Opinion

La proyección internacional del proceso independentista catalán

En el complejo, sorprendente e inconcluso desarrollo de la estrategia independentista catalana, la proyección internacional se ha configurado como uno de los elementos centrales y, sin duda, el que mejores réditos les ha dado a sus dirigentes, especialmente a los fugados de la jurisdicción de los tribunales españoles.

La internacionalización del “procés” se ha logrado gracias a una larga y constante actividad, planificada y realizada desde las instituciones autonómicas, siguiendo tres ejes fundamentales: a) la creación y difusión mediática de la marca Cataluña, netamente diferenciada cuando no abiertamente opuesta a la marca España; b) la implantación de una red de representaciones institucionales en el exterior, conocida como diplocat, capaces de llevar a cabo una eficaz diplomacia pública paralela o al margen de las representaciones diplomáticas permanentes del Estado, y c) la creciente utilización de recursos económicos de los presupuestos autonómicos para financiar el plan de internacionalización. A ello habría que agregar la negligente pasividad de los sucesivos Gobiernos del Estado y, en particular, del Servicio Exterior para limitar o controlar legalmente la aplicación de dicho plan.

La verdadera importancia política de esta proyección internacional debía apreciarse en el momento en que se llevase a cabo la secesión unilateral, siguiendo el ejemplo de la exitosa independencia de Kosovo de la República de Serbia.

En efecto, con la internacionalización se trataba de lograr dos decisivos objetivos políticos en el camino a la independencia: 1) la legitimación exterior de un referéndum de autodeterminación que se sabía ilegal de acuerdo con la legislación nacional, y 2) la mediación internacional que reforzara la precaria posición negociadora frente al Gobierno español, que los dirigentes catalanes eran conscientes que poseían, con el fin de lograr una secesión pactada e irreversible.

Hay que reconocer que sobre el papel el plan internacional era inteligente, factible y jugaba un papel crucial en la estrategia independentista de los dirigentes catalanes. Sin embargo adolecía de un serio error de planteamiento que a la larga se ha revelado fatal: el Estado español no es un país proscrito por la comunidad internacional, como lo era Serbia tras su participación genocida en las guerras balcánicas, ni Cataluña reclamaba su secesión tras una guerra civil internacionalizada tras la intervención de la OTAN.

En otras palabras, el éxito de la secesión kosovar indujo erróneamente a los dirigentes catalanes a pensar que la internacionalización del proceso independentista catalán tendría una respuesta similar. Pero la reacción de la comunidad internacional, empezando por la Unión Europea y siguiendo por potencias mundiales como Francia; Alemania; Reino Unido; Estados Unidos o Rusia ha sido la aplicación del principio de no injerencia en los asuntos internos, ignorando las solicitudes del Govern de la Generalitat.

El resultado político de esta falta de apoyo internacional, ha sido demoledor para las aspiraciones independentistas. Al mismo tiempo, la aplicación del art. 155 de la Constitución ha cercenado, temporalmente, la proyección exterior del proceso, a pesar de los esfuerzos personales de Carles Puigdemont por mantener mediáticamente la marca Cataluña.

Progresivamente el “caso catalán” va diluyéndose en aquellos medios de comunicación que tienen un impacto efectivo en las opiniones públicas internacionales, ante el peso noticioso de sucesos de mucho mayor alcance, como el riesgo de una guerra comercial entre Estados Unidos y China, la evolución de la crisis coreana, la retirada norteamericana del Acuerdo con Irán o la nueva rebelión palestina.

Tampoco está facilitando la credibilidad del proceso independentista las constantes discrepancias entre sus dirigentes y las esperpénticas propuestas de candidatos a la Presidencia de la Generalitat, que no se pueden entender en las cancillerías europeas y mucho menos justificar.

Las consecuencias se pueden ya apreciar claramente: la independencia catalana ya no es portada de los grandes medios de comunicación, los principales agentes económicos transnacionales siguen apostando por la unidad del mercado español y los gobiernos siguen considerando el “problema catalán” como un asunto interno. Es cierto que ello no significa que el movimiento independentista catalán sea considerado una amenaza, incluso es evidente que ciertos sectores políticos europeos mantienen una visión utópica y admirada del proceso, pero es difícil ignorar que su imagen exterior y su plan internacional han fracasado.

Rafael Calduch Cervera, Catedrático de Relaciones Internacionales Facultad de Ciencias de la Información Universidad Complutense de Madrid

Artículo publicado en el número de junio de la revista Capital, que puede adquirir en el quiosco o en este enlace: https://bit.ly/2kTjdUS