Tecnología

¿Por qué nos cuesta tanto atraer talento?

Mientras las grandes potencias de la innovación se asientan en la investigación de los grandes proyectos científicos del futuro, España no consigue diseñar un sistema atractivo para que los profesionales más valiosos vengan, se queden y aporten su sabiduría para que el país sea punta de lanza de la I+D. A continuación le explicamos los problemas que urge resolver cuanto antes.

Siete millones de investigadores y 1.000 billones de dólares de inversión –multiplique por mil para obtener la estratosférica cifra en euros–. Así es la foto de la I+D en el mundo según la Royal Society, una prestigiosa institución que elabora un exhaustivo informe en el que a España se le ve más bien poco. Si se bucea entre sus páginas, se puede ver con más nitidez el decidido posicionamiento de las grandes potencias mundiales. Estados Unidos capitanea la inversión, con 400.000 millones de dólares anuales dedicados a I+D pública y privada –2,8% del PIB–. Reino Unido, Japón, Alemania y Francia se unen al país norteamericano para representar el 59% del dinero global invertido en ciencia. China aumenta desde 1999 un 20% su inversión anual, con el objetivo de que llegue a ser el 2,5% del PIB en 2020 –en 2007 era el 1,44%: 100.000 millones de dólares–; Brasil se pone como meta situar a la ciencia en el 2,5% del PIB en 2022 –en 2007 era el 1,4%–; Corea del Sur en el 5% –3,2% en 2007–… Frente a ellos, España invierte 14.184 millones de euros en I+D –cinco veces menos que EEUU–, un 1,33% del PIB, y un 2,8% menos que el año anterior. ¿Podemos competir así? Los expertos consultados para este reportaje lo ven difícil.

La crisis está acentuando la tradicional pobre apuesta de nuestro país por la ciencia y la atracción del talento, que adolece de importantes problemas estructurales. El primero es la falta de visión a largo plazo. “En España no hay pensamiento estratégico. No existe planificación. Y no hay país que se precie que no haya pensado por dónde van a ir los tiros de aquí a veinte años para poder llevar a cabo alguna transformación profunda. Ahí es donde el talento es importante”, señala Beatriz Presmanes, jefe del Área de Programas de Investigación en la Dirección General de Universidades e Investigación de la Comunidad de Madrid.

Cuando así se ha hecho, esta experta cree que se han visto los frutos. Un ejemplo claro es la industria nuclear, que se puso en marcha en España hace treinta años y convirtió al país en un referente internacional en este terreno. El Gobierno creó la Junta de Energía Nuclear –hoy Ciemat, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas–. Se formó a personal especializado y se envió a los lugares donde estaba el mejor conocimiento –Francia, Estados Unidos..–. A través del Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial –CDTI–, un organismo gubernamental, se invertía en el CERN, institución europea dedicada a la investigación en temas nucleares. En justo retorno, recibía contratos que al principio eran de poco valor, pero poco a poco fueron subiendo de categoría. La evolución del conocimiento ha ido traduciéndose en el surgimiento de empresas como Abengoa o Sener, hoy ampliamente reconocidas y con negocio internacional –a través del CDTI también se ha invertido en la Agencia Espacial Europea, terreno más cercano a Sener–. En el plano opuesto estaría la inversión llevada a cabo en el campo de las energías renovables. Tras un periodo de tiempo liderando los ingresos mundiales en este campo, las dificultades regulatorias los han hundido diez puestos. Así es difícil convencer a alguien para que invierta.

Si se trabaja bien en la visión estratégica, se crean polos de conocimiento interesante en el país, que son los que atraen la inversión y a los investigadores. En esta línea tratan de trabajar instituciones como Biogune en el País Vasco, ICREA en Cataluña o los IMDEA en Madrid, que intentan contratar al mejor talento internacional. Biogune está presente en una región que tradicionalmente ha sacado partido de la I+D. En el País Vasco se han reconvertido sectores como el relacionado con la máquina-herramienta y se ha creado industria. Ahora, con Biogune, se han impulsado institutos de investigación en áreas que consideran estratégicas, como la biomedicina y la innovación tecnológica.

Un 80% de foráneos. ICREA ha contratado 294 investigadores extranjeros en sus doce años de existencia, que luego pone a disposición de instituciones como el Centro de Regulación Genómica –CRG–. Esta organización, reconocida a nivel mundial en el campo de la medicina personalizada, posee un 75% de personal de fuera de nuestras fronteras. IMDEA Networks realiza I+D+i puntera en telecomunicaciones, y para ello requiere de investigadores internacionales. De hecho, el 80% de su plantilla –50 empleados– es foránea. Cualquiera de estos centros constituye una voz autorizada para medir si somos un país atractivo para el talento, y no se crean que se les ve muy contentos. “Con la Marca España se habla mucho de marcas, de jamón, de folclore, y poco de ciencia. Nunca se ha hecho una misión científica: mostrar diez centros en embajadas, por ejemplo. No se vende que en España hacemos investigación potente”, señala Luis Serrano, director del Centro de Regulación Genómica. La visión contrasta con la que recuerda Beatriz Presmanes sobre Estados Unidos. Desde hace décadas, allí no solo es habitual presentar los principales centros científicos, sino ponerles en contacto con empresas que puedan comercializar sus productos. En el Ministerio de Economía piensan que están haciendo los deberes. “Participamos en los principales proyectos internacionales. El año pasado aportamos casi 100 millones de euros, algo que abre las puertas a nuestros investigadores a proyectos como el desarrollo de la energía de fusión que desarrolla el proyecto ITER“, apunta Israel Marqués, subdirector de Recursos Humanos para la Investigación de la Secretaría de Estado de I+D+i.

