Cataluña hace un siglo

Juan Velarde Fuertes

Juan Velarde Fuertes es economista y catedrático.

En 1918 concluyó la I Guerra Mundial. Al revisar lo que sucedió en esos momentos en España nos encontramos con que en Cataluña estalló una conmoción notable. ¿Qué sucedió entonces?

Desde el principio de este período de posguerra la reconversión provocó un intento empresarial de revisar a la baja los salarios. Las dificultades fueron muy visibles como consecuencia de la reacción del Sindicato Único en Barcelona, parte esencial del anarcosindicalismo, con Salvador Seguí a la cabeza, hasta su asesinato, o de la del Sindicato Minero Asturiano -vinculado a la UGT y al socialismo-, con Manuel Llaneza al frente.

Pasemos únicamente a añadir lo sucedido en Cataluña. Un ejemplo claro lo tenemos en la llamada la huelga de «la Canadiense» en Barcelona, iniciada en la sección de Facturación, entre trabajadores de corbata, a causa de este intento de rebajas unido a un trato discriminado con respecto a los trabajadores británicos empleados en la Barcelona Traction (BT), o sea, en “la Canadiense”.

Eran reacciones que se justificaban en este caso al observar lo que supuso la “xarbotada sindicalista” de febrero-marzo de 1919 que, ampliando la frase de Pla, esta vez sí hizo tambalearse al régimen político, sobre todo cuando la guarnición de Barcelona, encabezada por el general Miláns del Bosch, puso en la estación con destino a Madrid al gobernador civil Carlos Montañés, recién nombrado, y vinculado directamente a la BT.

La cadena de huelgas generales y de tensiones sociales generó en Barcelona, que el Sindicato Único, en competencia sangrienta con el Libre, el cual se relacionaba con los empresarios, iniciase un violentísimo “pistolerismo”, mientras que en otras regiones aparecían violencias de otro tipo que frenaban la inversión como consecuencia de la brusca alteración de las expectativas empresariales. Romanones, con la jornada de ocho horas, intentó apagar un tanto estas tensiones. Nada consiguió, porque el motivo esencial de las mismas era, muchas veces, demasiado radical.

De pronto, en Cataluña, el 24 de diciembre de 1920 se produjo una crisis que había de llegar mucho más allá de todo lo que se podían imaginar los españoles: el cierre de las puertas del Banco de Barcelona. “Parecía que se nos hubiera muerto un pariente”, señaló en sus Quaranta anys d’un advocat Amadeu Hurtado. Esa impresión que se sentía en Barcelona, muy impregnada de catalanismo, se relacionaba con el rumor de que el Banco de España había abandonado al Banco de Barcelona, quizá porque viese en él un posible rival para una dual emisión de pesetas, volviendo parcialmente a los tiempos del bienio progresista y la ruptura del monopolio de los bancos de emisión, o, peor aún, porque desde el binomio Castilla (Madrid)-Vizcaya (Bilbao) se pensase en liquidar lo que quedaba de la Banca de Cataluña después de la conmoción sufrida en esta región por la crisis derivada de la “febre d’or”, y por la pérdida, en 1898, de un Ultramar en el que era floreciente la influencia empresarial y financiera catalana. De algún modo era evidente el recelo que producían unos datos de Daniel Riu, que como muestra el cuadro adjunto, indicaban una tendencia por lo menos preocupante.

Fue el momento en que irrumpe en escena, de nuevo, Cambó. La quiebra -porque la crisis del Banco de Barcelona era en realidad una quiebra, aunque se transformase jurídicamente en una suspensión de pagos- ponía en difícil situación a una serie de prohombres del catalanismo, y no se sabía hasta dónde irían a llegar las salpicaduras de un asunto que podía terminar exigiendo grandes responsabilidades.

Por otro lado, Cambó pasó a tener mucho prestigio como financiero. No era sólo suya la solución del asunto del Banco Arnús, sino que a él se debía la salvación de parte notable de las inversiones alemanas en Sudamérica, con la operación DUEG-CADE-CHADE, que proyectó al mundo financiero español hacia la que parecía ser una muy provechosa inversión en Argentina, en el momento de esa ascensión aurea del país.

