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5 claves para entender la (apasionante) aventura de invertir en empresas no cotizadas

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Por Javier García, director de inversiones de LUA Fund.

Compro, vendo. Suben las acciones, bajan. Los inversores son esos tipos que están en unas oficinas carísimas, que visten con trajes carísimos y tienen una ambición desmesurada por ganar dinero. No les importa si una empresa es rentable o no; si crea empleo o no; quieren más: comprar barato, vender caro. Ganar, leer gráficos, anticipar. No necesitan saber quién son los dueños de esas empresas, basta un simple botón para actuar. Basta tener la información precisa, en el momento adecuado, y aprovecharte de ello. Los mejores inversores saben surfear la ola y también ganar aunque bajen las acciones. ¿Te suena? A veces los estereotipos se ganan a pulso. Otras son una etiqueta que dista mucho de ser real. Los inversores financieros no son los que mejor fama tienen pero, como todo, hay muchos matices. Y, sobre todo, porque ese modelo de inversión está agotado, es cada vez menos rentable y no es sostenible mucho más tiempo. Un capitalismo más sostenible ha llegado para quedarse. Las inversiones con impacto (social, ambiental y económico, más conocidas como ESG) poco a poco irán tomando el liderazgo que la sociedad necesita.

Otro de los grandes mitos y estereotipos es que parece que sólo se invierte en bolsa, en empresas que cotizan, de un gran tamaño (la mayoría multinacionales y globales) y que esto va de hacer grande a las grandes. Y nada más lejos de la realidad. En España cotizan menos de 130 empresas en el mercado continuo, y si se suman las del Mercado Alternativo Bursátil (MAB) la cifra asciende a un total de unas 2.800 compañías. Pero en España hay casi 1,2 millones de empresas constituidas (entre Sociedades Anónimas y de Responsabilidad Limitada). Cada 10.000 empresas cotizan 22. Pero las empresas que no cotizan en un gran mercado, en cambio, pueden —y son— un gran potencial para invertir. De hecho, en LUA Fund, hemos identificado un universo de más de 5.000 de estas empresas: ya constituidas, rentables, con alta capacidad de crecimiento, que no cotizan en bolsa y que, además, pueden ser una fuente de oportunidades para atraer inversiones de alto impacto (social, ambiental y económico).

Invertir en empresas no cotizadas es un terreno aún poco conocido. Y tiene su propia complejidad. De hecho, una gran parte de los inversores bursátiles se declaran ‘incapaces’ para tomar decisiones de inversión fuera de la bolsa, lejos de ratios, gráficos de evolución de cotizaciones y de grandes volúmenes de información pública de las compañías. El mundo de las empresas no cotizadas es muy distinto. Y por ello me gustaría compartir 5 claves para tratar de explicar un poco mejor su singularidad.

Las empresas no cotizadas y con potencial de inversión son muy difíciles de identificar.

Invertir en un mercado cotizado es relativamente fácil. Basta teclear ‘empresas cotizadas’ en internet y en dos segundos puedes identificar quién cotiza, a cómo, y cómo ha sido su pasado histórico. Si lo tienes claro, puedes hacer una llamada a tu banco (o hacerlo tú mismo) y comprar acciones. Sencillo, no necesitas saber mucho más.

Esto no es posible con una empresa no cotizada. Si no cotiza, ¿cómo sé que el socio de una empresa estaría dispuesto a venderme las acciones? ¿O quién estaría dispuesto a hacer una ampliación de capital —aumentar el número de acciones de la empresa— para que yo tenga acciones? En realidad no lo sabes. Sólo si estás muy apegado en el ecosistema empresarial, conoces a muchas empresas y tienes contacto directo con ellas, podrías explorar, al menos, esta posibilidad. El trabajo de invertir en una empresa no cotizada requiere tiempo. Y, lo primero, identificarlas. Esto, puede durar meses, muchos meses.

No toda empresa no cotizada es invertible

Aún después de hacer un arduo trabajo de conocer empresas no cotizadas y a sus socios, esto no te garantiza que puedas invertir en ellas. Cuando tu banco cotiza en el IBEX-35 (el índice de las empresas de más valor de España), pue[1]des comprar 10 acciones de forma inmediata y nadie te lo puede impedir. Es un mercado donde libremente se compran y se venden esas acciones. Pero esto no ocurre con las no cotizadas. Todos conocemos empresas que nos encantan (por ejemplo, tu empresa favorita de cerveza o de café), pero aunque quieras tener acciones de ellas, no es posible, es difícil saber cómo hacerlo, y lo más probable es que sus accionistas no te lo permiten.

Invertir en empresas que no cotizan es asumir el problema de la iliquidez.

Cuando has comprado acciones de tu banco a 100 y, tras una semana, caen a 90 y entras en pánico, con la misma rapidez que compras, vendes. De una semana para otra te deshaces de tus acciones, aunque asumas una pérdida por ‘jugar en bolsa’. Esto no es así cuando inviertes en empresas que no cotizan. Si inviertes en una empresa que no cotiza si, y sólo sí, puedes vender tus acciones cuando alguien quiera comprarlas. Y eso es tremendamente complejo, y mucho menos es inmediato. Las inversiones en empresas no cotizadas no son líquidas, es decir, no las puedes convertir en dinero de forma rápida.

