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Marcas de los 80 que nos dejaron y que nunca serán olvidadas

¿Se acuerda de un grupo de música que se llamaba La Década Prodigiosa? Seguro que sí. Aparecieron en los 80 y tuvieron éxito haciendo popurrís de canciones de varias décadas. Ahora no suenan tanto pero todavía existen. Las marcas que os presentamos a continuación, por desgracia, ya no están entre nosotros. Pero siempre pervivirán en nuestra memoria.
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Los yogures Yoplait y Chambourcy, engullidos por la marca blanca
En los años 80, yogures Yoplait era un rival de peso para Danone. De hecho, en ocasiones se le adelantaba en las innovaciones, como con el primer yogur líquido (el Yop). Otras veces tocaba remar a contracorriente, como con el caso de los Petit Suisse. Yoplait contraatacó con Le Suisse y más tarde con Petit Yopsuisse. Poco a poco, la marca fue perdiendo terreno frente a Danone y eso fue fatal ante el auge de la marca blanca. Los supermercados empezaron a apoyar a sus propias enseñas para fidelizar a los clientes, con lo que el lineal se quedó pequeño para las segundas y terceras marcas. Solo quedaba sitio para el líder, en este caso Danone, y la MDD de turno. Eso puso la tapa del ataúd a Yoplait, que era popular también por sus promociones que se escondían debajo de la tapa, y a otras marcas. El otro ejemplo más recordado es el de Chambourcy. Un yogur diferente que tuvo auge en los 80 pero que no sobrevivió mucho más.
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Spectrum, Amstrad y Commodore, los reyes de los 8 bits
Nadie que fuera niño o joven en aquellos años podrá olvidar al mítico Spectrum con sus teclas de chicle. Tampoco al Amstrad, con su casete incorporado, o el legendario Commodore 64, el ordenador personal más vendido de la historia. Fueron los años donde los videojuegos dieron sus primeros pasos para convertirse en un entretenimiento de masas. Y eso que para cargar cualquiera de ellos era necesario esperar. Una labor que llevaba sus buenos 10 minutos en muchos casos. También habrá personas que ahora son programadores y que todavía tengan escondido en el trastero algún libro de programación en Basic. Todo ello quedó enterrado ante la llegada de las consolas como la Megadrive de Sega o la Super Nintendo. Los videojuegos encontraron otra plataforma más específica para ser disfrutados y las míticas máquinas de 8 bits desaparecieron.
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Aiwa, las cadenas de música más duras de la historia
Los que vivían en el Madrid de entonces seguro que se acuerdan de que para comprarse un buen equipo de música había que patearse la calle Barquillo. Ahora siguen existiendo tiendas especializadas, pero entonces era espectacular el número de ellas que había. En todas ellas había una marca que siempre estaba presente con varios modelos. Se trataba de la japonesa Aiwa. La marca tenía fama por la calidad de su sonido y, sobre todo, por la dureza de los equipos. Esta última característica la convirtió en imbatible y reinó durante esa década por encima de rivales como Sony. Pero el final del siglo XX y el comienzo del XXI le sentó fatal a la firma. Ya el auge del Cd no le había caído demasiado bien. Pero la explosión de los dispositivos digitales, con el iPod a la cabeza acabó por sepultarla. Eso sí. Por mucho que digan la música nunca se escuchará mejor que en esos equipos arcaicos. A veces la tecnología va hacia atrás.
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Telefunken, la calidad alemana no pudo hacer nada para derrotar a la horda japonesa
En los 80 había mucha gente que tenía el mote (apodo) de Telefunkem. Se trataba siempre de personas que tenían gafas grandes de pasta y con forma cuadradas. Curiosamente ese tipo de lente está ahora de moda. Pero en el pasado era sinónimo de risas. El motivo de semejante cachondeo era que las gafas recordaban a los televisores Telefunkem, que destacaban por sus pantallas de gran tamaño y por su prestigio, ya que el fabricante era alemán. Nada de eso sirvió ante la ofensiva comercial y tecnológica de fabricantes como Philips o Sony que se impusieron en las tiendas y condenaron a la marca al olvido. Otra víctima de la época fue Saba. Para terminar, sirva como curiosidad que la enseña Telefunken sigue existiendo pero su presencia es residual.
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Cheiw, Bang Bang, Boomer, Chimos… Víctimas de las compras y del sin azúcar
Qué levante aquel que ronde los 40 años y que no haya acabado con dolor de mandíbula mientras masticaba un Bang Bang. O que salte a la palestra algún dentista que no haya dado las gracias a todos los santos por la mera existencia de marcas de chicles como la ya comentada o Cheiw, Boomer. Y también los caramelos Palotes o Chimos. En los 80, las caries corrían a su antojo por los juveniles dientes de los chavales. Fueron unos años en los que el sin azúcar no era mayoritario. Pero las modas cambian y la preocupación de los padres provocó que los adolescentes cambiaran sus marcas de toda la vida por los más sanos Orbit o Trident. Eso condenó a estas enseñas. Bang Bang y Boomer pertenecían al grupo Agrolimen. En concreto a su división Joyco, que fue vendida a la multinacional Wrigley. El nuevo propietario no tardó en cerrar esas enseñas. Por contra, Cheiw o Palotes siguen existiendo y pertenecen a la misma firma que los creó, la ilicitana Damel. Aunque su presencia es más reducida que en el pasado.
