Mercados

Compitiendo con el vecino

Son decenas las fábricas que han dejado de echar humo durante la crisis. Multinacionales extranjeras que tenían sus centros de producción en España como Suzuki Motos en Gijón, Unilever en Aranjuez (Madrid), Kimberly-Clark en Calatayud (Zaragoza) o Pirelli en Manresa (Barcelona) han parado máquinas. Otras grandes tienen previsto hacerlo en breve: General Dynamics ha anunciado el cierre de su factoría de armas en A Coruña a mediados de año y Danone dejará de producir lácteos en Sevilla a finales de este 2013. También empresas nacionales de renombre se han visto abocadas a fabricar sus últimas unidades en algunos de sus centros –es el caso de Derbi en Martorelles (Barcelona) o de Roca en Sevilla–  y, aunque menos mediáticas, cientos de pequeñas y medianas empresas no han aguantado las dificultades económicas.

La crisis ha hecho especial daño a la industria relacionada con la construcción pero, teniendo en cuenta la caída de la actividad económica en general y los graves problemas de acceso a la financiación, nadie ha quedado a salvo. Las fábricas que no se han demostrado productivas, directamente, han echado el cierre. El sector, que supone el 15% del Producto Interior Bruto nacional, ha destruido desde 2007 casi 900.000 puestos de trabajo.

Ésta es la cruz de una crisis que ha golpeado al sector secundario… pese a no ser industrial. “La crisis ha sido financiera y de la construcción. La industrial fue anterior a la burbuja inmobiliaria”, recuerda el economista y consultor de la Fundación Alternativas, Domènec Ruiz Devesa.

Sin embargo, también hay una cara. Son muchas las lecciones que la industria española puede extraer de esta crisis: de lo que ha hecho mal, de lo que ha cambiado o necesita cambiar y, también, de lo que sabe hacer bien para captar inversión internacional.

España tiene que quitarse los complejos del pasado para explotar sus puntos fuertes –sin dejar a un lado la superación de sus debilidades– ya que una palabra empieza a sonar con fuerza: reindustrialización. Hay que reinventarse para aprovechar las oportunidades futuras en un mundo en el que el pastel a repartir es menor (al menos, por ahora) y en el que cada vez hay más países sentados a la mesa. Todos somos competidores en la escena global, pero hay que tener especial tiento con los países con los que compartimos frontera (Portugal, Francia y Marruecos) porque las decisiones para que una multinacional se instale a uno u otro lado de la raya, en ocasiones, son mínimas. Conocernos mejor y tener calados a nuestros vecinos es clave para inclinar la balanza, para convertirnos en el país elegido.

Antes de cruzar los Pirineos, atravesar los casi 1.300 kilómetros de frontera hispano-portuguesa o los escasos  17 kilómetros que marcan la línea divisoria de Ceuta y Melilla con Marruecos, vamos a examinarnos a nosotros mismos.

Es cierto que muchas factorías de capital extranjero han cerrado, pero son muchas más las que han apostado por el made in Spain haciendo oídos sordos a la incertidumbre que ha rodeado nuestra economía desde 2010. En los últimos meses, importantes multinacionales han mantenido –e incluso incrementado– la producción en nuestro país en sectores de lo más diversos.

Hay a quien, en plena crisis, no le ha importado decir en voz alta que confía en nosotros. La alemana Bayer –en España desde 1899– anunció en octubre que produciría en Asturias la totalidad de sus famosas Aspirinas. “Nuestras fábricas en España han cambiado su razón de ser y se han convertido en plantas regionales y mundiales”, destaca Jesús Loma-Ossorio, director general de Bayer MaterialScience en España y Portugal.

Industria3El gigante europeo de la aviación EADS –que englobó en 2000 a la española nonagenaria CASA– tiene en Sevilla, Albacete y Getafe (Madrid) algunas de sus principales plantas. “Getafe es el centro más pequeño del mundo capaz de realizar un ciclo completo de un avión, desde el diseño hasta los ensayos finales”, destaca el director de Relaciones Institucionales de EADS en España, Jacinto García Palacios.