 ¿Y qué consecuencias tiene esto? Que el riesgo, sólo por este efecto, es sustancialmente superior a invertir en bolsa. De hecho, se estima que la prima de riesgo adicional por invertir en activos que son ilíquidos es de 3 puntos porcentuales superior. Esto es, si para invertir en una cotizada esperas una rentabilidad del 9%, por ejemplo, lo mínimo para invertir en una no cotizada (de iguales características) debería ser del 12%. Más riesgo, más rentabilidad exigida, no hay otra. Y si no te puedes ‘deshacer’ de forma inmediata de tus acciones, para bien o para mal, el riesgo aumenta. Invertir en empresas no cotizadas es un reto con cuatro grandes opciones Si tras un arduo trabajo, identificas empresas no cotizadas para invertir, lo habitual es que te encuentres con cuatro situaciones:

  • La primera, aquellas empresas en situación muy delicada, que necesitan dinero para seguir viviendo. Pero que no crecen, no tienen un proyecto sólido de futuro. Necesitan una especie de bomba de oxígeno artificial. Y aceptan a cualquiera que quiera inyectar dinero. Son casos donde los socios son muy proactivos a que inviertas, crear nuevas acciones (vía ampliación de capital) y dotar de liquidez a la empresa para aguantar más tiempo.
  • La segunda, que viene derivada de la anterior, son empresas con un proyecto de crecimiento relevante, pero no son capaces de ser rentables. Consumen dinero a un ritmo elevado y necesitan de más y más, para seguir creciendo. Aquí hay inversores que arriesgan porque siempre puede existir la posibilidad de una empresa más grande que adquiera esa compañía, la haga rentable (o no, da igual), y los accionistas recojan los beneficios. Pero estas dos situaciones son peligrosas, sobre todo en jóvenes empresas, donde está documentado que el riesgo es muy alto, cerca del 80% cierran: esto es como jugar a la ruleta rusa con todas las balas cargadas, menos una, ¿te animarías? Cuando necesitan tu dinero de forma rápida y sin rechistar… ¡piensa antes de actuar! Porque una vez que entras ya no se sabe cuándo recuperarás tu dinero (y si lo harás).
  • La tercera, empresas rentables, con cierta estabilidad, con beneficios positivos, sin grandes riesgos, pero sin grandes rentabilidades. Puedes invertir en ellas, pero 1) tus inversiones son, una vez más, ilíquidas y 2) los dividendos serían muy limitados. ¿Tienes más opciones y más líquidas? Es muy probable que sí.
  • Y la cuarta situación es cuando logras identificar a empresas que son muy rentables, a la vez están inmersas en un fuerte proceso de crecimiento, tienen capacidades para ser más y más rentables aún, y donde el futuro parece muy prometedor. La rentabilidad suele ser, incluso, muy superior a la de las empresas cotizadas y su potencial para seguir llegando a más mercados es muy impactante.

¿Te gustan estas empresas? El problema es que sus accionistas suelen tener en sus manos ‘una máquina de hacer dinero y crear valor’ y no les suele gustar vender sus acciones ni que entren nuevos socios. Es decir, aunque las encuentres, aunque aceptes la iliquidez, no te dejarán tan fácil invertir en ellas. ¿Con qué te quedas entonces? Con una situación donde invertir en no cotizadas es quedarte con las inversiones ‘que te dejan’ y éstas suponen asumir un potencial riesgo muy difícil de aceptar.

El reto para invertir en empresas no cotizadas está en aportar inteligencia y capacidades difíciles de comprar a tu banco, del que has comprado acciones, no le aportas nada. Has comprado acciones, normalmente de un tercero que te las vendió, y nada le cambia al banco con tu aportación.

¿Dónde está el gran reto, y la magnífica oportunidad, de invertir en empresas no cotizadas?

En aportarles mucho más que dinero. Si te quieres quedar con acciones de las ‘máquinas de hacer dinero y crear valor’, tienes que aportarles algo —mucho— más que dinero. Las empresas rentables, que quieren crecer, ser aún más rentables, llegar a más y mejores mercados, dejar huella y convertirse en globales, necesitan muchas capacidades para lograrlo. Gran parte de estas capacidades no se pueden comprar, las aportan las personas, y no todas, una in mensa minoría. De ahí que invertir en empresas no cotizadas es una tarea cada vez más profesional y proactiva.

Las grandes oportunidades de inversión en las empresas no cotizadas surgen cuando aportas capital financiero y capacidades, las dos cosas a la vez: red de contactos, de distribución, sinergias con otras empresas, ideas y experiencia en gestión, en innovación y en cómo crear compañías globales y rentables.

Cuando esto ocurre, eres alguien más en su capital, que suma con su dinero y con su masa gris y el poso útil de la experiencia. Y en esos casos la rentabilidad está prácticamente asegurada, y normalmente es muy superior al resto de alternativas de inversión.

Cuando estas capacidades, además, están orientadas a un impacto social, ambiental y económico, la combinación es explosiva. El crecimiento empresarial hoy se consigue gracias a empresas más humanas, más conscientes de su papel en la sociedad, que abordan retos estratégicos y críticos —ambientales, de salud, de alimentación o de nuevas formas de fabricar— y que tienen una gran aceptación en el mercado.

¿Quién está logrando invertir en esas máquinas de generar valor?

Los fondos de inversión especializados en empresas no cotizadas. Aquellos que invierten no sólo dinero, sino que aportan todas esas capacidades de las que he hablado. Y así es cómo ha nacido LUAFund. Recursos financieros, propósitos, proactividad y muchas ganas de transformar nuestra sociedad con las mejores empresas. Todo ello es muy rentable, pero requiere de una gran profesionalización y personas muy comprometidas con el proceso.

*Lee el reportaje en el número de abril de la revista Capital, disponible en tu quiosco o en Zinio.

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