Estilo de vida

Dispuestos a comerse la crisis

La industria del golf no se ha librado de la crisis y desde 2010 las licencias a este deporte han descendido cada año hasta perder casi un 20% de federados. Sin embargo, el sector tiene herramientas para reinventarse y múltiples alternativas de negocio. El turismo es una de ellas, y dentro de este amplio escenario, la gastronomía se ha convertido en la pista central.

Atrás quedaron los años dorados en los que no se notaba la desaceleración. Según la Real Federación Española de Golf, en 2010, dos años después del inicio de la crisis, se alcanzó en España el máximo histórico de federados con 338.588 licencias. A partir de esa fecha, el número no ha parado de caer y en 2017 eran 272.084, un descenso de 66.504 jugadores en ocho años, que, en todo caso, se ha ido moderando. En los últimos cuatro años la caída ha sido menor que en el año anterior, y en 2017 se han perdido 1.401 golfistas, un 0,5% respecto a 2016.

En estos años la pelea del sector ha sido intensa, y el turismo se ha convertido en un importante refugio con el millón de turistas extranjeros que acuden a nuestro país cada año para jugar al golf, un perfil muy atractivo para las empresas porque su gasto medio suele ser superior al de otro tipo de turista.

Uno de los reclamos más habituales para los jugadores es sin duda la gastronomía, una parte cada vez más cuidada en los campos de golf. Las ofertas gastronómicas, y los paquetes que incluyen jugar y comer, constituyen una puerta abierta para ayudar a ventilar la crisis y los clubes lo han añadido a su oferta de eventos.

Pionero en entablar esa relación golf y gastronomía fue Golf Lerma, que ofrece desde hace más de 20 años la opción de jugar el diseño de Pepe Gancedo y después comer cordero asado en el propio Club.

La iniciativa es exitosa y se ha repetido en otros campos resaltando precisamente el plato típico de cada zona. En Los Ángeles de San Rafael, el Club de Golf inaugurado en 2010 cuenta con un restaurante dirigido por el ‘chef’ Lali, y ofrece los judiones de La Granja, el cochinillo en su jugo y el laureado flan de queso. Una auténtica recompensa tras la batalla de 18 hoyos.

Los asados maridan muy bien con el golf, y en el norte de España un ejemplo es Navarra. En el Club de Campo Señorío de Zuasti cuentan con una ventaja añadida, y es el Palacio de Zuasti, un edificio del siglo XVI reformado por el arquitecto Patxi Mangado. Allí Rubén Cilleruelo, jefe de cocina, presenta el Gorrín denominación de origen Pío Navarro como plato estrella, y propone para empezar unas alcachofas con bogavante.

La apuesta por el buen comer se ha tenido también muy presente en Talavera de la Reina. Palomarejos Golf ha presentado hace unos meses una nueva Casa Club, esperada y muy bien recibida por los jugadores. Allí, la cocina de Isidro Gutiérrez tiene todas las comodidades para ofrecer un menú del golfista completo y muy demandado. Eso sí, lo más pedido es un postre fuera del menú, la ‘tarta de manzana con helado de la abuela’, un buen final para una jornada redonda.

El capítulo del cocido es otro mundo. Son muchos y variados los cocidos que se ofrecen en los campos de golf. Cocido montañés en los recorridos cántabros, el manchego en Layos (Toledo), o el madrileño en el Real Club de Golf de La Herrería, en El Escorial. Precisamente el ‘Cocigolf’ de La Herrería tiene el sabor especial de poder comer ante el Monasterio, una oportunidad única después de una partida en un recorrido muy turístico.

El golf se come la crisis a bocados, pero con una cocina cada vez más elaborada y adaptada al jugador. Gastronomía y golf buscan de la mano el camino del éxito.

 

Artículo publicado en el número de mayo de la revista Capital, que puede adquirir en el quiosco o en este enlace: https://bit.ly/2MWNcr9