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Talbot y Simca se quedaron sin gasolina
En 1966, Eduardo Barreiros introdujo el Simca 1000 en España. Tres años después llegó el 1200. Ambos cesaron su producción diez años después, pero si sale de la ciudad y se da una vuelta por cualquier pueblo es muy probable que todavía se encuentre con alguno de estos modelos circulando por carreteras secundarias y caminos. Y es que los Simca eran y son irrompibles. No ha habido coches que hayan durado más tiempo. El 1000 se hizo popular por la canción del grupo Inhumanos con el estribillo “qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000…”. Ni su dureza ni su popularidad evitó que esta marca perteneciente al grupo PSA (Peugeot Citroën) desapareciera. Algo similar le ocurrió a Talbot. Modelos populares como Horizon, Solara o Samba también fueron sustituidos, aunque no olvidados.
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Polaroid arrinconada ante la imagen digital
Lo primero. La marca Polaroid todavía existe. Aunque no tiene nada que ver con aquella firma que nos regaló en los 70 y los 80 esa cámara que hacía fotos de forma instantánea. Su tecnología nos hacía olvidarnos del revelado y era el cacharro ideal para dejar constancia instantánea de los mejores recuerdos. ¿Qué ocurrió? Pues que se fue quedando en el olvido ante el auge de las nuevas lentes que daban mejores instantáneas, aunque éstas si que necesitaban del proceso de revelado. La llegada de la imagen digital acabó sepultando esta máquina y casi se lleva por delante a una enseña legendaria, que ahora lucha por encontrar su lugar en el mundo fotográfico del siglo XXI.
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TCR, el gran rival de Scalextric
El fabricante americano Ideal Toys diseñó en 1977 un concepto de circuitos que tenían varias ventajas sobre los populares Scalextric. La principal es que los coches no se salían del circuito ni circulaban sobre raíles. Eso permitía disputar carreras mucho más reales, con adelantamientos incluidos. Se llamaba TCR y llegó a España en 1980 para disputar el liderazgo del sector a Scalextric. Durante un tiempo lo consiguió y no fue por ser más baratos sino por la ventajas ya comentadas. El precio de un circuito básico eran 8.000 pesetas (40 euros) de las de entonces. Uno con un trazado más elaborado podía ascender a 15.000 pesetas (90 euros). Con el paso de los años, el TCR fue perdiendo la carrera. Y lo hizo por su escasa fiabilidad. Los coches y las pistas se estropeaban cada dos por tres y la gente regresó a la tradición del Scalextric. A día de hoy existen muchos coleccionistas de TCR, que comercian con coches a través de ebay.
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Zapatillas Tórtola, las quiero y no puedo
¿Tuvo usted unas Tórtola en los años 80? Si la respuesta es afirmativa siento decirle que su familia no tiene tierras ni el dinero por castigo. Estas zapatillas creadas por el fallecido zapatero ilicitano Pérez Ibarra eran la imitación nacional de enseñas como Converse o Adidas y las únicas que se podía permitir la mayoría de la sociedad. Para los más adinerados estaban las enseñas americanas. El resto tiraba de los productos de esta firma llamada La Perdiz y la tórtola, que imitaban a la perfección a los competidores. Pero las Tórtola no eran solo copias y un gran ejemplo de cómo no se debe llamar una marca. Se trataba de unas zapatillas baratas pero que tenían calidad. Además eran duras como pocas y resistían el tute que los chavales le daban en la calle jugando a la pelota. No eran tan resistentes como las Jhayber, cuya suelo era casi de granito, pero se les acercaba bastante. Con el tiempo, la marca fue perdiendo fuerza para acabar desapareciendo en los 90.
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Papel higiénico El Elefante, cualquier tiempo pasado fue peor
Cuando se vuelve al pasado para recordar los productos de la infancia siempre salen a la luz los buenos recuerdos. Parece que por unos momentos, cualquier tiempo pasado fue mejor y que 35 años de avances tecnológicos lo único que han conseguido han sido complicarnos la vida. Pero esto no ha sido así en todos los casos. Un buen ejemplo lo tenemos en el papel higiénico El Elefante. Se trataba de unos rollos económicos que triunfaron en los 70 y parte de los 80. ¿Ventajas? Precio. ¿Desventajas? Todo lo demás. Para empezar nadie comprende la relación con el animal que le da marca. Bueno la verdad es que el nombre se lo puso la sociedad porque el producto no llevaba escrito nada que lo identificara, salvo el dibujo del elefante en rojo chillón. Segundo: el color del producto al quitarle el envoltorio era marrón, lo no es que sea el ideal para su cometido. Y tercero y peor. Se trataba de un papel recio y rugoso que no ayudaba nada a limpiarse. De hecho era una verdadera tortura. Por un lado era brillante y liso. Pero no tenía sentido utilizarlo por esa cara. La otra era parecida a un canto de río. Ah! Casi se me olvida. Se vendía en unidades y en el envoltorio ponía que tenía 400 hojas. Toda una proeza ya que se trataba de un papel que no tenía cortes. ¿De dónde se sacaban eso de las 400 hojas? Por suerte, el producto dejó de torturar a los usuarios hace 30 años.
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