sábado 27 • noviembre 2021

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Félix Grande: “Sin las palabras sería un sonámbulo”

–Desasosiego. Como no podía ver con los ojos ese color, puse las manos en el cristal, como si pudiera ver con los dedos, como si me hubiera vuelto un primate. Y sentí algo que era una mezcla de terror, de odio, de necesidad de venganza, de esa extrañeza de los existencialistas, de incomprensión, de desconsuelo. Y ganas de escribir. Primero salió un poema de 600 versos, y luego otro de 1.200.
–Lo que está claro es que esa visita le hizo meditar. Y la meditación es clave para el trabajo del poeta. En una sociedad como la actual de prisas, de estrés, ¿es más difícil encontrar esa meditación?
–No lo creo. Las causas por las que la gente empieza a buscar el socorro y el consuelo del lenguaje, o de la música, puede que se modifiquen con el estado de cosas de una sociedad. Pero yo creo que son patrimonio de la conciencia. No es casual que la edad en la que todos empezamos a escribir, o sentimos la necesidad de encontrar un lenguaje con el que expresarnos o explicarnos un poco a nosotros mismos, sea la adolescencia. Se trata de una etapa de angustia en la que definitivamente hemos salido de la infancia y ya sabemos que somos mortales. Por eso, que los adolescentes tengan que enfrentarse con su sino, con su destino, con su fatalidad, por decirlo de una manera flamenca, no creo que disminuya porque estemos viviendo en una sociedad de prisas o de egoísmo.
–Pero, con tanto sms, con palabras que pierden sus letras, ¿no está perdiendo el lenguaje su magia?
–No necesariamente. Es iluso pensar que todos los jóvenes tienen el deber de leer libros. No se por qué esa obstinación. Hay mucha gente que necesita relacionarse aunque sea con palabras escritas con una ortografía distinta, al mismo tiempo que sigue habiendo gente que lee libros. Ahora el nivel medio de calidad de la poesía joven es más alto que antes. Porque hoy la gente lee más. Y en sus citas y en su estilo se ve que han leído a poetas alemanes, ingleses, franceses, que han ampliado el mundo emocional y estético. De hecho, en la época del franquismo, parecía que todo estaba armado para que nadie pudiera dar un paso fuera de la censura. Pero la capacidad de sufrir, la capacidad de angustia, eso no nos lo quitaba nadie. Con eso no podían. Es decir, no hay tiranía que pueda con la libertad de estar angustiado.
(Para ampliar información, ya está en su quiosco el número de agosto de la revista Capital)]]>

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