Estrategias

El gran negocio del espacio

Hasta hace bien poco, el insondable espacio más allá de nuestro planeta ‘pertenecía’ solo a ciertos gobiernos. La NASA, la Agencia Espacial Rusa y otras instituciones públicas eran las únicas capaces de olerlo mientras la guerra fría imponía el prestigio nacional a la escasa rentabilidad de los proyectos espaciales. A finales del siglo pasado, los ánimos gubernamentales de ir más allá de la atmósfera tendieron a diluirse. Sin embargo, las preguntas sin resolver seguirían ahí.

Un joven treinteañero ya multimillonario llamado Elon Musk decidió entonces asumir el desafío. Después de dejar Pay-Pal, empezó a financiar, con el dinero que obtuvo de la venta de su primera start-up, Zip2, proyectos relacionados con el espacio; sobre todo, con su mayor debilidad: Marte.

Los primeros proyectos consistieron precisamente en intentar desarrollar un hábitat de invernadero en el planeta marciano que demostrara que los humanos podrían alcanzar allí la autosuficiencia. Se planteó incluso experimentar con el envío de ratones.

Estos planes fracasaron al comprobar Musk que el coste de lanzarlos al Planeta Rojo era inasumible incluso para él. Fue entonces cuando descubrió el negocio: la mejor forma de enviar humanos a Marte sería construir primero
vehículos asequibles para llevarlos allí. Y con ese objetivo fundó en 2002 SpaceX, una compañía privada que se proponía “revolucionar la tecnología espacial con la meta final de permitir que la gente viva en otros planetas”. La apuesta por el desarrollo de cohetes ‘reutilizables’ y de gestión en sí más económica han acabado convirtiendo a la empresa de Musk en la protagonista de una aventura que, dieciséis años después, sigue teniendo mucho de fantasía y riesgos…, pero ahora ya también visos de un negocio real y pujante.

El envío del primer cohete de financiación privada al espacio en 2008 fue un punto de inflexión en la estela de una compañía que ha logrado ya firmar dos contratos con la NASA: uno de 1.382 millones de euros para reabastecer la Estación Espacial Internacional, y otro de 2.245 millones de euros para transportar tripulaciones al laboratorio orbital. La compañía ha crecido gracias a contratos con clientes gubernamentales y también comerciales, como con la firma de satélites, Iridium Communications Inc. SpaceX ha logrado atraer en torno a 900 millones de euros de inversores como Google y está ahora valorada en más de 17.000 millones de euros, una cantidad equivalente a la mitad del patrimonio total de Musk.

Prueba palmaria de que SpaceX y sus seis mil empleados van a más es que en 2017 la empresa llegó a lanzar 18 misiones al espacio; menos que las 20-24 previstas, pero muchas más que las ocho que había enviado el año anterior, y más que las de cualquier otro competidor por las mismas misiones. La francesa Arianespace completó once lanzamientos en 2017; United Launch Alliance, una empresa conjunta entre Boeing y Lockheed Martin, lanzó ocho misiones gubernamentales en sus cohetes Atlas y Delta.

“SpaceX ahora es dominante en términos de volumen de lanzamiento”, aseguró el analista espacial de Teal Group, Marco Cáceres, a Bloomberg. “Han establecido la reutilización de cohetes y, en definitiva, el hecho de que pueden lanzar más que cualquier otro programa en el mundo. Son el número uno en términos de coste, y es por eso que están haciendo tanto negocio”, dijo Cáceres.

Y en 2018, SpaceX espera ir a más. Los fundadores esperan volar hasta treinta misiones en un año que promete ser también histórico con dos grandes hitos en la agenda: el lanzamiento inaugural (por fin) del Falcon Heavy (anunciado en 2011 para 2013), el cohete “más poderoso del mundo” y el más poderoso desde la era de los Apollos. Con él, la compañía apunta a competir por el transporte de cargas pesadas al espacio y además poner en marcha el programa de navegación comercial suscrito con la NASA (al igual que United Launch Alliance), con dos pruebas de una nave capaz de transportar astronautas a la Estación Espacial Internacional (400 kilómetros más allá de la órbita terrestre), la primera en agosto y la segunda, ya con tripulación, prevista para diciembre.

“2018 será el más grande en la industria espacial desde 1969”, ha llegado a augurar Eric Stallmer, presidente de la Commercial Spaceflight Federation, refiriéndose a la misión Apollo 11 de la NASA a la Luna. Cuanto menos, será la antesala de una época histórica, tal y como auspician dos de los principales competidores globales de SpaceX: la empresa de vuelos espaciales para turistas Virgin Galactic, del británico Richard Branson, y la incipiente Blue Origin, propiedad del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos.

