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Barreiros y la bendita locura del Simca 1000

Todo lo que lleve motor. Así, de un plumazo, metáfora de una ambición, se resume el ciclo vital e industrial de un empresario que fue más allá de su época e hizo que el desarrollismo franquista de los Suanzes, López Rodó, López Bravo y compañía tomara cuerpo en forma de vehículo. Al volante, el culpable de todo ello, símbolo de un capitalismo emergente que no fue del todo bien entendido en aquellos años de apertura, no es otro que Eduardo Barreiros. Gallego de Gundiás, una aldea a unos 12 kilómetros de Orense, primero luchó por necesidad en el bando sublevado con apenas 17 años en la Guerra Civil, y más tarde tendría que vérselas también con las líneas menos aperturistas del régimen, enrocadas en la desconfianza ante el ímpetu del empresario. De Barreiros y su intuición son los motores diésel. Infinidad de modelos de camiones y vehículos de transporte. También los míticos Dodge Dart. Y, por supuesto, el Simca, en sus dos versiones, el 1000 y el 1000 GT, ambos de 52 CV.

En el verano de 1963, y sin saber a ciencia cierta quién buscó a quién, un Eduardo Barreiros con una trayectoria ya consolidada en el mundo del motor a través de toda una gama de vehículos industriales, daba el gran salto que estaba buscando. Se lanzaba a la fabricación de turismos. Y lo hacía a lo grande, de la mano de Chrysler, que ya participaba en la compañía francesa Simca y pronto lo haría en la británica Rootes. Inicialmente, el modelo que se decidió a fabricar fue el Dodge Dart, un coche medio en Estados Unidos pero todo un lujo sobre suelo español. Las previsiones de ventas, de hasta 15.000 unidades que saldrían de la fábrica de Villaverde (Madrid) en el primer año, pronto fueron rebatidas por la realidad de un país todavía paralizado por la esclerosis de la autarquía franquista. A la vez que el Dodge Dart, había que fabricar un utilitario de comercialización masiva, que llegase a un público mucho más general. Y así fue como nació el Simca español.

Simca_1000_Barreiros

A Barreiros Diésel no le resultó fácil comercializar el nuevo vehículo debido a la competencia de, por ejemplo, el Renault 8, que por entonces ya contaba con cierta fama en España. Los más pequeños Seat 600 y Seat 850 también se convirtieron en grandes rivales, considerados casi coches de la época. De modo que en 1966 sólo se vendieron 32.000 de los 50.000 Simcas que se habían previsto. Lejos de amilanarse, Barreiros anunció que pronto se fabricarían 68.000 unidades al año, en un intento de transmitir confianza al mercado y a sus socios de Detroit. A los Simcas fabricados en España se les incorporó un motor algo más potente, pero con la misma cilindrada de 944 centímetros cúbicos. Desde ese año, y hasta el fin de su producción (a978), a los vehículos se les fue dotando de mejoras para aumentar su rendimiento, confort y fiabilidad.

La principal consecuencia de la comercialización del Simca 1000 en España fue que se acortaron enormemente los plazos de entrega de los vehículos a los clientes: antes de 1966 el comprador tenía que esperar casi un año para recibir un vehículo tras haberlo solicitado. A partir de entonces, con el Simca de Barreiros, los pedidos se entregaban casi de inmediato.