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¿Funciona o no la globalización?

Nadie dudaba en la década de los 90 de los grandes beneficios que iba a traer este fenómeno. Con el paso del tiempo, se han abierto paso los que discrepan, aunque aún sigue teniendo muchos partidarios.

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El Nobel Stiglitz no ve que marche bien

Joseph Stiglitz explica en este vídeo que la globalización iba a en teoría a reducir las diferencias entre los ciudadanos de todo el mundo, pero en la práctica las ha ensanchado. El Nobel de Economía en 2001 ve que este fenómeno ha progresado de un modo asimétrico. Algunos países se han beneficiado especialmente, pero los más pobres del mundo han visto aumentar su desgracia. El Nobel se pregunta qué hay que hacer para que la globalización funcione.

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China ha sido la gran beneficiada

La situación de los más pobres puede haber empeorado, pero también muchos han podido abandonar esa situación en los últimos treinta años. La buena noticia se debe sobre todo a China. 600 millones de personas han dejado de vivir allí en esa situación precaria. Según nos cuenta Miguel Otero, investigador principal del Real Instituto Elcano, “los datos no serían tan buenos” si se excluyera a este país. “Estamos más o menos igual que hace treinta años”, dice.

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Los avances ayudan a diversas regiones

La globalización de la tecnología ha permitido que países de África se salten fases en su desarrollo: las comunicaciones móviles son más baratas que las de cable, y están siendo una herramienta importante para la mejora del bienestar de estos países. De todos modos, mirando a otros terrenos, “a los países en desarrollo les favorecería mucho más la ausencia de restricciones comerciales que la recepción de ayudas procedentes de países desarrollados”, afirma Javier García-Verdugo, profesor titular del Departamento de Economía Aplicada de la UNED. “El problema es que el sector primario europeo no puede, en general, competir con los costes de producción agrícola de los países en desarrollo“, añade. En opinión de Javier Díaz-Giménez, profesor del IESE, el lastre es que “no hay suficiente globalización. Los agricultores no quieren globalizarse. Si se acabara con los subsidios, mejorarían los salarios de los agricultores del tercer mundo“.

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Los grandes también sufren los efectos de la globalización

La caída de la industria del automóvil en Detroit es una de las muestras más evidentes. La apertura a los fabricantes japoneses le ha dañado considerablemente. Si pensamos en España, podemos recordar cómo los astilleros coreanos arrollaron a los nuestros. “Hay que valorar, sin populismos, si el beneficio excede a los costes. Para eso están los estudios de sustitución de productos. Dos países se benefician más en su comercio si no compiten en todo, si son complementarios”, señala Javier García-Verdugo, profesor de la UNED. Valorados estos aspectos, cuesta creer que la apertura de los mercados no favorezca al comercio. “Es difícil encontrar a alguien a quien le haya ido mejor con la autarquía. A Corea del Norte no le ha ido mejor que a Corea del Sur; a Cuba no le ha ido mejor que a Puerto Rico”, sostiene Javier Díaz-Giménez, profesor del IESE.

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Falta más globalización en los derechos humanos

Si países como Pakistán o la India reclaman la rebaja de los aranceles pero no cumplen con los estándares de trabajo que deben cumplirse en otros países (trabajo infantil, por ejemplo), se produce una situación de competencia desleal. Si la normativa china es distinta a la europea en términos de medio ambiente, se produce una desventaja injusta en costes que han de afrontar los países que sí se preocupan por estos temas. Además se produce un daño para el planeta. En todos estos aspectos hay que avanzar.

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¿Llegarán poco a poco a todos los efectos de la globalización?

No está claro. “En inglés se llama Trickle Down Effect: la filtración hacia abajo”, explica Miguel Otero, del Real Instituto Elcano. “Margaret Thatcher decía que, cuando la marea sube, todos los barcos suben. Da igual que sean grandes o pequeños. Hay muchos que dicen que esto no es verdad. Los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres“, añade.

