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Cómo conquistar al público más exigente

Ponerse delante de un auditorio, e intentar impresionarles, es una tarea de lo más ardua. ¡Que se lo pregunten a Joaquín Sabina! El conocido como miedo escénico puede ser un arma de destrucción masiva hacia nuestra propia persona. Pero si sabes manejar bien tus aptitudes, es posible que impresiones a la audiencia más exigente. Esto es lo que debes hacer, y lo que debes olvidar en el baúl de los recuerdos.

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MINUTO UNO

Si se prepara a conciencia la presentación, parte del recorrido estará ganado. Pero si, aun así, te tiemblan las piernas, no te preocupes. Primer consejo: hay que ganarse al auditorio, a los presentes, desde el minuto uno. ¿Cómo? Llamando la atención desde el principio. No se trata de hacer el tonto, ni que tropieces, ni nada de eso. Basta con una anécdota, o con una vivencia personal, que pueda resultar interesante. También puede servir que aportes algún dato trascendente, o mejor todavía, plantea a todos aquellos que te ven un problema… y que intenten resolverlo. De esta manera se generan una serie de expectativas que darán lugar a una solución razonada.

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ALIADOS

Ya lo dice el refrán: si no puedes con ellos, únete a ellos. No, no se trata de que te bajes a la sala de butacas, y te sientes a su lado. Es algo diferente. Veámoslo con un ejemplo. Supongamos que alguien te hace una pregunta incómoda. Es posible que no sepas la respuesta, que no quieras contestarla, o que no estés seguro de lo que quieres decir. ¿Solución? Dirígete al público, que sean ellos quienes den la contestación. De esta forma, matarás dos pájaros de un tiro. Porque, de una parte, evitarás que te pillen en lo que dudas y, de otra, quedarás como un rey al hacerles partícipes.

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EL CUERPO

Seguro que los presentes pondrán sus orejas al estilo Dumbo para no perder ni un ápice de lo que sale de tu boca. Incluso es posible que gracias a tu oratoria les dejes perplejos. ¡Impresionante! Pero todo puede irse por la borda si no tienes en cuenta otra serie de parámetros y condiciones. De todos ellos, quizás el más importante sea tu propio cuerpo. Porque, y eso no hay que olvidarlo nunca, el cuerpo también comunica. ¡Y de qué manera! La expresión corporal es tan, o más importante, que la oral. Recomendaciones: evita posturas cerradas, como cruzar los brazos, y rígidas, como permanecer en la misma posición durante todo el tiempo. ¡No eres una momia, ni una estatua!

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IMÁGENES

En infinidad de ocasiones, multitud de personas recurren a imágenes para hacer más comprensibles sus argumentos. Correcto: el material gráfico atrae la atención, ayuda a la comprensión del tema, y es como una especie de panal de rica miel al que todos miran. Pero no conviene abusar del mismo. Si es excesivo, puede llegar a abrumar, a saturar, a hacer que el auditorio pierda el interés. Es un apoyo para quien expone, pero va dirigido a quien escucha. Si te decantas por esta opción, no acompañes a los gráficos con mucho texto. Leer puede ser la mejor manera de que el auditorio se despiste. Y lo que no se debe hacer jamás de los jamases es utilizar la pantalla como ‘chuleta’. Hay que explicar lo que se muestra en ella, no leer lo que allí está escrito.

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PREPOTENCIA

Soy el mejor, y lo que digo va a misa. ¡Error! Y de los mayúsculos. El ‘porque yo lo digo’ puede ser el principio del fin. Aunque uno sea el mejor de los mejores, aunque uno domine el tema ‘de pe a pa’, aunque sea una eminencia (en una palabra), hay que evitar la prepotencia. Si se afirma una cosa, si se acompaña de un dato estadístico o la cita de un personaje conocido por el auditorio, se tendrá mucho camino ganado. Ya lo decía el poeta: caminante, se hace camino al andar. Hablar sin pruebas es como predicar en el desierto. Al final, nadie te escuchará.

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EN BLANCO

Puede ser el peor de los momentos. Llevar todo preparado el dedillo, haber repetido la presentación cientos de veces, estar convencido de que todo va a salir a la perfección y, de repente, los nervios nos juegan una mala pasada y todo se va al garete. ¿Qué hacer? Lo primero es no perder los nervios, valga la redundancia. Después, respira con toda la tranquilidad del mundo. Si piensas que hay que pedir un minuto al respetable, hazlo. Su comprensión puede ser tu aliado. Ese minuto debes aprovecharlo para ‘rebobinar’. Es decir, vuelve hacia atrás y haz un pequeño resumen de lo que has dicho hasta entonces. Ese puede ser el ‘trampolín’ que necesitas para volver otra vez a ponerte en marcha… y así continuar.

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MIRA A TODOS

Si alguna vez has tenido que hablar en público, y lo has hecho con los nervios a flor de piel, es más que probable que en tu ‘perorata’ hayas dirigido tu mirada hacia una sola persona. Es normal. Cuando estamos de los nervios, hablamos mirando solo a un punto en concreto. Consecuencia de esta forma de actuar, es que ese ‘objetivo’ se sienta intimidado, mientras que el resto del personal se sienta ignorado. La solución es muy sencilla: lo que hay que hacer es mover la vista, de un lado para otro, de acá para allá, para que todos se sientan bien.

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DISCURSO

Es posible que, en infinidad de ocasiones, hayas repetido el mismo discurso ante diferentes públicos. Públicos que nunca son iguales. Por eso la palabra mágica es adaptación. La táctica del camaleón, que dirían algunos. Es decir, prepara tu discurso según sea la audiencia. Se puede adornar, hacer más sencillo, más o menos técnico… Y una vez lo tengas claro, habla sin titubeos ni rodeos. Si adaptas el lenguaje, es más fácil que te entiendan, que te comprendan, que sepas lo que dices. Y, si es así, mostrarán mucho más interés, te harán preguntas la mar de interesantes, y la presentación será tremendamente amena. No solo para ellos, también para ti.

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OLVIDO

Antes de salir al ‘escenario’ es conveniente que te hayas preparado la ‘actuación’ al dedillo. Has hecho una preparación previa que te ha llevado tu tiempo. Tu discurso lo tienes perfectamente estructurado. Cada cosa está en un sitio, y hay un sitio para cada cosa. Tienes un material estupendo, donde no falta nada. Por tanto, nada puede fallar. Tienes que decir cada cosa en el momento oportuno y adecuado. No hay excusas. Nada se te puede olvidar. Nunca digas, al final de tu sesión, que olvidaste mencionar algo. Eso puede echar por tierra todo el trabajo previamente llevado a cabo.

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CONCLUSIÓN

Todo ha salido a pedir de boca. Estás súper contento con el trabajo llevado a cabo. Ves en los ojos de los presentes que tus palabras les han convencido. ¡No lo eches todo a perder! A la hora de presentar las conclusiones, estas deben ser breves, concisas, sin irse ‘por los cerros de Úbeda’. No es el momento de improvisar, ni mucho menos de lanzar otro nuevo discurso que se alargue en el tiempo. Conviene no divagar. Por eso, hay que finalizar de manera rotunda, con una conclusión que les deje impresionados. De esta manera, dejándoles con la boca abierta, lo que conseguirás es motivarles y que el turno de preguntas se eso, preguntas, y no un silencio en el que nadie se atreve a decir nada.

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