Economía General

¿Vamos a cuidar estas tiendas… o no?

Almudena Zarco vivirá una situación de calma tensa de aquí a final de año. Por un lado está tranquila. La administradora de su local, donde su familia regenta la Bisutería Otero desde 1905, le dice que 2015 queda muy lejos. La casera sostiene que llevan muchos años juntos, y que no va a haber ningún problema con el alquiler. Y por otro, ella es consciente de que la legislación cambia a final de año, no sabe si podría permitirse un precio más caro, y está hablando con abogados y otras personas que le asesoran, por lo que pueda pasar.

Sería una pena que se perdieran este tipo de establecimientos, en los que uno puede ver cómo entran personas de cualquier procedencia para comprar artículos exclusivos. Peinetas, abanicos, pendientes… “Es curioso ver cómo te preguntan: ¿son auténticos? Pues claro que sí. Aquí tenemos material muy bueno. La gente sabe a lo que viene, y que los abanicos de los chinos no son de calidad”, señala Zarco.

Pero, si nadie lo remedia, muchos de estos comercios echarán el cierre, como consecuencia de unos alquileres que los arrendadores podrían actualizar a precios de mercado a final de 2014. En ese momento vencerá la prórroga de veinte años que la Ley de Arrendamientos Urbanos –LAU- de 1994 concedió a los locales con contratos firmados antes del 9 de mayo de 1985. Hasta ahora, la ley forzaba a los propietarios a mantener unos alquileres que a menudo eran irrisorios. “No tiene sentido que haya comercios que estén pagando 30.000 euros al mes y justo al lado otros abonen 1.500 euros”, señala Jon Rodríguez, director de locales comerciales de JLL -antigua Jones Lang LaSalle- Cataluña. Por eso, si consideramos el punto de vista de los arrendatarios, no es de extrañar lo que dice Rodríguez: “Hay propietarios con muchas ganas de que se produzcan esos vencimientos y los contratos se pongan al día”, explica.

Como se pueden imaginar, no todo es blanco o negro en esta situación. Con independencia de las posibles subrogaciones, la clave está en los traspasos. Para aquellos producidos dentro de los diez años anteriores al uno de enero de 1995, el contrato se prolonga hasta el 1 de enero de 2020. Para los efectuados después de esa fecha, “la redacción de la ley se presta a confusión, pues el legislador garantiza dos duraciones mínimas alternativas: de diez años o hasta el 1 de enero de 2015, sin especificar cuál es la que prevalece de las dos”, señala Teresa Campuzano, abogada de la Asociación de Establecimientos Centenarios y Tradicionales de Madrid. “Serán los tribunales los que, a partir de enero de 2015, tengan que dar su interpretación. Pero lo cierto es que, en principio, el camino está abierto, y la judicialización de la discusión supondría un alargamiento de la vida del contrato más allá del 1 de enero de 2015”.

Mientras se produce un desenlace u otro, los que participan en el contrato tratan de llegar a acuerdos amistosos. “Hay personas que llevan treinta o cuarenta años con los propietarios de los locales donde trabajan. Son buenos inquilinos y siempre han sido buenos pagadores. Lo normal es que negocien con ellos para adecuarse progresivamente a las nuevas rentas, y así lo están haciendo”, señala Rodríguez. Algunos ya han conseguido buenos tratos. “Una conocida perfumería de Serrano pagaba 6.000 euros de alquiler al mes y le subieron a 30.000 euros. No podía permitírselo, pero les compró la tienda un americano que vendía camisas, y ha quedado muy bien”, señala Zarco.

Lo ideal es “que cada uno luche por su negocio y que los clientes compren y no se quejen luego por la desaparición de estos locales de proximidad ”, señala Alberto Mejías, cofundador de Emblemàtics, que pretende preservar los oficios y comercios emblemáticos, cerca de 400 en Barcelona y muchos más en Cataluña. “Cada comerciante debe defenderse”, añade. “Cada uno debe pagar su renta, pero se debe hacer sostenible el negocio con el soporte de las instituciones. El ayuntamiento debería mediar cuando no puedan hacerlo, pero también hay muchos comercios bien situados que pueden pagar más y no lo desean, causando también algún perjuicio al propietario de los muros”, afirma. Lo cual no quita para que personas como él se interesen en conservar este tipo de establecimientos. Mejías comenzó a hacerlo en 2006. Aquel año, este singular arquitecto y egiptólogo, que nació en Roma por casualidad y ha vivido por todo el mundo, llegó a Barcelona y comprobó cómo estaban empezando a cerrar sitios. “Me encontré con Carolina, que formaba parte de la sexta generación de una familia de floristas, en Las Ramblas. Logré que sus quioscos no desaparecieran y en cambio prestan un servicio y se conservan hoy dignamente en el Poble Espanyol”, señala.

