé en que necesitaba gestionar mi tiempo”, explica. A esta nueva empresa destinó 24.000 euros, todos sus ahorros, para montar un laboratorio y lanzarse a la piscina –a posteriori recibió una subvención del 30% de los fondos europeos Leader–. Hoy, el proyecto es rentable, ha ampliado el laboratorio, vende cerca del 15% por Internet, da empleo a dos personas, y está pensando en fichar a alguien más. “La crisis la he empezado a notar ahora, pero la cosmética natural es un sector en crecimiento”, reconoce. Celma no solo ha logrado hacer su sueño realidad, y vivir de ello. Si no que ya se ha embarcado en otra aventura empresarial de la mano de su marido: acaban de abrir un apartamento rural. “Ser empendedora es contagioso”, ríe.