Pero si hay un sector que ha creído en la producción en terreno español por encima de todos es el del automóvil. La caída de ventas no ha ahuyentado a las principales marcas. Al contrario. España tiene 17 centros de fabricación, es el segundo productor europeo (tras Alemania) y quiere volver a situarse en el top ten mundial (hoy está en el puesto 12).

“España es un oasis en el Viejo Continente. En el último año y medio se han adjudicado proyectos de fabricación de nuevos modelos por más de 3.000 millones, mientras que en toda Europa se han cerrado más de 80 fábricas”, resalta David Barrientos, portavoz de Anfac, la patronal del automóvil. El compromiso, entre otras, de Ford, Mercedes Benz, Opel o Iveco da aire a muchos centros y permite respirar a otros 12 sectores… en algunos casos hasta por una década. A modo de ejemplo, sólo la japonesa Nissan ha anunciado inversiones por valor de 420 millones en sus plantas de Barcelona, Ávila y Cantabria.

Estos tres ejemplos nos llevan a plantearnos, en un primer momento, lo que hacemos bien. ¿Cuáles son los avales de nuestra industria? ¿Por qué las grandes multinacionales deciden producir en España y no al otro lado de la frontera?

Cada empresa tiene sus argumentos. En Bayer ponen en valor que las plantas españolas han sabido aumentar su eficiencia evitando paros y cuellos de botella y han reducido los consumos energéticos para compensar sus altos costes. Además, tienen muy presente su condición de puente con América Latina. EADS valora la larga tradición en el sector aeronáutico, su tecnología y, también, unos costes de producción aún menores a los de otros países centroeuropeos.

Nissan, por su parte, defiende que España es “el mejor destino de la zona” por su situación geográfica estratégica y por su experimentado parque logístico. La japonesa, que no fabrica ni en Francia ni en Portugal ni en Marruecos, llegó a España en 1983 y apuesta por seguir invirtiendo aquí en lugar de movilizar en la región las grandes inversiones que supone levantar nuevas fábricas. “España dispone de profesionales bien cualificados, con mucha experiencia y tanto o mejor preparados que los que podemos encontrar en otro país europeo”, defiende Frank Torres, vicepresidente de operaciones industriales de Nissan en España.

Industria4Estos casos con nombres extranjeros y apellidos españoles ponen de relieve que hay argumentos suficientes –históricos y más recientes– para creer en nuestra industria y avanzar. Hay unanimidad en que, aunque queda camino por recorrer, después de seis años de crisis, España está cambiando y está ganando competitividad –en 2012 se situó en el puesto 36 de la clasificación del Foro Económico Mundial frente al 42 de 2010–. También, es más productiva. “En 18 meses se ha recuperado la mitad de la productividad perdida en años”, destaca Barrientos. “El sector se está reestructurando, se está haciendo más pequeño pero más saneado, lo que le abre la puerta a internacionalizarse, vía exportaciones”, asegura el economista del IE Business School, Juan Carlos Martínez Lázaro.

Las reformas y los ajustes exigidos por Bruselas empiezan a dibujar otro perfil industrial que los economistas ven decisivo de cara a ese proceso de reindustrialización clave para sobrevivir. Hay que saber dar más peso a la producción frente a un sector servicios dominante (el 65% del PIB) que ha demostrado demasiadas fragilidades en la crisis. “La industria es el pulmón de la economía, el principal soporte de las exportaciones y un gran motor para nuestro crecimiento presente y futuro”, defiende José María Bonmatí, director general de Aecoc, la patronal de la distribución.

La transformación depende del engranaje de piezas renovadas. La principal es la rebaja de los sueldos. Los salarios bajos, que se presentaron como el gran reclamo de la España industrial tras el Plan de Estabilización de 1959 y la adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1986, se dispararon en los años 90 y en los 2000, lo que provocó la deslocalización de muchas fábricas hacia Europa del Este y, sobre todo, Asia. “Industrias como la textil se dejaron llevar por la cultura del pelotazo y salieron fuera para producir más barato”, recuerda el presidente de la Federación de empresas de confección (Fedecon), Ángel Asensio.

España entró entonces en la lista de los países que ya no eran baratos para producir y no supo preservar su industria con fórmulas como la apuesta por la calidad. “Los costes laborales se habían convertido en un freno que hemos rectificado en los últimos años, los hemos ajustado, lo que nos sitúa en mejor posición para competir”, destaca Bonmatí.