El entorno que se ofrece al investigador tampoco es el más apropiado. Estados Unidos mima especialmente este aspecto, y por eso le va bien. Cuenta con centros de prestigio, una oferta atractiva de puestos, medios, posibilidad de formar un buen equipo… En España contamos con algunas de estas dimensiones, pero nos fallan otras de cajón. “Allí ofrecen contratos claros, durante un periodo concreto y unas condiciones que siempre se cumplen. Aquí, si se recorta el presupuesto, una línea prevista para cinco años se puede quedar en tres y medio”, señala Beatriz Presmanes. Este asunto es fundamental, pues entra dentro de las prioridades de los científicos: estabilidad, condiciones de trabajo claras y tranquilidad para hacer su trabajo. “El salario es importante, pero no es lo único”, añade Presmanes.

A estas dificultades de entorno hay que añadir otras, como las de los visados. IMDEA Networks ha contratado más de diez investigadores anuales de media durante los últimos años, la mayoría de ellos extranjeros. A cada plaza se presentan en torno a 75 candidatos de cuarenta países, lo cual demuestra que hay interés por venir a España. El problema es que luego no lo tienen fácil. La última Ley de Ciencia ha supuesto una mejora muy sustancial, pero aún queda margen. Un visado requiere la recopilación de una documentación extensa y la realización de varios pasos secuenciales, que se traducen en un resultado largo y costoso. “En nuestra experiencia, la gestión de un visado requiere entre cuatro y ocho meses. Obviamente, no responde al dinamismo de nuestros días, y supone un importante handicap para poder competir con otros centros y países para la atracción del mejor talento. Esta circunstancia puede llevar a perder oportunidades, con el impacto negativo que esto supone para la competitividad y la economía del país”, señala Arturo Azcorra, director de IMDEA Networks.

El idioma es otra de las dificultades a las que se enfrentan los investigadores. El CRG recibe a sus médicos con un libro blanco de médicos que saben inglés, el NIE –número de identificación para extranjeros– de la Policía, explicaciones en inglés sobre cómo hacer la declaración de la Renta… Los e-mails y seminarios son en idioma anglosajón. Pero no es suficiente. “Tendría que haber personas que supieran este idioma en los ayuntamientos, la Policía y el aeropuerto”, dice Luis Serrano. Esta circunstancia también afecta a los hijos, que sufren una limitación importante en estos casos. “Recuerdo cuando el Instituto de Prospectiva de Sevilla dijo que iba a poner en marcha una escuela internacional, y no lo hizo. Los que se preocupan por la educación de su hijos, se van”, dice Beatriz Presmanes.

Asuntos como los planes de pensiones y la seguridad médica también son un lastre. “Aquí te mueves y pierdes muchos derechos, mientras que en Estados Unidos es un tema solucionado. Tenemos reglas de juego que no permiten que los profesionales se establezcan”, indica Presmanes. Tampoco les ayudan a hacerlo las dificultades en la carrera profesional. “Programas como el Ramón y Cajal –ofrece 100.000 euros por plaza a quien contrate investigadores jóvenes nacionales y extranjeros– han sido un éxito, pero luego no hay hueco para quedarse. La universidad es muy endogámica”, señala Juan Antonio Cabrera, responsable de Inteligencia y Prospectiva del Ciemat. Y es una pena. La aportación de jóvenes extranjeros a través de programas como el Ramón y Cajal o ICREA ayuda a plantearse nuevos temas, diferentes a aquellos sobre los que se investiga habitualmente.

Como se ve, España tiene muchos asuntos que solucionar. Buena parte de ellos tienen que ver con detectar en nuestro país oportunidades de investigación que puedan servir como parte de redes de innovación internacionales. Una buena oportunidad habría sido la alerta volcánica acaecida en la Isla del Hierro hace dos años. “No se contó con investigadores que podían haber ayudado a actuar mejor. Además, se perdió la posibilidad de utilizar el evento como un experimento a escala real imposible de reproducir en los laboratorios. Científicos de prestigio internacional conectados con nuestros investigadores habrían colaborado encantados”, dice Presmanes.

La agilidad en detectar esas oportunidades será clave. Los países que más apuestan por la I+D son cada vez más proclives a investigar en los sitios oportunos. Es el caso de Francia, que ha invertido en un centro de investigación sobre enfermedades tropicales en Túnez. Allí tienen los casos y reunen la experiencia que puede resultarles más útil.

Las grandes potencias de la I+D desarrollan su capacidad de observación en todo el mundo, pendientes de los lugares y los investigadores que pueden hacerles ganar dinero. No cabe duda de que entre ese talento hay españoles. Una prueba clara es la infraestructura de observación del espacio construida por el Instituto de Física Teórica, que le ha permitido ganar un contrato en Estados Unidos. Investigadores españoles ayudarán a un centro americano a transformar su observatorio tradicional en uno de materia oscura, disciplina en la que son especialistas. Lo harán con telescopios que simulan ojos de insectos, y a través de nanotecnología. También es conocido el caso de Francisco Guínea, un investigador que hace veinte años no quería ni oir hablar de la aplicación del conocimiento científico a la empresa, y que ahora es uno de los grandes referentes del grafeno, que muchos sitúan como el material del futuro. Como ven, en nuestro país hay talento suficiente para desarrollar investigación de altura, y que sirva de atracción para investigadores extranjeros. Ahora solo falta resolver los problemas y empezar a sacarle partido, con una estrategia coherente y a largo plazo.