sábado 03 • diciembre 2022

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Por qué hay que subir tipos de interés 

Juan Ramón Rallo
Doctor en Economía. Profesor en la Universidad Francisco Marroquín, en el centro de estudios OMMA, en IE University y en IE Business School
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Desde hace meses, los economistas de ambos lados del Atlántico debaten sobre si la actual inflación se debe a factores exclusivamente de oferta (cuellos de botella provocada por la pandemia y limitaciones en el suministro energético por la guerra en Ucrania) o si también están implicados factores de demanda (excesiva laxitud de la política fiscal y monetaria durante la pandemia). 

El debate es, sin lugar a dudas, pertinente, pues su resolución contribuiría a que tuviéramos una mejor comprensión sobre el fenómeno inflacionista y sobre nuestra historia económica reciente, pero no debería llevarnos a soslayar que sea cual sea la resolución del mismo, seguirá resultando indispensable que los bancos centrales suban los tipos de interés. 

Es verdad que, si la inflación tiene su causa en el lado de la demanda y el alza de precios se debe al sobrecalentamiento de la economía por el exceso de gasto agregado impulsado desde gobiernos y bancos centrales, la subida de tipos resulta mucho más urgente que si se trata de una inflación que hundiera sus raíces en el lado de la oferta. 

Si hemos alimentado la inflación con déficits públicos y bajos tipos de interés, entonces habrá que ponerse a dieta mediante restricciones presupuestarias y mayores tipos de interés. Sin embargo, aun cuando la inflación estuviese causada exclusivamente por las carestías sectoriales de la pandemia y de la guerra en Ucrania, seguiría siendo indispensable aumentar los tipos. A la postre, en estos mismos momentos, los bancos centrales se están jugando su credibilidad en medio de esta crítica coyuntura. 

Recordemos que el principal objetivo estatutario (incluso el único, en algunos casos) de bancos centrales como la Reserva Federal o el BCE es la estabilidad de precios. Desde 2008, esa estabilidad de precios no ha estado en riesgo por diversos motivos, entre los que destaca el periodo de desapalancamiento generalizado tras la crisis subprime (el sector privado no gastaba, ahorraba para amortizar deuda). 

Por tanto, durante casi 15 años, los bancos centrales no han tenido que demostrar que seguían siendo instituciones independientes y comprometidas con la estabilidad de precios: simplemente, ese objetivo se ha alcanzado solo, al margen de su política monetaria. 

Ahora, en cambio, los bancos centrales sí se enfrentan a una delicada situación en la que deben mostrar sus cartas: la inflación se ubica muy por encima de su objetivo a medio plazo (el 2% anual) y, por tanto, se vuelve necesario que reaccionen para tratar de paliarla. Ésa es su obligación legal y eso es lo que los agentes económicos han de tener meridianamente claro: que los bancos centrales sólo velan por los intereses de los tenedores de euros o de dólares para que así éstos estén dispuestos a mantener tales monedas dentro de sus carteras.  

Por eso, si en la primera ocasión en prácticamente quince años para reafirmar sus votos con la comunidad inversora, los bancos centrales titubean, entonces la comunidad inversora necesariamente se tendrá que plantear por qué lo hacen. ¿Acaso los bancos centrales han dejado de ser independientes? 

¿Acaso, aun siendo independientes, los objetivos de su política monetaria ya no atienden principalmente a alcanzar la estabilidad de precios, sino que también aspiran a lograr otras metas como el crecimiento económico, la reducción del desempleo, el mantenimiento de las cotizaciones de los mercados financieros o incluso la garantía de un flujo de financiación barato y estable para los gobiernos? 

Si eso fuera así, si los inversores comenzarían a temer que los banqueros centrales están dominados por consideraciones fiscales y financieras, en lugar de ser ellos quienes marquen la agenda monetaria a políticos y mercados financieros, entonces el descrédito monetario cebaría adicionalmente la inflación actual. 

Por eso, el BCE ha de dar un golpe encima de la mesa y demostrar que está dispuesto a combatir la inflación caiga quien caiga. En caso contrario, las expectativas de inflación a medio-largo plazo comenzarán a incrementarse (como de hecho ya está a sucediendo, según reflejan los swaps vinculados a la inflación para el periodo 2022-2032) y las medidas futuras deberán ser mucho más duras que las actuales. Ya están tardando.  

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Juan Ramón Rallo
Doctor en Economía. Profesor en la Universidad Francisco Marroquín, en el centro de estudios OMMA, en IE University y en IE Business School

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