General Opinion

El BCE, actor de misterio

El Banco Central Europeo (BCE) anunciaba el pasado día 22 de enero un plan de compras de activos por valor de 60.000 millones de euros mensuales a partir del próximo mes de marzo, plan con una extensión como mínimo hasta el mes de septiembre de 2016: el tan deseado QE europeo. Era una medida muy esperada por los mercados, aunque la cantidad inicialmente prevista fuera inferior, compras de activos por valor de 50.000 millones de euros al mes. El presidente del BCE nunca ha ocultado su temor a que la inflación en la eurozona no repunte; como su principal objetivo es mantenerla ligeramente por debajo del dos por ciento, el programa de compras continuará mientras no se alcance esta cota. Pero no se trata tan solo de inflación: Europa arrastra otros problemas como desempleo, escaso crecimiento (en un momento en que los países desarrollados, léase Estados Unidos, muestran una recuperación de la crisis previa bastante solvente) y una deuda desorbitante en la mayoría de estados miembros.

Esta es la sinopsis de la película, y la trama está todavía por desarrollarse a pesar de que el guión está más o menos elaborado. Había que decidir el grado de participación de los actores principales, y si iba a haber una participación activa del elenco de actores “secundarios”; también, qué activos estarían dentro de los “comprables”, y el grado de participación de los mismos. Pues bien, se ha decidido que cada país asuma el grado de responsabilidad a partir de sus propios Bancos Centrales en un 80% según el PIB de cada uno con respecto al PIB total de la eurozona, y que el resto del riesgo sea compartido entre todos (20% de “compras mutualizadas”, compras hechas por el BCE). Y lo más importante, los activos a adquirir no serán solo los catalogados con grado de inversión sino que se rebajan los requerimientos, por lo que se da cabida también a países que por el contrario no entrarían en el plan (Grecia, por ejemplo).

Una vez explicada la teoría, hay una cuestión clave en todo esto que debemos plantearnos: si las medidas tendrán reflejo en la economía real, o por el contrario se limitarán a alimentar y reactivar unos mercados sedientos. Por un lado, el reflejo en los mercados financieros es claro: las ingentes compras de duda pública hacen que los bonos tengan una rentabilidades tan reducidas que los inversores prefieran buscar otras alternativas con mayor horizonte de rentabilidad: básicamente, Bolsa. Además, la consecuencia del plan es la debilidad del euro: al traducirse en mayores beneficios empresariales, a la larga esto es también positivo para los mercados de renta variable. Ahí tenemos dos razones más que poderosas para justificar unas buenas perspectivas para la renta variable europea.

Pero por otro lado, si la demanda de crédito a nivel doméstico no se recupera, de poco servirá la liquidez disponible. De ahí la necesidad de crear medidas reales que redunden en la economía de a pie, que es la que al fin y al cabo debe ser el motor de la recuperación y el bienestar, para evitar una mayor polarización de la sociedad (latinización de la economía, ¿les suena?). Pocas oportunidades históricas va a haber tan claras para ello, con disponibilidad de dinero barato y abundante y con un petróleo en mínimos de los últimos dos lustros. Como apunte, la recuperación del crecimiento en Estados Unidos se está produciendo por un aumento de la demanda interna, no lo olvidemos. La banca tiene la gran responsabilidad de trasladar todo esto a la economía real, y no sacar tajada como en planes anteriores por medio del carry trade. Algo suena a distinto de todas formas en esta ocasión, ya que con este QE la diferencia entre tipos a largo y a corto se reduce, por lo que deja menos margen de maniobra a la especulación de los bancos privados.

El traslado a los mercados ya está teniendo lugar, al menos en su fase embrionaria: desde el día del anuncio, sin tener en cuenta las subidas de los días previos al empezar a descontarse el mismo tras las especulaciones previas, la renta variable europea ha tenido revalorizaciones de en torno al 5-6 por ciento, y todo indica que continuaran las subidas si las actuales “piedras en el zapato” (Grecia, conflicto Rusia-Ucrania) no suponen un impacto mayor del cada vez más descontado por el mercado. La estructura de los índices bursátiles sigue siendo alcista, y en ella debemos seguir confiando mientras no haya razones para pensar en lo contrario. Algunos sectores se verán más beneficiados que otros, en concreto aquellos que están muy endeudados como el constructor al tener acceso a un crédito más fluido y barato, y si en la economía real empiezan a verse señales de mejora, aquellos sectores formados por empresas ligadas a la evolución de la demanda interna y por tanto a la mejora del consumo. Nos espera un año muy interesante….