Opinion

Nuestro incierto futuro

La tarea de un economista no es averiguar si habrá o no crisis futuras –porque seguro que las habrá–, sino ayudar al tomador de decisiones a que las fluctuaciones cíclicas sean lo menos agudas y duraderas y a que, una vez iniciado el ciclo a la baja, los efectos sean lo menos traumáticos posible y la recuperación sea lo más automática, espontánea y rápida. En nuestro caso, la economía española se enfrenta a un doble reto que podría traducirse en una crisis de consecuencias incalculables: una es de orden económico y la otra de naturaleza política. España está empezando a salir de la peor crisis económica en muchas décadas. Tuvo su origen en la irresponsabilidad de los banqueros centrales y sus políticas intervencionistas expansivas, y se hizo patente con la explosión de la burbuja hipotecaria norteamericana que arrastró a todo el sistema financiero mundial. Pero, aunque el origen fuese exógeno, las consecuencias especialmente graves para España de aquel desastre fueron endógenas. La locura expansiva del gasto público y el crédito durante la pesadilla de Zapatero –sin paralelo en Europa– hizo que la necesidad del ajuste en el gasto y la deuda, y el incremento del desempleo, alcanzasen proporciones dramáticas en España. Sin embargo, la estrategia pública de estos últimos años ha sido un ajuste interno lento, progresivo y suave –en comparación con lo que habría sido el ajuste interno duro y rápido de la troika impuesto por un rescate. Esta estrategia está, finalmente y a pesar de todo, empezando a dar resultados. Nuestras empresas se han internacionalizado, el mercado laboral –especialmente la aplicación de los convenios– se ha hecho algo más razonable y flexible, la acumulación de capital fijo se ha relanzado, el consumo privado está de nuevo animado, y el endeudamiento de las empresas y familias (aunque no el del Estado) está a la baja. Cabe preguntarse si esto es suficiente, si con estas tímidas reformas la economía española está ya suficientemente preparada para competir sin sustos en un mercado abierto y con rápido cambio técnico. La respuesta es que no. Nuestro mercado laboral sigue estando lastrado por la inflexibilidad y, sobre todo, por la baja productividad y la formación inadecuada; nuestro mercado interno sigue estando segmentado; la burocracia, especialmente las diferentes burocracias autonómicas, siguen siendo un obstáculo a veces insuperable; el endeudamiento tanto público como privado es excesivo y la tasa de ahorro insuficiente; las finanzas públicas y el déficit que generan siguen siendo un peligro… Es decir, que como no se profundice en las reformas, la economía corre el peligro de volver al viejo esquema de baja productividad, altos precios, desequilibrio exterior y grandes desajustes financieros públicos.

Sin embargo, a pesar de todos los peligros económicos que nos acechan, nuestro principal riesgo es de naturaleza política y, subsecuentemente, también económica. El intento de secesión catalán implica algo más que la división territorial. Se trata de desestabilizar –con la ayuda de buena parte de la izquierda– todo el sistema social y político para derruir el edificio institucional de 1978. Las consecuencias de ese proyecto, si triunfase, son incalculables, porque bajo un disfraz de progresismo tolerante y amable se esconde un plan neo-leninista de tinte totalitario incompatible con cualquier valor occidental y con nuestra pertenencia a la Unión Europea. Sin llegar tan lejos, la sola incertidumbre e inseguridad jurídica de la situación catalana actual está ya suponiendo una retracción del consumo, la inversión y el comercio, la fuga de empresas, la incertidumbre de los inversores internacionales, el riesgo de que bajen nuestros ratings, y como consecuencia, una caída en el crecimiento del PIB, tanto catalán como de toda España. La situación es especialmente alarmante porque los golpistas –tanto los independentistas catalanes, como sus cómplices de todo el país– podrían caer en la tentación de fomentar y enquistar el deterioro económico en la esperanza de que eso haga cambiar de opinión a los dirigentes europeos en su apoyo al Gobierno cuando la economía española, por su tamaño e importancia, se convierta de nuevo en el principal problema para la estabilidad de la Unión. En efecto, los riesgos a los que se enfrenta nuestra economía son nuevos e incalculables, pero desde luego, alarmantes. No es época para tímidos e indecisos.

Pedro Fraile Balbín, Catedrático de Economía

Artículo publicado en el número de noviembre 2017 de la revista Capital, que puede adquirir en el quiosco o en este enlace: https://bit.ly/2uHDcxz