La flexibilidad laboral –avalada también por la reforma de febrero de 2012– es la otra gran pieza para  recuperar posiciones, dicen los expertos. “La cultura de la negociación tiene una importancia decisiva”, apuntan en Anfac. Las automovilísticas lo saben.

Sin embargo, para que la cadena de montaje funcione, España tiene que fomentar la cultura industrial y no puede dejar de lado la puesta a punto constante de otras piezas. El coste del agua es una asignatura pendiente y hay quien exige reglas más claras. “Hay poca claridad en el marco regulatorio energético”, advierte el catedrático de la Pompeu Fabra especialista en política industrial Benito Arruñada. “Las normas españolas, a veces difíciles de cumplimentar, hacen que algunas empresas crucen el Estrecho”, avisa el catedrático Carlos Molina del Pozo.

Pero el componente que hay que cuidar por encima de todos es la I+D. En EADS defienden que España tiene el know how. “Hay mucha tecnología y fabricamos marcas premium”, recuerda Barrientos. Tenemos cabeza, no sólo manos y apostar por la innovación en tiempos de recortes es clave para atraer nueva inversión.

Ningún país está quieto, pero los papeles en la región siguen estando más o menos repartidos al poner en la misma ecuación las palabras salarios y capital humano. Cada uno juega sus cartas. “Francia tiene una mano de obra tanto o más cualificada que la nuestra y gran potencial en bienes de equipo, pero los salarios son más altos”, asegura Ruiz Devesa. Si miramos al oeste y al sur, los costes laborales son menores, pero la capacidad productiva y competitiva también. “Para invertir no hay otra filosofía sino el costo”, defiende el consejero económico de la Embajada de Marruecos en Madrid, Abdelfattah Lebbar, haciendo valer su principal atracción para la inversión. En Aecoc le rebaten: “Siempre aparecen nuevos actores que pueden ofrecer condiciones más ventajosas”.

Con estos elementos sobre la mesa la conclusión, según Ruiz Devesa, es clara: “España tiene que jugar a ofrecer la mejor relación calidad-precio, a ser el actor del escalón intermedio en su entorno. No tiene la mano de obra más cualificada ni la más barata, pero tiene que cubrir ese hueco”.
Nuestros vecinos tienen más fortalezas y flaquezas. Francia saca pecho por el aval que supone ser la segunda potencia europea: no ha vivido un rescate en primera persona y tiene mayor estabilidad política y económica que España y Portugal, además de una larga trayectoria industrial. Además, hace gala de su situación estratégica y de compartir idioma e historia con el Magreb.

Portugal ofrece un modelo industrial vinculado a la producción para otros mercados. “Esto nos ha permitido tener volúmenes y estructuras que tras la crisis aún sobreviven por su sector exportador y de servicios a terceros”, defiende Eduardo Henriques, consejero económico de la Embajada de Portugal en Madrid. Henriques vende, además, que algunas de las grandes confían en su país por las condiciones logísticas y una cualificación en aumento. También tiene sus aliados: es el nexo con emergentes como Brasil o Angola, los Palop o países de lengua portuguesa.

Marruecos, por su parte, defiende el made in Morocco porque se trata de un mercado de 35 millones de habitantes en expansión, ­con mucho por hacer, con importantes acuerdos de libre mercado con los países árabes y EEUU y con ventajas fiscales para el inversor extranjero. De hecho, ha centrado la mayor parte de su actividad industrial en dos zonas francas dedicadas a mercados internacionales: Tánger y Casablanca. “Estamos camino de ser una gran fábrica tras el impulso a los sectores del automóvil, aeronáutica y textil”, defiende Lebbar. Sin embargo, las dudas que despertó en la región la primavera árabe y una seguridad jurídica más cuestionada que la europea restan.

En España no hemos sido ni somos la fábrica del Sur de Europa, pero el listón hay que ponerlo alto porque sobran argumentos para poner las máquinas a punto. Martínez Lázaro lo tiene claro: “Si aprovechamos nuestras oportunidades tenemos un futuro espléndido y, si vamos por delante, es difícil que nos hagan daño”.