Economía General

¡Viva el mal, viva el capital!

Me estreno hoy en las páginas de Capital con una propuesta. Propongo que el arriba mencionado lema de la Bruja Avería – la rimadora del programa infantil de los años 80 “La Bola de Cristal”- se convierta en el lema de mi columna. Lo hago con la intención de analizar cada mes el retrato del capitalismo hecho por una obra de la cultura popular (película, serie, libro, canción…).

Salvo que resuma alguna novela de Ayn Rand (cosa que no creo que haga), supongo que las obras criticaran al capitalismo. Esto explica la sorna con la que he elegido el lema de la columna. Dicho esto, el sesgo anticapitalista de la industria cultural de un sistema capitalista evidencia más las virtudes que los defectos del sistema. Y es que la economía y la cultura necesitan las mismas libertades políticas –en particular, de expresión e intercambio- para florecer; un sistema que incentiva la crítica de sus cimientos ideológicos genera la libertad necesaria para crear prosperidad.

Hecha esta introducción, estreno la columna con una película: “El Lobo de Wall Street”. A los que nos gusta el cine de Scorsese, una estructura basada en la narración del protagonista -a menudo a cámara- de su propio auge y caída recuerda a “Uno de los Nuestros”. ¿Coincidencia? No creo. Scorsese recrea conscientemente el mundo de los stockbrokers y de los banqueros de inversión como sucedáneo del de los clanes mafiosos.

En manos de Scorsese, ambos mundos se basan en la lealtad; una lealtad que une a un pequeño grupo de personas con poco que perder y las envalentona para enfrentarse y derrotar a los demás. La riqueza de los mafiosos y de los agentes de bolsa se acumula a base de violar tanto a la ley como a la moral. La empresa de Belfort (el protagonista del “Lobo de Wall Street”) es una máquina diseñada para engañar. Toda venta es una victoria para ella y una derrota para sus clientes.

Belfort trabaja más bien poco. De las tres horas que dura la película, como mucho dedica media hora a trabajar. Y su trabajo se centra en inspirar a sus trabajadores, es decir, en motivarlos para engañar a sus clientes. De leer, escribir, estudiar balances y acometer otras tareas financieras, nada de nada.

Aparte de esta incongruencia, el paralelismo entre los modelos de negocio mafioso y financiero no acaba de funcionar a causa de la violencia. La mafia se puede permitir vivir de delinquir gracias a la violencia. La coacción sirve para resolver problemas derivados, por ejemplo, de que haya clientes que no quieran entregar voluntariamente su dinero o de competidores más eficientes que arrebaten parte del negocio. Pero, ¿se puede basar un modelo de negocio en engañar indefinidamente al cliente sin violentarlo como, al parecer, hace Belfort?

“El Lobo de Wall Street” desemboca en la previsible caída de su protagonista. Ésta se achaca a cuestiones de lealtad (puesta a prueba, como no, por una investigación policial); Belfort primero se niega a abandonar a su grupo y, luego, es traicionado por sus más cercanos. Es una explicación acorde con el modelo mafioso de la película. Pero, si hubiese sido cierto que los clientes de Belfort no eran más que unos engañados en serie, Belfort habría fracasado al final. El planteamiento moral de la película exige que Belfort caiga traicionado y no arruinado. Ahora bien, por mucho que sus críticos definan al capitalismo en términos de explotación, lo cierto es que éste se basa en una premisa profundamente moral: que los intercambios sean libres y voluntarios.