Por otro lado, Maura percibió cómo, tras el asesinato de Dato en 1921, Cambó abandonaba definitivamente actitudes radicalizadas como la que había expuesto en el Teatro del Bosc y coronadas con aquella frase famosa: “¿Monarquía? ¿República?…

iCatalunya!” El enlace político entre Cambó y Maura tuvo un preludio muy importante, que además se relaciona precisamente con otra consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Multitud de empresarios españoles habían ganado cantidades fortísimas de dinero exportando a países implicados en la guerra los productos más variados. Simultáneamente en España existían escaseces y desórdenes de todo tipo. Al ministro Alba se le ocurrió que la gravedad de la situación acumulada que se experimentaba con muchísima fuerza una vez concluida la contienda, exigía poner orden. Parte obligada de éste consistía en lograr un equilibrio presupuestario, y el único procedimiento existente, dado el panorama fiscal que presentaba España, consistiría en gravar con dureza los beneficios extraordinarios logrados por ese conjunto de empresarios exportadores que habían surgido en España súbitamente con la contienda que acababa de terminar.

Alba decidió esto, e inmediatamente se conoció en Cataluña con notables consecuencias sociopolíticas y económicas. Cambó inmediatamente se puso en campaña contra esta decisión de Alba, pero comprendía que el peso parlamentario de su partido, la Lliga no podía superar la decisión, por otro lado muy bien acogida por sectores clave del mundo intelectual, de Alba. Pero Cambó supo moverse. Salió de Barcelona y se dirigió a Bilbao. Allí se entrevistó con Sota dirigente de modo simultáneo del Partido Nacionalista Vasco al que habían vinculado con la búsqueda de un desarrollo fuerte industrial y de servicios de la región. No en balde dirigía también Altos Hornos de Vizcaya y la flota “Sota y Aznar”. Naturalmente tenía que liquidar la tendencia ruralista vinculada a Sabino Arana que existía previamente en el Partido Nacionalista Vasco. Nada de ruralidad, sino de impulso empresarial. De Bilbao Cambó siguió a Comillas. Ahí se entrevistó con el famoso entonces marqués de Comillas, con raíces en Cataluña bien conocidas a través de la Transatlántica y sus enlaces familiares. Pero además, López Bru, era empresario, incluso en el terreno de las exportaciones carboníferas de Asturias. También era uno de los dirigentes de movimientos católicos más importantes de aquel momento, pero su influencia y prestigio en la Iglesia le acarreaban, de modo muy claro prestigio en la Corte y, sobre todo, con el rey Alfonso XIII. Tras la visita de Cambó, López Bru se unió a la ofensiva de éste. Desde Comillas, Cambó se vino a Gijón y allí se entrevistó con el dirigente asturiano del Partido Reformista, Melquiades Álvarez. Melquiades Álvarez estaba dispuesto a defender los intereses de los empresarios asturianos amenazados por Alba, quienes, por ejemplo, en el sector del Carbón, habían obtenido altísimos beneficios, pero en general, en todos los sectores. Melquiades Álvarez se unió inmediatamente a la ofensiva de Cambó, que de este modo recibían el amparo del mundo que podríamos llamar de la izquierda no revolucionaria española. Y de Gijón, Cambó pasó a entrevistarse, rumbo a Madrid, con Maura, y todos sabemos que Maura tenía un continuo enfrentamiento con Alba.

El proyecto de Alba quedó destrozado salvo en un punto, por si pudiese interesar a alguno de ese conjunto de conjurados por Cambó. Exclusivamente del plan del político liberal surgió la creación del Banco de Crédito Industrial, en tanto en cuanto de ahí podía surgir alguna ventaja para ese conjunto de intereses.

Naturalmente ésta fue también una consecuencia, muy importante de la Primera Guerra Mundial, con proyecciones sindicalistas obreras, francamente revolucionarias y catalanistas colaboradoras con quienes aportasen ventajas económicas para el conjunto empresarial catalán.

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