Washington ha dado un nuevo paso en su estrategia de presión sobre Irán al anunciar un arancel del 25% dirigido a los países que mantengan relaciones comerciales con Teherán. La medida, planteada como un instrumento adicional a las sanciones ya existentes, amplía el alcance del pulso más allá de Irán y sitúa a terceros países y empresas en el centro de una disputa con implicaciones económicas y geopolíticas de gran calado.
El anuncio se enmarca en una política de máxima presión que Estados Unidos aplica desde hace años sobre la República Islámica, basada principalmente en sanciones financieras, energéticas y comerciales. A diferencia de estas restricciones, el nuevo arancel tendría un carácter indirecto o "secundario", penalizando el acceso al mercado estadounidense de aquellos socios que continúen comerciando con Irán. Aunque por el momento no se han detallado los mecanismos legales ni el calendario de aplicación, la amenaza introduce un nuevo factor de incertidumbre para el comercio internacional.
La economía iraní lleva tiempo resentida por el régimen de sanciones. La limitación de las exportaciones de petróleo y el acceso restringido al sistema financiero internacional han contribuido a una elevada inflación, la depreciación del rial y una pérdida sostenida de poder adquisitivo. En este contexto, el posible endurecimiento de las medidas estadounidenses busca reducir aún más los ingresos del país y aumentar el coste económico de su aislamiento.
El impacto potencial del arancel del 25% se extiende, sin embargo, mucho más allá de las fronteras iraníes. Irán mantiene relaciones comerciales con numerosos países, con China como principal socio y comprador de crudo. Una penalización arancelaria sobre terceros podría tensionar aún más las relaciones comerciales entre Washington y Pekín y afectar a empresas que operan en cadenas de suministro complejas, donde rastrear el origen de productos y flujos energéticos no siempre es sencillo.
Los mercados han reaccionado con cautela ante la posibilidad de una escalada económica y política. El sector energético es uno de los más sensibles, dado el peso de Irán en la geopolítica del petróleo y la importancia de rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz. Analistas advierten de que cualquier alteración significativa del comercio o de la percepción de riesgo en la región podría trasladarse rápidamente a los precios y a la volatilidad de los mercados.
La presión económica coincide además con un endurecimiento del discurso político. Donald Trump ha reiterado que no descarta "otras opciones" si Irán no cambia su comportamiento, una referencia que mantiene abierta la posibilidad de una respuesta militar, aunque sin anuncios concretos. Desde Teherán, las autoridades han condenado la medida, calificándola de intento de asfixia económica, y han advertido de que una escalada podría tener consecuencias para la estabilidad regional.
A la espera de conocer si el arancel anunciado se traduce en una normativa efectiva, empresas e inversores observan con atención los próximos movimientos de Washington.


