General Opinion

Para qué sirven las conferencias motivacionales

Hace 15 años que me dedico a dar conferencias. Es un trabajo vocacional. Me apasiona, pero también es un trabajo absolutamente sobrevalorado, y a los conferenciantes nos dan muchas veces un mérito que no tenemos. Yo no soy un conferenciante categoría “experto”, porque no tengo la capacidad de investigar, crear, inventar. No soy tan inteligente. Mi trabajo es muy fácil, mucho. Yo leo a los expertos, copio lo que dicen, lo pego en un PowerPoint y lo trasmito en mis conferencias. Copiar y pegar, ¡mira si es fácil! Por eso tengo poco mérito. Explicar es muy sencillo. El mérito está en aplicar, y ahí soy un principiante cada día.

Mis conferencias tratan de la importancia de nuestro estado de ánimo, de la alegría de vivir y de cómo desarrollarla en nuestra vida personal y profesional. Yo no soy ejemplo de nada. A quien mejor le ha ido escuchar mis conferencias es a mí mismo. Tanto escucharme, he interiorizado muchos conceptos. Siempre me ha sorprendido mucho que a las personas que asisten a mis sesiones les guste tanto escuchar cosas que son obvias, de sentido común, cosas que todos sabemos, pero he llegado a la conclusión de que desgraciadamente estamos en una sociedad muy necesitada de alegría, ilusión y optimismo. Chesterton decía que “no necesitamos que nos digan las cosas, necesitamos que nos las recuerden”, y ahí radica la importancia de las conferencias. Yo explico cosas que hemos escuchado cien veces, ideas que todos conocemos, pero, en una sociedad enferma de desánimo, necesitamos repasar los motivos por los que debemos vivir con alegría y recordar las cosas importantes de la vida.

Si hiciéramos una lista de las palabras que más nos han taladrado en el cerebro en los últimos años, sería lamentable: crisis, paro, corrupción, recortes, problemas políticos, etcétera. En este país no tenemos alegrías desde el gol de Iniesta. Si añadimos las dificultades que todos tenemos en el trabajo, nuestros problemas personales y los disgustos deportivos de los que somos aficionados a un equipo de fútbol, la conclusión es que estamos muy tarados, rodeados de merluzos que no sonríen y melones que se quejan de todo. Tenemos un virus invisible muy extendido en este país que es el virus del bufff. No sé cómo se escribe, pero existe y nos afecta a muchos. Y vivir así es asqueroso. Pero lo más grave es que nos dinamita el estado de ánimo, que es lo que verdaderamente nos mueve.

Vivimos de nuestro estado de ánimo, y no somos conscientes siempre de que cuidarlo es nuestra responsabilidad.

Hay muchas personas que empiezan un lunes deseando que sea viernes, que se despiertan a las seis de la mañana esperando que sean las seis de la tarde. Vivir así, desanimado, hace que saquemos lo peor de nosotros mismos, nuestra versión más mediocre, porque, cuando uno se desanima, le pone un poco menos de cariño a lo que hace, un poco menos de alegría, un poco menos de interés. Todos tenemos ese “yo” que va por la vida arrastrando los pies. Las conferencias te ayudan a recordar que ir animado nos hace sacar nuestra mejor versión, nuestras mejores actitudes y solo de esta manera sacamos lo mejor que llevamos dentro.

El concepto clave es “alegría de vivir”. Todos hemos experimentado alguna vez este sentimiento, y es una sensación fantástica, y el que la tiene, la tiene un lunes y un jueves, trabajando o jugando al ping-pong, y ese es nuestro estado normal. Tenemos que aspirar a vivir así, porque se puede y porque nos lo merecemos. Es irresponsable poner el estado de ánimo en manos del entorno. Tenemos que reaccionar y hacernos cargo de nuestra vida.

Lo que ocurre es que en esta sociedad hemos confundido lo habitual con lo normal; es habitual estar desanimado, pero no es lo normal. Pero si lo habitual es que muchas personas vivan esperando que sea viernes, no disfruten del trabajo, se quejen de todo y no sonrían, damos estas cosas por normales. Y no lo son. Cuando uno está “tarado” y vive constantemente rodeado de “tarados”, no se da cuenta de que está “tarado”. Hay personas que van por la vida con alegría y otras que van arrastrando los pies, y no es por genética: nadie nace cenizo. Pero hay personas que desarrollan esos hábitos que propone la psicología positiva para vivir con entusiasmo. Las conferencias sirven como revulsivo, te despiertan, son un chute de energía que te ayuda a reaccionar y afrontar la vida de otra manera. La vida no siempre es fácil y de vez en cuando nos golpea con un drama como una enfermedad, un fallecimiento, una situación económica muy difícil… pero, para los que no tenemos dramas, el derecho a perder la alegría es muy dudoso, y no podemos dejarnos contagiar por el pesimismo, la negatividad y el desánimo; porque, por este camino de resignación y conformismo, es solo una cuestión de tiempo que en nuestra vida queden únicamente tres palabras: amargura, tristeza y mal humor.

Victor Küppers, escritor, formador y conferenciante.

Artículo publicado en el número de junio de la revista Capital, que puede adquirir en el quiosco o en este enlace: https://bit.ly/2kTjdUS