Lo que Mejías ha hecho, básicamente, es hablar con políticos. “Sin ellos no se puede hacer nada”, afirma. Primero le escucharon en el PP. Un logro para una persona que se considera más bien socialista. Luego Convergencia y Unión, que puso manos inmediatamente en el asunto; también reaccionaron todos los grupos políticos que se unieron milagrosamente para pensar en una pronta solución. Al mismo tiempo habló con los comerciantes, con periodistas y todos comenzaron a trabajar unidos. Se montó una web y se intentó hacer un museo virtual… Y se han ido consiguiendo cosas. La más importante, una prórroga de un año en la aplicación de la Ley de Arrendamientos Urbanos para estos comercios en Barcelona.

Para Mejías, victorias como ésta son todo un logro de los comerciantes de los locales emblemáticos por su reivindicación. Como tantos otros, es un entusiasta de los edificios y establecimientos locales, tanto de Barcelona como de Madrid. “Soy un enamorado de Sol, de Recoletos, del Café Gijón… Cuando llego a Madrid, me siento en el centro del universo. La Puerta de Alcalá me pone los pelos de punta. El Templo de Debod me parece la octava maravilla del mundo”, dice. Por eso le afectan tanto los que considera cambios mal hechos. “Recuerdo cuando iba a las cafeterías de Nebraska hace cuarenta años. Hoy son locales sin alma y con olor a frituras, y que venden todo tipo de productos”, dice. O de los bocadillos que comía en Cibeles hace treinta y cinco años, los churros y las porras o las modificaciones de edificios, como el que había en el cruce de Prim con Recoletos, “en donde han puesto un banco con una arquitectura muy pobre para la zona. ¿Cómo pueden cargarse esas obras de arte?”.

La gastronomía, los edificios singulares o los comercios son los que dan sabor, ambiente y personalidad a cada localidad. “Somos elementos estabilizadores de la ciudad. Éramos capaces de perder dinero con tal de no cerrar el establecimiento legado por nuestros abuelos”, dice Ángel Manuel García, presidente de la Asociación de Comercios Centenarios y Tradicionales de Madrid. “Es verdad que en torno a la plaza Mayor se abren tiendas, pero cierran más. Pocos de los locales de nuevo cuño duran más de un año”, añade. García es otro de esos ejemplos de lo que un comercio centenario aporta a una ciudad. El establecimiento que regenta está situado en la calle de La Sal desde el año 1880. Su padre se hizo con él después de la Guerra Civil. Era representante de Omega en España, pero el conflicto le dejó en un país destrozado y sin posibilidad de importar relojes. Tuvo que cambiar un empleo privilegiado para la época por la “esclavitud” del comercio centenario. “Económicamente no le compensó. Trabajaba solo cinco días a la semana, algo que entonces no hacía nadie en España, y ganaba dinero. Aquí pasó a estar con horarios sin límites. Si mi padre viera ahora a mi hija y a mis sobrinos en su tienda, pensaría que el esfuerzo le había compensado”, dice Ángel Manuel. Pero las tiendas antiguas, especializadas, funcionan y dan estabilidad a la ciudad. El negocio no solo ha sobrevivido todo este tiempo. “Vendemos un 40% más que hace pocos años”, asegura. “La crisis ha hecho mella, sobre todo, en competidores que han cerrado y, como consecuencia, nuestros clientes han aumentado”, añade.

