Economía

Unificando los relojes y la agenda política

Las elecciones alemanas están a la vuelta de la esquina. Las certezas de las posibles alianzas de partidos que esbozan los sondeos y las encuestas de hoy no son garantía para saber, de antemano, quién será el vencedor. Es en estos momentos cuando uno se pregunta por qué Europa, con una superficie de 10,3 millones de kilómetros cuadrados incluida Rusia [más que Estados Unidos, que roza los diez millones] necesita tantos procesos electorales discontinuos y si no sería bueno unificar los períodos electorales, sincronizando así los relojes políticos de sus países miembros.
Sé que no es fácil que esta idea sea aceptada pero, a pesar de ello, creo que es interesante abrir este debate. Sé también que tendrá muchas pegas porque atenta de alguna manera contra la flexibilidad y las libertades de elegir los tempos de cada uno de los procesos democráticos de los países que constituyen Europa pero, si fuese posible, creo que mejoraríamos mucho la toma de decisiones europeas y la estabilidad de las mismas gracias a las economías de escala.

Todos hemos leído y visto numerosas propuestas con sentido, tales como crear una unidad europea de regulación financiera, una unidad fiscal y homogeneización de impuestos, un gobierno europeo central más fuerte y con mejores líderes, iniciativas de igualdad de género para aprovechar el talento de todos. De hecho, todos estos factores tienen que ser considerados para superar esta crisis, que no es sólo financiera, y que requerirá de una toma de decisiones políticas oportunas, de un marco regulatorio igual o por lo menos similar para todos los países miembros y de un verdadero compromiso de buen gobierno y comportamiento ético.

Me parecería muy interesante, y hasta imprescindible, el tener a mano un análisis económico de la pérdida de tiempo, dinero y esfuerzos que se producen cada vez que hay una nueva elección, y Europa tiene que esperar al próximo partido/líder de uno de sus países miembros y a su compromiso con lo firmado por él o por su predecesor. Sería un reto para algunos de nuestros economistas y politólogos de cara a entender el coste de esta realidad disfuncional, en mi opinión. Esto no ocurre en Estados Unidos y por ello este coste múltiple por los distintos tempos, que paraliza proyectos, decisiones y alianzas, no está en sus presupuestos. No sólo los procesos no están sincronizados, sino que pueden tener distintas agendas si son las parlamentarias, las municipales y autonómicas, o las presidenciales y ocurre en más países de los que nos imaginamos.
Este año nos hemos visto y aún nos veremos inmersos en varios proceso electorales, que nos han hecho detener los ritmos de administrar y gestionar a la espera de algunos resultados. Por ejemplo, Chequia celebró elecciones en enero; Italia, en febrero; Malta, en marzo; Islandia, en abril; Bulgaria, en mayo… Noruega, Alemania y Austria las tendrán en septiembre y Luxemburgo, en octubre. El más importante si cabe, dado el liderazgo que ha tomado en los años de crisis de Europa, es el proceso alemán, con la incógnita correspondiente de si ganarán o no Angela Merkel y sus aliados.

Sincronicemos los relojes políticos de Europa, ahora que estamos inmersos en la redefinición del proyecto común. Así, después de cada elección simultánea, podríamos tener cuatro o cinco años de estabilidad, cualquiera que sea la longitud elegida por los miembros para la duración de los mandatos. Gobernaríamos sin sobresaltos inesperados asíncronos –por cambios casi continuos de los representantes clave, como ocurre hoy– ni nuevas incertidumbres de nuevos reglamentos o invalidaciones de decisiones adoptadas en el pasado reciente, debido a los cambios importantes en la arena política cada tres meses. Seamos innovadores en ello.Hagámoslo, aunque no se haya hecho antes, por razones de eficiencia, eficacia y, sobre todo, por sentido común. Una agenda electoral compartida por todos los miembros de la Unión Europea liberaría más recursos, energía, contribuciones y fondos económicos y humanos para generar un crecimiento social, económico y tecnológico más importante del que podríamos imaginar.