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Perspectivas globales 2016

El crecimiento mundial podría situarse en el 2,8% en 2016, levemente por encima del registrado en 2015 (2,6% estimado), aunque estos ritmos de avance de la actividad son claramente inferiores a los habituales en fases expansivas anteriores (3,5%/4%). La noticia positiva es que sigue sin haber indicios de agotamiento cíclico y el escenario más probable es que la expansión global continúe a corto y medio plazo. Por tanto, el riesgo de recaída recesiva que se percibe para el año próximo es limitado, pero las perspectivas, tras las últimas revisiones a la baja, representan ya más un escenario macroeconómico de continuidad que de mejora. En este sentido, parece que las principales economías han alcanzado los límites de sus motores tradicionales de crecimiento y se necesitan reformas estructurales para salir de este período de bajos crecimientos potenciales.

La inflación seguirá siendo demasiado baja en las principales economías desarrolladas y, aunque se estima una gradual tendencia ascendente, exceptuando en EEUU, no se espera que se aproxime a los objetivos de los bancos centrales durante 2016. Sobre todo si el precio del petróleo continúa por debajo de los 40 dólares por barril. Esta desviación a la baja de la inflación respecto a los objetivos explica que las políticas monetarias sigan siendo extraordinariamente laxas y acomodaticias: más de seis años después del inicio de la expansión actual, sólo la Fed ha empezado a retirar estímulos, mientras otros bancos centrales, como BCE y BoJ, lo más probable es que incluso los aumenten a corto plazo.

Un año más, dominan los riesgos a la baja sobre el escenario global, entre los que destacan la incertidumbre y las tensiones en los mercados financieros que generan el cambio de ciclo en la política monetaria estadounidense, el hundimiento de los precios de las materias primas y el enfriamiento de China. Además, a pesar de la madurez de la actual expansión global (2016 sería el séptimo año), la mayoría de principales economías no han recuperado margen de política económica, lo que aumenta la vulnerabilidad ante posibles shocks adversos.

En el caso de España, las previsiones apuntan a una prolongación de la fase expansiva en 2016, en la medida que la economía ha entrado en una inercia positiva de fortalecimiento del consumo, reinicio de los procesos inversores y creación de empleo. España tendrá así un comportamiento más dinámico que las principales economías de la zona euro. No obstante, los ritmos de crecimiento irán atenuándose, ya que el efecto expansivo de algunos factores, como la caída del precio del petróleo o la rebaja fiscal, se irá debilitando. De esta manera, el crecimiento medio del PIB podría situarse en 2016 en el 2,8% frente al 3,2% de 2015. De esta forma, el PIB finalizaría 2016 con un crecimiento acumulado del 8,9% desde el mínimo de mediados de 2013, pero aún un 1,2% por debajo del nivel existente al inicio de la crisis. En el mercado laboral también las proyecciones son positivas, con un crecimiento del empleo (EPA) del 2,7%, de forma que al finalizar el ejercicio la cifra de ocupados aumentaría en unas 450.000 personas, y la tasa de paro lograría descender por debajo del 20% en la segunda parte del ejercicio (20,3% de tasa media anual vs. 22,3% en 2015).

En cualquier caso, debemos ser conscientes de que las secuelas de una crisis tan intensa y prolongada, -como los niveles de la tasa de paro, pérdida de actividad y renta-, aún tardarán en disiparse. Los altos niveles de paro dificultan visualizar la recuperación económica para gran parte de los hogares, y volver a los niveles de ocupación de 2008 no va a ser fácil ni rápido. En este contexto es muy importante proseguir en la senda de corrección de los desequilibrios macroeconómicas como mejor garantía para el sostenimiento del ciclo alcista de actividad. Y para una economía con una posición deudora frente al exterior aún elevada, resulta aconsejable mantener un superávit de la balanza por cuenta corriente. En este sentido, compatibilizar crecimiento con corrección de desequilibrios exige un patrón de comportamiento más equilibrado entre demanda interna y externa, por ello debe ahondarse en el proceso de ganancias de competitividad y creciente internacionalización del tejido productivo. Es la clave, para evitar repetir los errores del pasado.