García afirma que ha vendido “millones de relojes”, y que ahora le compran muchos extranjeros, en la tienda física, y en Internet. Los guías turísticos paran en su tienda, algo que le viene bien, pero además él tiene sus propias herramientas de marketing. Por ejemplo, un relojero autómata diseñado por Antonio Mingote, ubicado en lo alto de la puerta, que funciona todo el día. Le ocurrió una curiosa anécdota: “Antonio nos dijo que no le parecía bien que estuviera el relojero con los ojos abiertos toda la noche, sin poder dormir. Nos gastamos un dineral en modificarlo para darle gusto. Pero ya está más que amortizado. Lo han sacado en todas las televisiones”.

Este cariño por los detalles es el que distingue muy a menudo a los locales antiguos de los de nuevo cuño. “En mi tienda, por ejemplo, no sabes por dónde entrar, y creo que es eso que a la gente le gusta. Los nuevos locales han de ser abiertos, con mucha luz, etc.”, dice Almudena Zarco. Por eso, ella intentará que se respete su fisonomía, algo que dependerá del acuerdo al que consiga llegar con la casera. Y de que quien siga el negocio, cuando ella no esté, considere que conservarlo tiene un valor. “No creo que mi hija continúe. Aunque le gusta, está estudiando Derecho, y necesita algo que le dé más estabilidad”, dice Zarco.

Las personas no están en la tierra eternamente, así que la continuidad de estos negocios, tal como son, dependen de que los propietarios y el ayuntamiento vean o no un interés en perpetuarlos. Mientras las ciudades deciden si consideran a estos establecimientos parte de su oferta turística, y los protegen, o no, los comerciantes se quejan de que se podría hacer más por ellos. “El Ayuntamiento no nos ayuda nada. En esta calle hay un desperfecto desde hace varios días y no se arregla. En Cataluña sí parece que hay más unión”, lamenta Almudena Zarco. “Milagros, del Restaurante Lhardy, ha tenido un indigente durmiendo delante de su escaparate, donde los turistas se hacen cientos de fotos”. “En Las Cuevas de Luis Candelas se presentó la policía con chalecos antibalas para pedir la documentación del trabuco del bandolero que tienen en la puerta, con el que los turistas se hacen fotos continuamente y que lleva sesenta años allí”. Los comerciantes, sin embargo, están fritos con algunas inspecciones. No hay coordinación entre departamentos, y cada dos por tres les van a revisar algo; “siempre parece faltarnos algún papel”. “Están pendientes de esos asuntos y menos de resolvernos otros problemas”. “La Plaza Mayor y su entorno está dejada de la mano de Dios”. Son frases que se oyen. De todos modos, no siempre ha sido así. “Álvarez del Manzano nos trató con mucho cariño. Y Tierno Galván hizo sus cosas. Aunque tuvimos enfrentamientos, entendía y apoyaba al comercio centenario”, señala Ángel Manuel García.

Hoy nos aseguran que la alcaldesa está en la mejor disposición. Parece cierto. De hecho, “ya han puesto en marcha una ventanilla única para nosotros que acelera toda clase de cuestiones municipales, como las relacionadas con las licencias”. Puede que vayamos por el buen camino. Sin duda, sería una buena señal que los comercios centenarios recibieran el mejor apoyo en Madrid, y que este buen ejemplo se extendiera a otras ciudades de España. Así se conservaría un tesoro que marca la identidad del país. “En Barcelona, por ejemplo, hay farmacias de 1516 y de 1598. Tienen un patrimonio tan enorme y una historia tan extensa, que solo cuando desaparezcan nos daremos cuenta de lo que teníamos”, señala Alberto Mejías. Sería una lástima. Pero, para evitarlo, los implicados tendrían que decidir si merece la pena solucionarlo y ponerse, todos, manos a la obra, sobre todo las propias tiendas. “En Barcelona tenemos la suerte de contar con cronistas de la ciudad que nos recuerdan el patrimonio perdido y nos ayudan a luchar para preservar el actual, como Lluis Permanyer, Joan de Sagarra… Seguro que en Madrid y en todos los lugares de España existirán auténticos preservadores de nuestro valioso patrimonio cultural y comercial”, sostiene Mejías. Como reconoce Ángel Manuel García, “intentaremos defender a todos los comercios pero, lo primero, es aceptar que tenemos que adaptarnos a una nueva situación”.