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¡Cuidado con los morosos!

Los hay auténticos profesionales, mientras que otros llegan a serlo por motivos circunstanciales. Todos ellos tienen una auténtica batería de argumentos para dejar de cumplir con sus compromisos. Sepa cómo detectarlos y defenderse.

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MÁS DE TRES MESES

Los plazos de pago en los que las empresas hacen efectivas sus facturas se situó en casi 95 días durante el primer trimestre de 2015. Mientras que el retraso medio respecto a las fechas pactadas es de 17 días, según un estudio de Informa D&B. ¿Coste directo para el conjunto del tejido empresarial? 1.593 millones de euros. “Los periodos se han incrementado en casi cuatro días con respecto a hace un año. Administración como sociedades privadas están muy lejos de los 30 estipulados por la Ley”, afirma Nathalie Gianese, directora de Estudios de Informa D&B. Solo el 44% de los desembolsos se hicieron respetando lo estipulado.

No se trata de meros descuidos. Quienes no abonan el día del vencimiento son conscientes que no están cumpliendo con sus obligaciones. Y buscan vías de escape para rehuir o dilatar el pago. ¿Cuál es su retrato robot? Según Pere Brachfield, profesor de EAE Business School, “tenemos al moroso intencional, que compra con la idea de no saldar nunca, y el fortuito, que suele hacer frente a sus responsabilidad pero que en determinados momentos su tesorería no le permite satisfacer sus adeudos”.

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SE LE PUEDE PILLAR

Que un proveedor caiga en sus redes, sobre todo en el caso de los intencionales, es parte culpa suya. “Está fichado y se le puede pillar. Muchas veces sucede por no haber llevado a cabo un buen riesgo de crédito”, añade Brachfield. Este tipo de sujetos normalmente reside en una gran ciudad, vive en un apartamento de alquiler en el mejor barrio, y no tiene propiedades inscritas a su nombre en ningún registro público. “El deudor recalcitrante siempre está explicando que tiene nuevos proyectos empresariales que no tienen relación los unos con los otros y puede actuar bajo distintos nombres para cometer sus tropelías”, señala el profesor de EAE Business School. Incluso los más astutos llegan a utilizar sociedades limitadas como pantallas legales para ocultar su identidad y realizar sus negocios.

Por lo que respecta al fortuito, suele ir enviando señales constantes, como retrasarse en los pagos. “Hay que cubrirse con fiadores, con avales… El problema es que en España todavía se hacen muchos acuerdos sin firmar ningún tipo de contrato, solo de palabra”, advierte Brachfield.

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ESTRATEGIAS EVASIVAS

Aquellos que quieren ganar días o semanas para hacer frente a sus compromisos tienen multitud de argumentos para salirse con la suya. El primero de ellos es alegar que no les ha llegado la factura, o que los números que aparecen en la misma no son los correctos. Un segundo envío, lo más rápido posible, es la mejor forma de hacerle ver que está completamente equivocado.

No crea que con ello cobrará ipso facto. Es posible que entonces le reproche un defecto en la entrega de la mercancía, que se ha hecho tarde, o cualquier otra excusa. Si es así, no monte en cólera. Pregúntele si ya había planteado la reclamación o si es la primera vez (¡qué casualidad!) justo cuando llega el extracto. Y pídale pruebas. Si son vagas, dígale que no acepta sus objecciones y que efectúe el pago sin más demora. Y si tiene algo de razón, más vale corregir el entuerto.

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POR ACTIVA Y POR PASIVA

También es posible que le jure, por activa y por pasiva, que acabará pagándole. Pero no le dirá nada específico. Exija saber cuándo, cuánto y cómo cobrará la deuda pendiente. Hay que atar las operaciones, por ejemplo, con un documento como puede ser un pagaré o una letra de cambio que delimitará la fecha y el importe. ¿Dejarle de suministrar? Si hay por medio un texto, con una cláusula que te proteja, adelante. Si no, puede acusarte de incumplimiento. Es decir, peor el remedio que la enfermedad.

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LÁGRIMA FÁCIL

La lágrima fácil es otro recurso para demorar el compromiso. Sí, sabe que no está cumpliendo, pero sobre su ser han caído las diez plagas de Egipto y, por eso, le suplicará benevolencia. Escúchele, que se desahogue, pero no caiga en sus redes. Implicarse emocionalmente es sinónimo de derrota. Tras sus palabras, hágale saber que entiende el momento por el que está pasando, muéstrese solidario, pero a la par rotundo: sus tesis no son razón suficiente. Una buena salida es indicarle que se alegra por el hecho de haberle contando las razones del retraso y que se compromete a ayudarle buscando una fórmula justa y equitativa que haga posible que la nave llegue a buen puerto.

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TÁCTICAS DE ENGAÑO

Al igual que el futbolista que se tira dentro del área intentando que el árbitro ‘pique’ y pite penalty, el deudor puede utilizar la artimaña de decir que ya ha cumplido, o que lo hará inmediatamente. ¡Una falacia tan grande como un campo de fútbol! Solo es una treta más para ganar tiempo. Para desenmascararlo, lo mejor es solicitarle los datos del banco, número e importe del instrumento de pago. Dependiendo de la contestación, y de la propia cara, sabrá si le crece la nariz como a Pinocho, o no. Incluso, viéndose acorralado, correrá a salvar la deuda para no quedar como un embustero.

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MÁS EMBUTES

¿Otras técnicas de uso común? No ponerse nunca al teléfono, siempre ocupado, estar más desaparecido que ‘un chupa-chups a la puerta de un colegio’, echar la culpa a terceros… es decir, cansar al acreedor, destrozar su paciencia y sus nervios e, incluso, llegar a la violencia verbal para romper el diálogo y las negociaciones. Con ello, lo que pretende es alargar el tiempo y no pagar. Algo que tiene a mano ahora más que nunca. Porque en el pasado mes de junio el Congreso de los Diputados aprobó una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Civil por la cual las deudas prescriben a los 5 años, en lugar de a los 15. Asimismo dicta la imposibilidad de que el acreedor pueda interrumpir el plazo de prescripción por reclamación extrajudicial al moroso para evitar que la deuda caduque, como sucedía hasta ahora. “Hablando en plata, el moroso se espera tranquilamente cinco años y pasado este tiempo quedará legalmente liberado de la obligación de pagar sus deudas”, manifiesta Brachfield. O sea, deuda vieja, deuda muerta.

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