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¿Impuestos a los ricos?

¿Deberían los Estados hacer algo más en favor de la redistribución de la riqueza? Históricamente ha sido parte de su tarea. Según Miguel Otero, del Real Instituto Elcano, la globalización ha traído más paraísos fiscales y menos impuestos. “En los años 70-80, los impuestos para los tramos superiores en los países desarrollados eran de un 85-90% de la renta. Si cobrabas un millón de dólares, Hacienda se llevaba 900.000. Era la doctrina keynesiana, heredada de Bretton Woods, que establecía el control de capitales, y que la riqueza del país fluyera de las clases superiores a las inferiores”, explica. Posteriormente se pensó que ese fluir se podía hacer a nivel privado, a través de la filantropía. Los ricos ejercerían la función del Estado por medio de donaciones y obra social. ¿Ha sido positivo este cambio? “Yo voy bastante a Estados Unidos y, aplicando esta doctrina, los aeropuertos, las infraestructuras, los hospitales y las escuelas están como están”, dice Otero.

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¿Cómo se redistribuye la riqueza entonces?

La literatura económica no llega a acuerdos. Hay quien dice que no se reparte bien; otros, que no se ha repartido suficiente, pero se va a repartir; otros que no se distribuye bien porque el Estado no lo hace bien, y lo que hay que hacer es quitar al Estado del medio para que el mercado reparta la riqueza. Las respuestas dependen de las distintas teorías económicas de los gobernantes: keynesiana, austriaca, etc.

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La importancia de las instituciones

El papel de los organismos transnacionales será clave para que la globalización funcione. En este sentido, hay entidades que han desarrollado un buen trabajo y otras que no. “La Organización Mundial del Comercio (OMC) es la institución que más ha hecho. Es la más legítima y democrática. Cada nación tiene un voto, mientras que el Banco Mundial o el FMI funcionan por cuota”, señala Miguel Otero, del Real Instituto Elcano. Este experto añade que la OMC ha gobernado los aranceles y arbitrado conflictos y los países han respetado sus resoluciones en los tribunales. En el plano contrario estaría el FMI. “Su papel ha sido muy criticado a la hora de abordar las crisis financieras de los últimos veinte años“, señala Javier García-Verdugo, profesor titular de Economía Aplicada en la UNED. “Al funcionar por cuotas de países, sus medidas están condicionadas por los que mandan. Como Estados Unidos y otros países tienen una influencia dominante, en ocasiones las recomendaciones del FMI han servido para que los activos empresariales de los países en crisis fueran adquiridos por inversores o grandes empresas extranjeras a precio de saldo”, afirma.

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¿Quién mandará en el nuevo orden mundial?

Los países que crearon instituciones como el FMI o la OMC parecen estar llamados a influir cada vez menos. Y los pequeños se rebelan. Quieren que EEUU y Europa levanten sus aranceles e imponer sus visiones y condiciones. La teoría de las relaciones internacionales se mueve en un gran debate: ¿es mejor tener una gran potencia que imponga las normas, que proteja las rutas marítimas y comerciales, o que haya un escenario multipolar, con varias potencias que se reparten la tarta? EEUU disputa su tradicional papel de policía mundial con otras potencias como China o Rusia, que buscan crecer en sus áreas de influencia. Cuando les interesa, no hay problema en trabajar unidos. “En África funciona una coalición de fuerzas frente a la piratería. Chinos, americanos y europeos cooperan multilateralmente de modo efectivo. El tráfico opera sin problemas”, señala Miguel Otero, del Real Instituto Elcano. Cada vez hay más problemas transnacionales que requieren la colaboración entre países: terrorismo, cambio climático, epidemias… Ninguna nación puede resolver sola estos problemas. Eso sí: cuantos más países lideren ese nuevo orden mundial, más difícil será ponerse de acuerdo.

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