Fundada en 2004, la empresa de Branson anunció sus primeros vuelos para 2009, pero por cuestiones técnicas ha debido ir retrasando un servicio que aún no es capaz de ofrecer. En cualquier caso, Virgin Galactic espera poder lanzar los primeros vuelos a lo largo de este año. Para ellos, existe una lista de espera de hasta setecientas personas que han comprado el ticket inicial de 200.000 euros para un recorrido de 110 kilómetros en dos horas y media, entre ellas celebridades como Stephen Hawking, Brad Pitt, Lady Gaga y el protagonista del filme Apollo 13, Tom Hanks.

Por su parte, Blue Origin (fundada en 2000 y dada a conocer en 2003) aspira a poder competir con Musk en la industria de la investigación y las cargas, pero antes espera dar también el pelotazo del turismo espacial. La compañía en la que Bezos invierte, según anunció en 2017, en torno a novecientos millones de euros anuales, ha anunciado que espera lanzar al espacio cápsulas equipadas con “las ventanas más grandes de la historia en una nave espacial” ya desde principios del año 2019, ofreciendo un recorrido de 100 kilómetros y once minutos por un precio cercano a los 300.000 dólares.

Más ambiciosa aún, en cualquier caso, parece la apuesta del propio Musk, que a través del Falcon Heavy y la cápsula Dragon Crew, apunta a transportar a dos turistas privados alrededor de la luna al cabo de este 2018 o en 2019, cuando se cumpla el 50 aniversario de la llegada del hombre al satélite. Un recorrido de 400.000 kilómetros en tres días que, de ser posible, se ofrecería por un precio en el entorno de los 160/175 millones de dólares.

Coincidentemente con estos últimos planes de Musk, la luna está llamada a protagonizar la economía espacial de los próximos años, toda vez que la Administración Trump ha renovado el interés del Gobierno estadounidense por ‘volver a pisar la Luna’ y convertirla en “la base para llegar a Marte y más allá’. Así, ha dado un giro a la política de Obama de apostar directamente por alcanzar el Planeta Rojo en un par de décadas, un giro que el propio Musk ha apoyado con un mensaje en Twitter: “Ya es hora de que la humanidad vaya más allá de la tierra. Debería tener una base lunar por ahora y enviar astronautas a Marte. El futuro necesita inspirar”.

“La gente que cree que la Luna es una distracción y que hay que ir a Marte primero olvida el riesgo de sufrir cáncer a causa de la radiación”, según ha explicado por su parte Clive R. Neal, geólogo y científico lunar de la universidad de Notre Dame, a ABC.

El geólogo ve en la Luna la puerta para “diseñar y poner a prueba sistemas de soporte vital y nuevos hábitats”, así como también a abaratar sustancialmente las operaciones al espacio toda vez que “sabemos por misiones orbitales que hay depósitos de hielo de agua”. Si se considera que cada kilogramo de agua embarcado en una nave a la Luna cuesta 50.000 euros y que las naves gastan el 90% de su combustible en salir de la tierra, el hecho de que se pueda extraer hielo en la luna abarataría cuarenta veces los viajes desde el satélite a la Tierra.

Lo anterior deja en suma entrever que el citado giro de Trump acabará ‘relanzando’ la carrera espacial, dado que, según Neal y otros expertos, no se puede llegar realmente a Marte sin volver a pasar antes por la Luna.

“La directiva firmada por Trump cambia bastante el panorama”, ha asegurado Bernard Foing, científico de la Agencia Espacial Europea (ESA) y Director del Grupo Internacional de Exploración Lunar (ILEWG), convencido de que el ‘giro’ del Gobierno estadounidense podría “dinamizar” el sector especial. “El anuncio de Trump reafirma la voluntad de mantener el liderazgo de Estados Unidos en el espacio, y apunta a la Luna como objetivo”, afirma por su parte Philip Larson, asesor espacial en la Administración de Obama. “Pero la cuestión no es adónde ir, sino cómo y cuándo. Los planes y los patrocinios privados son más importantes que declarar objetivos sin presupuestos o políticas detrás”, insiste Larson.

Los detalles de la estrategia de Trump podrán conocerse en estos meses, cuando la Administración haga pública su propuesta fiscal para 2019. En cualquier caso, la directiva Space Policy Directive que el presidente rubricó en diciembre contempla la colaboración con otras naciones (además del interés de Rusia y la AEE, es de notar en este sentido que China ya envió tres naves no tripuladas a la Luna, e India y Japón también la exploran) y con compañías privadas, algo que no sorprende a la vista del descrito empuje del negocio del espacio.

“El envío de astronautas y cargas a la Estación Espacial Internacional a través de clientes privados ha beneficiado al sector, ha hecho crecer la economía, ha fomentado las innovaciones y también ha beneficiado a la NASA y a los contribuyentes. Los servicios en el espacio son mejores y más baratos”, concluye Larson, que considera que “con empuje financiero y con el apoyo de patrocinios, los resultados serán tangibles y los astronautas volverán a la Luna en una década”.

Artículo publicado en el número de mayo de la revista Capital, que puede adquirir en el quiosco o en este enlace: https://bit.ly/2H5A4hy