El Premio Nobel de Economía de 2025 ha distinguido a tres autores que han contribuido a explicar el fenómeno más trascendental de los últimos dos siglos: el crecimiento económico moderno. Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt comparten objeto de estudio -la prosperidad acumulativa de las naciones-, pero lo abordan desde tradiciones intelectuales distintas: Mokyr, desde la historia económica, y Aghion y Howitt, desde la teoría.
El punto de partida es sencillo y, al mismo tiempo, revolucionario. Durante la mayor parte de la historia, la humanidad apenas conoció progresos sostenidos. Las civilizaciones crecían de manera efímera, hasta chocar con límites tecnológicos o institucionales que las devolvían al estancamiento. Desde hace doscientos años, algo cambió: el crecimiento dejó de ser episódico para convertirse en permanente. Año tras año, generación tras generación, producimos más, vivimos mejor y acumulamos conocimiento. ¿Qué explica esa ruptura histórica?
Para Mokyr, la clave está en la interacción entre dos tipos de conocimiento: el proposicional -la ciencia, cómo funciona el mundo- y el prescriptivo -la tecnología, cómo transformarlo-. La modernidad nace cuando ambos saberes dejan de evolucionar por separado y se retroalimentan. La ciencia amplía la frontera de lo posible y la tecnología convierte esas posibilidades en herramientas concretas que elevan la productividad. De esa sinergia surge el progreso técnico continuado que sostiene el crecimiento.
Pero Mokyr no se limita a señalar la interacción entre ciencia y técnica, su aportación más profunda explica por qué ese círculo virtuoso sólo apareció en un momento preciso de la historia: Europa, entre los siglos XVIII y XIX. Tres condiciones lo hicieron posible.
La primera fue la revolución científica y la Ilustración: una comunidad intelectual que persigue el conocimiento sistemático del mundo mediante métodos verificables y un lenguaje común y abierto. La segunda fue la expansión de los trabajadores técnicos -ingenieros, artesanos y empresarios- capaces de traducir el conocimiento científico en innovación práctica. Y la tercera, quizá la más decisiva, fue la apertura institucional: una sociedad suficientemente libre para que científicos, inventores y empresarios experimentaran sin la tutela ni el veto del poder político o corporativo.
El progreso tecnológico, recuerda Mokyr, genera ganadores y perdedores y desplaza oficios, empresas y rentas. Es natural que los perjudicados busquen frenar el cambio: los gremios medievales, los sindicatos antimaquinistas o los lobbies contemporáneos son expresiones de esa pulsión conservadora. El crecimiento moderno no sólo exige una revolución científica, sino también política y moral, las instituciones deben garantizar la libertad económica y de investigación.
Esa intuición histórica conecta con el trabajo teórico de Aghion y Howitt, que modelizan el crecimiento como un proceso de destrucción creadora, en la tradición de Schumpeter. Cada innovación destruye parte de la estructura productiva existente, pero genera más valor neto para los consumidores. El crecimiento moderno no es un proceso lineal y armonioso, sino un torbellino de creación y destrucción: unas empresas mueren, otras nacen, y el conjunto se enriquece.
La paradoja -que Aghion y Howitt logran formalizar- es que, pese a ese caos microeconómico, el resultado agregado puede ser sorprendentemente estable. La economía crece de forma sostenida porque las innovaciones no se distribuyen de manera uniforme: unas industrias se estancan mientras otras florecen, equilibrando los efectos.
Pero, para que ese mecanismo funcione, debe existir libertad de entrada y salida, competencia real entre empresas e incentivos a innovar. Allí donde la regulación petrifica los mercados y las empresas protegidas por el poder político impiden el surgimiento de competidores, la destrucción creadora y el crecimiento económico se detienen.
De esa constatación se deriva una enseñanza esencial. Las economías modernas no prosperan gracias a la estabilidad, sino gracias al dinamismo. El progreso tecnológico es, por definición, disruptivo: desplaza viejas formas de producción y redistribuye rentas. La tarea de las instituciones no es impedir esa disrupción, sino hacerla socialmente soportable.
Aghion y Howitt proponen, desde una óptica más socialdemócrata, redes de seguridad que amortigüen las pérdidas. Otros preferimos soluciones basadas en la propiedad individual y la cooperación voluntaria. Pero la premisa común es clara: si el miedo al cambio paraliza a la sociedad, la prosperidad desaparece.
La base del crecimiento moderno y de nuestra civilización es la libertad científica, económica y moral, y cuando se erosiona, la innovación se marchita y la economía deja de crecer
El mensaje final del Nobel de 2025 es inequívoco. La base del crecimiento moderno y de nuestra civilización es la libertad, científica, económica y moral. Cuando se erosiona, la innovación se marchita y la economía deja de crecer. La historia que narran Mokyr, Aghion y Howitt es una advertencia sobre el futuro: si matamos la libertad, matamos también el crecimiento y la esperanza misma de un mundo mejor.
