Economía General

Una bomba en las manos del presidente

La deuda pública española ha ascendido del 35% a casi el 100% del PIB en los siete últimos años por diversos motivos. La caída de la actividad económica ha traído más paro, menos empresas, menos recaudación y más necesidad de dinero para las prestaciones por desempleo. El déficit del 9% que dejó Zapatero no se ha reducido lo suficiente, y sigue engordando la deuda. Esa deuda produce unos intereses que hay que ir pagando. Y ese coste se suma a los propios del Estado: sanidad, educación, etc. Además, hemos tenido que abonar la reforma financiera: aunque es un porcentaje mínimo de la deuda total (apenas un 4%), es un dinero que no volveremos a ver.

Aunque el panorama no es alentador, las reformas y la mejora de la economía nos han dado más credibilidad fuera de nuestras fronteras. Eso ha permitido reducir nuestra prima de riesgo. El dinero que nos prestan hoy para poder cubrir nuestros gastos nos cuesta seis veces menos de lo que nos costaba en 2012. Ahora se trata de no pulsar algún resorte que pudiera llevarnos a una situación como la de Grecia.

Los inversores extranjeros perciben la reforma laboral como uno de esos resortes. “En otros países ya saben lo que hay. En el nuestro se producen interrogantes grandes. Y el inversor no quiere aventuras”, señala Juan Velarde, catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid. Sin un marco previsible, el inversor no vendrá; o se irá. Y eso es un problema. D. Juan tiene claro que las inversiones directas extranjeras han hecho tradicionalmente crecer mucho nuestro producto interior bruto. “Nuestro avance fue tan tremendo entre los años 60 y 73 que el FMI nos situó como el segundo mayor receptor de fondos tras Canadá”, señala. Por eso le da tanto miedo que nuestro mercado deje de ser atractivo.

En este capítulo entran también otras cuestiones, como limpiar nuestro sistema. Al profesor Velarde le asusta la carga que representan las autonomías. En ellas sigue creciendo el número de empresas públicas. Las trabas regionales hacen disminuir la productividad del mercado español. Las leyes cambian de una comunidad a otra, en plena discordancia con lo que se suponía que iba a ser Europa: un área de libre circulación. Y, por supuesto, hay que eliminar la corrupción. Según Velarde, nuestra posición en el índice de percepción de corrupción ha empeorado desde que empezó a calcularse: hace unos años estábamos al nivel de Francia, en el puesto 22. Ellos siguen en ese lugar y nosotros ya superamos el número treinta.

Dentro de esa corrupción, algunos ven clave atajar el fraude fiscal. “Supone entre un 6,5% y un 9% de nuestro PIB anual”, sostiene Santiago Niño Becerra, catedrático de Estructura Económica de la Universidad Ramón Llull. “Haría una amnistía fiscal en serio. No como la última, que fue una pantomima. Y, a partir de ahí, a sangre y fuego. Y hacer una reforma fiscal que redujera los tipos y ensanchara las bases. Por ahí se podían obtener más ingresos”, estima este profesor.

Antes de seguir recortando, este experto es partidario de analizar mejor si cada euro invertido lo es de manera eficiente. No tiene muy claro que así haya sido con los fondos europeos que hemos recibido en las últimas décadas. Y desde luego tampoco con las políticas de gasto público que se llevaron a cabo en la última época de Zapatero. “El Plan E fue un error garrafal. Alargar la agonía no sirvió para nada”, señala Niño Becerra.

Revisar los gastos, ajustar los ingresos y confiar en un crecimiento económico que nos llevara a ir reduciendo la deuda. En teoría, esa sería la estrategia lógica. Pero hay algunos matices. “Casi ningún país va a poder pagar su deuda”, estima Niño Becerra. “Los intereses, sí; pero el principal, no. Francia no puede abonar los dos billones de deuda que tiene”, afirma. Por eso este experto ve inevitable una compensación de la deuda, o una quita: un acuerdo a nivel global para llevarla a cabo. ¿Aceptarán los acreedores? “¿Qué es mejor: cobrar el 60% o nada?”, se pregunta Niño Becerra. Una pregunta arriesgada de imprevisibles consecuencias si el acreedor no está de acuerdo.

