Opinion

Bien de ruedas, pero mal de alas

En el multicolor y poliédrico Reino de España y a pesar de su crisis generalizada, se encuentran realidades económicas de tono muy diverso: unas excelentes y otras ruinosas.

Para empezar por lo bueno: el sector del automóvil es ejemplo y envidia de toda Europa. Mientras se cierran plantas en Gran Bretaña, Bélgica o Francia, crecen las inversiones y los encargos a las plantas españolas. Renault, Fiat/Iveco y Ford renuevan sus factorías españolas porque en el complejo balance de esta industria –que no solo se compone del coste laboral, sino también de los sistemas de producción, de la logística, de los proveedores, del know how– los ganadores son Valladolid, Valencia y País Vasco.

Este renovado impulso se traduce inmediatamente en un sector exterior competitivo que hoy se presenta como tabla de salvación del conjunto de la economía.

...Y en la otra cara de la moneda está Iberia, la compañía aérea española que en unos meses se verá obligada a cerrar, víctima de su ineficiencia, ineficacia y burocratización. Al no admitir reajustes en el presente, Iberia se ha cargado su futuro.

¿Por qué estas diferencias? ¿A qué se debe que empresas españolas resulten simultáneamente hazmerreír y ejemplo del mundo? Pues sencillamente a que en el sector del automóvil, y en el de la industria en general, las empresas españolas no tienen ninguna protección frente a la competencia exterior y pelean con las mismas armas.

Iberia, en cambio, nació y vivió en el monopolio. La antigua compañía de bandera se resiste a admitir la realidad de los cielos abiertos, que los Estados europeos ya no pueden suministrar fondos ilimitados para paliar las pérdidas, que al sector del transporte aéreo ya no le conoce ni la madre que lo parió, como dijo el poeta.

Y por favor que nadie venga con patrioterismos sin cuento: no es la pérfida Albión la que quiere robar, una vez más, los galeones españoles cargados de oro y plata. Primero, porque el galeón Iberia solo va cargado de deudas; y segundo, porque si BA está en mejor forma que Iberia se debe principalmente a que, inmediatamente después de la fusión, la aerolínea británica ya hizo su propia reestructuración, incluidos despidos de personal y reducción de salarios.

Desde otro punto de vista, es preciso recordar que sectores como la telefonía o el energético han sido capaces de convertir viejos monopolios estatales en empresas privadas que compiten por el mundo. Ya son pocos los que recuerdan que Telefónica, Repsol o Endesa fueran privilegiadas y monopolistas empresas públicas.

Jurídicamente Iberia también ha dejado de ser monopolio público y sus propietarios son accionistas privados, pero en la cultura de la empresa, en la cabeza y el corazón de sus empleados se niega esta realidad. ¿Por romanticismo? Puede, pero sobre todo por defender unos supuestos derechos –en realidad, privilegios—que carecen de cualquier legitimidad en un marco de economía global.

Y después de la desaparición de Iberia –tan lamentable como inevitable– la sociedad española se enfrentará a la privatización de AENA, la hoy empresa pública propietaria de los aeropuertos españoles, que en términos de competitividad está igual o peor que Iberia. Como se sabe, las tasas aeroportuarias españolas están muy por encima de la media europea, para unos servicios sustancialmente iguales.

El sector aéreo y el del automóvil son paradigma de la red empresarial española: una parte muy brillante y competitiva y otra, mayoritaria por desgracia, obsoleta porque tiene reducida su actividad al mercado interior.

Mientras no se consiga meter competencia en esas amplias áreas empresariales que se ganan la vida merced a privilegios más o menos reconocidos, será difícil que la economía española despegue en el vuelo definitivo de su modernización. Con las alas averiadas no se puede volar muy alto.