Lo mejor sería crecer para ir cumpliendo poco a poco con nuestros compromisos. Niño Becerra descarta que el PIB vaya a aumentar un 3-3,5%, “gobierne quien gobierne”. En su opinión, nos esperan unos años de crecimiento medio global muy bajo, inflación bajísima, desempleo estructural alto y un consumo medio reducido. “Diez-quince años de estar quietos: dando pasos, limpiando cosas y preparándonos para salir de esta. Hay que olvidarse de las soflamas políticas”.

Velarde coincide en parte con Niño Becerra. Sobre todo, si hay un cambio en la política económica. “La inercia podría durar unos meses, un año o derrumbarse como ocurrió antes con Zapatero”, señala.
Pero es más optimista. El profesor “toca madera” con el crecimiento previsto del PIB. Si la economía fuera bien, llevaría a reducir los tipos de interés de la deuda, aumentar la recaudación y eliminar “situaciones raras”, como un posible aumento del gasto público, que es lo que suelen hacer los gobiernos de izquierdas.

Al mismo tiempo, Velarde admite que la situación de España ha empeorado por el contexto. La crisis de China hace que se reduzcan las ventajas de nuestra renta de situación. Nuestro país está en una ubicación inmejorable para tener protagonismo en las grandes corrientes del comercio mundial. China entra en Europa a través de nuestras fronteras. Su parón puede tener consecuencias en nuestra economía.

Por otro lado, está la situación de Europa. Pese al acuerdo de última hora, Reino Unido mira con recelo a nuestro continente. Además, “Francia e Italia están estancadas, y Alemania tiene problemas por haber financiado demasiadas cosas raras. Europa no está en condiciones de decir ¡Vamos allá!”, señala Velarde.

En cualquier caso, como recuerda el profesor, será el sector exterior el que nos saque del atolladero. La situación española es muy diferente a la que se vivía en los tiempos de Cánovas del Castillo y Bismarck. El gobernante malagueño coincidía con el alemán en la necesidad de desarrollarse hacia dentro. Así surgieron en el país germano los acuerdos del acero y el centeno, el acero renano o el prusiano, que Cánovas se trajo a España en forma de pactos entre el trigo castellano y el textil catalán. Pero el proteccionismo ya no tiene sentido hoy en día.

Como señala el profesor Antonio Torrero, entrar en la Unión Europea podía ser discutible, pero, una vez que hemos entrado, mejor que no salgamos. El mercado europeo es nuestra principal área de exportación. El problema, como recalca Niño Becerra, es que el comercio internacional está congelado, y que la tasa española de exportación también se ha frenado en torno al 30%.

A esta incertidumbre en el terreno exportador hay que añadir que nuestro negocio principal, el turismo, no está exento de riesgos. Y que hay que mirar algunas cifras en detalle. “Es verdad que vienen más turistas, pero el gasto medio ha bajado”, lamenta Niño Becerra.

En esta tesitura, habrá que plantearse si no es el momento de abordar en serio ese debate mítico del cambio en el modelo productivo. “La reducción de los salarios y la precariedad del empleo llega hasta donde puede”, señala Niño Becerra. “Hay que tratar de que la productividad sea más alta, y de que produzcamos con más valor añadido. Para eso hay que invertir”, estima el profesor de la Universidad Ramón Llull.

El Estado no lo hará. Algunas empresas lo hacen. Y en cuanto a Europa, Niño recela de la realidad de propuestas como el Plan Juncker, del que hace tiempo que no oye nada.

Así pues, queda reflexión por hacer al próximo Gobierno. Pero la tarea no es nada fácil. Más aún cuando sobre el horizonte se ciernen amenazas como el futuro de las pensiones. La población española envejece, y el equipo de Rajoy ha reducido a la mitad la famosa hucha porque le faltaba liquidez. Algunos economistas lo ven normal: la hucha está precisamente para usarla en situaciones como la actual. No es un fondo de inversión. Pero pone sobre la mesa una variante clave que lleva a pensar en la urgencia de pensar en cómo habrá de ser la viabilidad de nuestro país. El futuro presidente tiene una bomba en sus manos, y tendrá que ser inteligente si quiere que no le explote.